Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 23
Cuando la reunión terminó, Sael se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí podía observar parte de los terrenos y algunos de los corrales donde descansaban sus mejores caballos.
—Los Dávila también estarán preparando sus ejemplares —comentó.
El rostro de Izan se mantuvo sereno, aunque el nombre de aquella familia le recordó inevitablemente a Lara.
—Supongo que sí.
Sael volvió la cabeza hacia él, sorprendido por la naturalidad con la que había reconocido la calidad de sus rivales.
—No olvides quiénes son.
—No lo he olvidado, papá. Pero una cosa es nuestra disputa y otra muy distinta es reconocer el trabajo bien hecho.
Adriel intervino antes de que Sael respondiera.
—Además, en una competencia de caballos, lo que debería importar es la calidad de los animales, no los problemas que tengan sus propietarios.
Sael le dirigió una mirada severa, aunque decidió no discutir.
—Lo único que espero es que ninguno de ustedes olvide que representamos a esta familia.
—No lo haremos —respondió Izan.
Poco después, los dos primos salieron del despacho y se dirigieron hacia las caballerizas. Izan quería comprobar personalmente cómo había amanecido Relámpago y revisar el plan de entrenamiento antes de regresar a sus otras responsabilidades.
Mientras caminaban, Adriel le dio una palmada en el hombro.
—Espero que tú y Relámpago estén preparados.
Izan sonrió con confianza.
—Cuando cruce la meta, quiero verte explicándome por qué estabas tan seguro de que iba a perder.
—Ya veremos, campeón.
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Al llegar a las caballerizas, Relámpago levantó la cabeza al reconocer a su jinete. Izan se acercó, acarició su cuello y examinó al animal con la atención de quien conocía cada uno de sus movimientos.
—¿Qué dices, muchacho? —murmuró—. ¿Listo para demostrar lo que vales?
El caballo resopló suavemente.
Izan sonrió.
La competencia todavía estaba a varios días de distancia, pero él ya tenía claro su objetivo: presentarse con Relámpago, dar lo mejor de sí y demostrar que los Orellana seguían siendo una de las familias más destacadas en la crianza de caballos.
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Selina miró a ambos lados antes de cruzar el pequeño sendero que conducía a su lugar secreto. Llevaba varios días encontrándose allí con Adriel, lejos de las miradas de sus familias y de cualquier persona que pudiera descubrirlos.
Al principio, solo habían sido conversaciones casuales, bromas y paseos en los que el tiempo parecía pasar demasiado rápido. Después llegaron las manos entrelazadas, las miradas prolongadas y las despedidas que ninguno de los dos quería que terminaran.
Y ahora Selina tenía que admitir algo que jamás habría imaginado: estaba comenzando a enamorarse de un hombre que pertenecía a la familia con la que la suya llevaba años enfrentada.
Cuando llegó al lugar acordado, encontró a Adriel esperándola junto a un árbol.
—¡Por fin! —exclamó él al verla—. Empezaba a pensar que te habías arrepentido de venir.
Selina sonrió y se acercó.
—¿Y perderme la oportunidad de verte? Ni loca.
—Eso suena bastante a que me extrañabas.
—No te emociones, Adriel.
—Es tarde. Ya me emocioné.
Ella soltó una carcajada y Adriel aprovechó para tomarla de la mano. Selina entrelazó sus dedos con los de él, como había hecho en sus últimos encuentros, y ambos comenzaron a caminar por el sendero.
Habían pasado varios días desde su primera cita secreta, y cada encuentro los había acercado un poco más. Ya no necesitaban buscar temas de conversación ni fingir que su compañía les resultaba indiferente. Se entendían con facilidad, se provocaban constantemente y disfrutaban de una confianza que había nacido mucho antes de que alguno se atreviera a reconocer sus sentimientos.
—Tengo algo que preguntarte —dijo Adriel de pronto.
Selina lo miró con desconfianza.
—¿Qué hiciste?
—¿Por qué supones que hice algo malo?
—Porque tienes cara de estar planeando algo.
Adriel se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—Me hieres profundamente.
—Sobrevivirás.
Él rio, pero después se detuvo y la hizo detenerse con él.
—Hablando en serio, Selina. Quiero preguntarte algo.
Ella notó el cambio en su expresión. Adriel seguía sonriendo, pero había una seriedad en sus ojos que hizo que su corazón comenzara a latir con más fuerza.
