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La Rosa Sin Espinas

La Rosa Sin Espinas

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Edad media / Época / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: María Esperanza Mendoza

Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.

NovelToon tiene autorización de María Esperanza Mendoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Llamado de la Corte

La noticia llegó una mañana envuelta en el bullicio de los sirvientes y el incesante ir y venir de los mensajeros. Nadie conocía todos los detalles, pero bastaba una sola palabra para que la casa entera se llenara de expectación.

La corte.

Las jóvenes de la casa de la duquesa hablaban con entusiasmo de vestidos, bailes y oportunidades. Algunas soñaban con atraer la atención de los grandes nobles del reino; otras, con servir a una dama de alto rango y asegurar un futuro mejor.

Yo permanecía en silencio.

Mientras todas sonreían, mi corazón parecía hacerse cada vez más pesado.

Aquella tarde, la duquesa nos reunió en el gran salón. Su voz, firme y solemne, anunció que varias muchachas serían enviadas para servir como damas en la corte del rey Enrique VIII.

Cuando pronunció mi nombre, el tiempo pareció detenerse.

Las demás me felicitaron. Algunas me abrazaron con sinceridad; otras ocultaban la envidia tras sonrisas corteses.

Yo apenas podía responder.

No sabía si debía sentir orgullo o miedo.

Aquella noche salí al jardín buscando un poco de tranquilidad. El aire era fresco y las estrellas comenzaban a aparecer sobre el cielo oscuro.

Escuché unos pasos detrás de mí.

No necesitaba volverme para saber quién era.

—Así que es cierto —dijo Francis con una sonrisa triste.

Asentí lentamente.

—Partiré dentro de pocos días.

Durante un largo instante ninguno de los dos habló.

Había demasiadas cosas que decir y, al mismo tiempo, ninguna palabra parecía suficiente.

—Siempre imaginé que saldríamos de aquí juntos —murmuró él.

Bajé la mirada.

—Yo también.

Francis tomó asiento sobre un viejo banco de piedra e hizo un gesto para que me sentara a su lado.

El silencio entre nosotros nunca había resultado incómodo.

Aquella noche, sin embargo, pesaba como una losa.

—La corte cambiará tu vida —dijo finalmente.

—Eso es precisamente lo que me asusta.

Él me observó con serenidad.

—No dejes que cambie tu corazón.

Sus palabras me hicieron sonreír con melancolía.

—¿Y si dejo de ser quien soy?

—Entonces recuerda a la muchacha que caminaba conmigo entre estos jardines. Esa Catalina siempre existirá.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.

No lloraba solo por la partida.

Lloraba por la incertidumbre.

Porque comprendía que, una vez cruzara las puertas de aquella casa, nada volvería a ser igual.

Los días siguientes transcurrieron con una rapidez cruel.

Las costureras ajustaban vestidos.

Los baúles eran preparados.

Los criados recorrían los pasillos llevando listas y equipajes.

Cada rincón de la casa parecía despedirse de mí.

Intenté grabar en mi memoria los jardines, la vieja capilla, los corredores y las ventanas desde donde tantas veces había imaginado un futuro diferente.

Incluso los lugares donde había conocido el dolor formaban parte de mi historia.

No podía llevarlos conmigo.

Pero tampoco olvidarlos.

La víspera del viaje, Francis me pidió que nos encontráramos por última vez junto al viejo roble del jardín.

El sol comenzaba a ocultarse cuando llegué.

Él sostenía un pequeño objeto entre las manos.

Era una sencilla cinta de color azul.

—No es un regalo valioso —dijo con una sonrisa tímida—. Pero quiero que la conserves.

La tomé con cuidado.

Era tan simple que cualquiera la habría considerado insignificante.

Para mí era un recuerdo de todo lo que habíamos compartido.

—La guardaré siempre.

Francis respiró profundamente antes de hablar de nuevo.

—Quizá pasen meses... quizá años antes de volver a vernos.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Crees que volveremos a encontrarnos?

Él levantó la vista hacia el cielo.

—Quiero creer que sí.

No era una promesa.

Era un deseo.

Y, a veces, los deseos son lo único que sostiene a quienes deben separarse.

El amanecer llegó demasiado pronto.

Los carruajes esperaban frente a la residencia.

Las jóvenes subían entre risas nerviosas y despedidas apresuradas.

Yo abracé a las pocas personas que habían mostrado bondad hacia mí durante aquellos años.

Cuando busqué a Francis entre la multitud, lo encontré unos pasos más atrás.

Como si no quisiera dificultar mi partida.

Me acerqué lentamente.

Ninguno de los dos sabía cómo despedirse.

—Cuídate, Catalina.

—Tú también.

Hubo un instante en que pensé en abrazarlo.

Pero las miradas de los demás nos rodeaban.

Solo entrelazamos nuestras manos durante un breve momento.

—No olvides tus sueños —susurró.

—Ni tú los tuyos.

Después solté su mano.

Subí al carruaje sin atreverme a mirar atrás.

Las ruedas comenzaron a girar.

La residencia fue alejándose poco a poco.

Los jardines desaparecieron.

Los árboles quedaron convertidos en pequeñas sombras sobre el horizonte.

Solo entonces reuní el valor para asomarme por la ventanilla.

Francis seguía allí.

Inmóvil.

Observando cómo el camino nos separaba.

Levantó una mano en un último gesto de despedida.

Yo respondí de la misma manera.

Hasta que la distancia hizo imposible distinguir su figura.

Durante el viaje comprendí que una etapa de mi vida había terminado.

La muchacha que había llegado años atrás a la casa de la duquesa con miedo e incertidumbre ya no existía del mismo modo.

Ahora emprendía un camino completamente distinto.

Frente a mí se alzaba un mundo lleno de lujo, intrigas y peligros.

La corte del rey me esperaba.

Ignoraba que, entre aquellos muros cubiertos de tapices y oro, conocería amistades y rivalidades, despertaría admiración y envidia, y que mi destino acabaría entrelazándose para siempre con el de la corona inglesa.

Mientras el carruaje avanzaba hacia el horizonte, apreté con fuerza la pequeña cinta azul entre mis manos.

Era el último vínculo con la vida que dejaba atrás.

Y también el recuerdo de unas palabras que aún resonaban en mi corazón.

No olvides quién eres.

1
Arisleidy Alvarez Santana
aparentemente parece buena vamos a ver 🤭
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