—Te escucho.
Adriel le acarició suavemente los nudillos con el pulgar.
—Llevamos días viéndonos a escondidas. Cada vez que tengo que marcharme, me quedo pensando en cuándo volveré a verte. Y cuando estoy en la hacienda, termino buscando cualquier excusa para escaparme y venir aquí contigo.
Selina bajó la mirada hacia sus manos unidas, intentando disimular la sonrisa que comenzaba a formarse en sus labios.
—¿Y eso qué significa?
—Que me gustas. Mucho más de lo que pensaba.
Ella levantó los ojos.
—Tú también me gustas, Adriel.
—¿Solo te gusto?
—No abuses de mi sinceridad.
Él soltó una carcajada, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—Quiero besarte.
Selina sintió que las mejillas le ardían. Aunque había imaginado aquel momento en más de una ocasión, escuchar aquellas palabras de sus labios hizo que se quedara sin una respuesta ingeniosa.
—¿Y qué te lo impide? —preguntó finalmente, en un susurro.
Adriel sonrió.
—Quería asegurarme de que tú también quisieras.
Selina no respondió con palabras. Se acercó un poco más y levantó el rostro hacia él.
Fue suficiente.
Adriel le sostuvo la mejilla con una mano y se inclinó lentamente, dándole tiempo para apartarse si cambiaba de opinión. Pero Selina no se alejó. Al contrario, cerró los ojos justo cuando sus labios se encontraron.
El beso comenzó con timidez, como si ambos quisieran acostumbrarse a aquella nueva cercanía. Sin embargo, pronto desaparecieron las dudas. Selina apoyó las manos en el pecho de Adriel, mientras él la rodeaba suavemente por la cintura.
Cuando se separaron, permanecieron muy cerca, mirándose con sonrisas que ninguno pudo ocultar.
—Vaya —murmuró Selina—. No estuvo nada mal.
Adriel arqueó una ceja.
—¿Nada mal? Después de ese beso, esperaba una valoración mucho mejor.
—Podría bajar mi puntuación en el próximo.
—Entonces tendré que esforzarme para mantenerla.
Selina rio y él aprovechó para besarle la frente antes de tomarle nuevamente las manos.
—Ahora tengo otra pregunta.
—¿Otra? ¿Esto es un interrogatorio?
—La última, te lo prometo.
Ella lo miró, divertida.
Adriel respiró profundamente y apretó sus manos con ternura.
—Selina, quiero que seas mi novia.
La sonrisa de ella se volvió más suave. Había algo especial en escuchar aquella pregunta de un hombre que no solo la hacía reír, sino que también la escuchaba y la trataba con una delicadeza que la hacía sentirse importante.
—¿Estás seguro? —preguntó, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
—No quiero seguir fingiendo que eres solamente una chica con la que me encuentro a escondidas. Quiero que sepas que mis intenciones contigo son serias.
—¿Y qué pasará cuando nuestras familias se enteren?
Adriel suspiró.
—No voy a mentirte. Probablemente habrá problemas. Pero no pienso dejar de conocerte solo porque no puedan ponerse de acuerdo. Tú no eres responsable de la enemistad entre ellos, y yo tampoco.
Selina lo observó durante unos segundos. Aquella respuesta era precisamente lo que necesitaba escuchar.
—Está bien —dijo finalmente.
Adriel parpadeó.
—¿Está bien qué?
—¡Que sí, Adriel! ¡Acepto ser tu novia!
Él soltó una carcajada de pura felicidad y la atrajo hacia sus brazos.
—¡Por fin!
—¿Por fin? ¿Acaso te hice sufrir mucho?
—No tienes idea.
—Pobrecito.
Selina le rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarlo, esta vez sin la timidez del primer beso. Adriel la abrazó con fuerza, feliz de que aquella mujer que había aparecido inesperadamente en su vida acabara de convertirse en su novia.
Por unos minutos, ninguno pensó en los Dávila ni en los Orellana. Solo existían ellos dos y aquel pequeño rincón que, sin proponérselo, se había convertido en el lugar más importante de sus encuentros.
Sin embargo, ambos sabían que no podrían mantener su relación en secreto para siempre.
Y cuando llegara ese momento, tendrían que descubrir si lo que estaban construyendo era lo suficientemente fuerte para enfrentarse a todo lo que los esperaba.