SABOR A FUEGO Y SOMBRA
La Mansión Bustamante solía ser un mausoleo de silencios opresivos, donde el único eco que resonaba era el repiquetear metálico de las ruedas de una silla contra el parqué de caoba. Desde aquel fatídico accidente de auto que, hacía cinco años, le arrebató la movilidad de la cintura hacia abajo, Jeremías se había convertido en el rey indiscutible de un reino de amargura. A sus treinta y ocho años, con el cuerpo atlético que conservaba gracias a rutinas de gimnasio obsesivas, una piel blanca impecable, el cabello negro liso y corto perfectamente peinado y unos ojos verdes cargados de un perpetuo fastidio, el poderoso presidente y dueño del conglomerado internacional Bustamante gobernaba con mano de hierro y una mueca de desprecio hacia el mundo.
Nadie se le acercaba sin temblar. Su exesposa, María Gutiérrez, había huido despavorida cuando la tragedia tocó a su puerta, incapaz de lidiar con un hombre al que ni siquiera el ritmo más salvaje en la intimidad lograba saciar —en parte por su vigor desmedido y en parte por una anatomía tan generosa que intimidaba a cualquiera— y mucho menos dispuesta a cargar con un paralítico. Se marchó llevándose lo poco de nobleza que quedaba en su interior y abandonando a su hija de cinco años. Ahora, María Fernanda tenía diez años, era una niña hermosa de piel blanca, ojos verdes y cabello castaño liso que, milagrosamente, había heredado la alegría de la familia y no la hiel de su padre.
—Jeremías, por última vez te lo ruego: sal de esa oficina. La luz del sol no te va a morder —le suplicó su madre, doña Anahí viuda de Bustamante, de cincuenta y cinco años, una mujer elegante, guapa y de rostro terso que aparentaba mucha menos edad. Su mirada reflejaba un dolor profundo al ver al hombre en el que se había convertido su hijo.

—Mamá, tengo reuniones con Tokio y Nueva York. No estoy para niñerías ni para paseos absurdos —respondió Jeremías con una voz ronca y cortantes latigazos en cada palabra, sentado frente a su gigantesco escritorio de caoba.
—¡Papá, hoy vamos a ir a la cafetería de Ana Belén y punto! —intervino María Fernanda cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa que era idéntica a la de su abuela—. Me prometiste que me llevarías a desayunar lo que yo quisiera si terminaba mis notas de la semana con excelencia.
Federico Montiel, el fiel asistente de cuarenta y cinco años, viudo y de perfil inquebrantable —quien guardaba en silencio un amor tan puro como antiguo hacia doña Anahí y conocía el secreto real del divorcio de su jefe, aquel chantaje con fotos y videos que obligó a María a huir con el rabo entre las piernas—, intentó mediar con cautela:
—Don Jeremías, tal vez un cambio de aire le haga bien a la jornada. El auto está preparado y la rampa funciona perfectamente.
Rodeado de gritos internos y de una negativa constante, Jeremías terminó cediendo, arrastrado por la complicidad indestructible de su madre y su hija. Minutos después, el lujoso vehículo se estacionaba frente a uno de los locales más cotizados de la zona: la famosa cafetería de Ana Belén Gallego.
Ana Belén, una mujer divorciada de cuarenta y seis años, de cuerpo envidiable, alta, piel blanca, ojos marrones y un cabello negro largo y liso que brillaba con la luz de la mañana, era la antítesis perfecta de Jeremías. Dueña del edificio y del establecimiento, vivía con una sonrisa perenne. Para ella, la sonrisa era el único escudo contra el envejecimiento. Mientras preparaba los pedidos, se le escuchaba tararear a todo pulmón y bailar por la cocina, provocando las risas cómplices de sus hijos gemelos, Alberto y Albert —de dieciocho años, estudiantes universitarios de primer año en ingeniería en sistemas y arquitectura respectivamente, altos, de piel blanca, ojos azules heredados de su padre, uno con el cabello negro liso y el otro castaño claro—.

—¡Mamá, por favor, vas a espantar a los clientes con ese repertorio de baladas románticas de los ochenta! —gritaba entre risas Alberto desde la barra.
—¡Que canten los que son felices, hijo! La vida es muy corta para andar con caras largas —respondió Ana Belén con una carcagada sonora, agitando una cuchara como si fuera un micrófono mientras le guiñaba un ojo a un grupo de clientes habituales.
Afuera, la situación era radicalmente distinta. Doña Anahí y María Fernanda bajaron del auto con entusiasmo, pero Jeremías se negaba a descender, aferrado al respaldo de su asiento delantero con los nudillos blancos.
—Tú te quedas aquí en el carro, querido —le dijo doña Anahí con una sonrisa pícara, dándole una palmada afectuosa en el hombro—. Nosotras te traemos tu café preferido... Aunque, pensándolo bien, si quieres jugo de fresa también te podemos traer uno, ¡son riquísimo! —añadió soltando una risita.
—¿Estás muy chistosa, mamá? Te se está pegando lo de la loquera de la gente de este barrio —replicó Jeremías apretando los dientes, con el ceño fruncido y los ojos verdes destilando pura hostilidad.
Sin embargo, antes de que pudiera cerrar la puerta del coche desde dentro con el botón automático, María Fernanda abrió la portezuela de golpe.
—¡No seas aguafiestas, papá, ven con nosotras!
Empujado a la fuerza por la insistencia de su hija y la complicidad de su madre, que querían integrarlo al mundo a empujones, Jeremías permitió que Federico lo bajara y lo acomodara en su silla de ruedas. Con el rostro descompuesto por la frustración, enfundado en un traje de sastre italiano impecable que costaba más que el sueldo anual de un empleado promedio, avanzó por la entrada de la cafetería con paso rígido y una actitud de absoluto desprecio hacia el gentío.
Y entonces ocurrió el desastre cósmico.
Ana Belén venía saliendo de la cocina con una bandeja que sostenía con ambas manos, entonando alegremente el coro de una canción, mirando hacia atrás para hacerle un gesto cómico a sus gemelos. En el preciso instante en que Jeremías cruzaba el umbral con su silla de ruedas, impulsada con demasiada fuerza por el fastidio del momento, los dos mundos colisionaron de manera violenta.
¡Crash!
Un chorro espeso, frío y de un rojo intenso inundó de inmediato el pecho de la camisa blanca de Jeremías. Dos vasos repletos de jugo de fresa natural explotaron contra su diseño de alta costura, esparciendo pulpa y líquido por su corbata, su saco y sus impecables pantalones. El silencio sepulcral cayó instantáneamente sobre la concurrida cafetería.
Jeremías se quedó petrificado durante dos segundos. El tiempo pareció detenerse. Su respiración se volvió pesada, un rugido sordo retorciéndose en su pecho. Cuando bajó la mirada y vio su costosa ropa arruinada por una marea rosa, la furia estalló en su interior con la fuerza de un volcán en erupción. Levantó la vista, y sus ojos verdes despidieron chispas de pura demencia contenida.
—¡Pero estás ciega, idiota! ¡¿Eres estúpida o simplemente te gobierna la imbecilidad?! —bramó Jeremías con una voz estruendosa que hizo temblar las tazas sobre las mesas—. ¡Mira lo que has hecho, maldita inepta! ¡Este traje vale más que todo este miserable cuchitril junto!
Lejos de achicarse o pedir disculpas con la sumisión a la que él estaba acostumbrado, Ana Belén parpadeó un par de veces, se cruzó de brazos con una elegancia imponente, y una chispa de fuego cruzó por sus ojos marrones. Su sonrisa alegre se transformó en una mueca de absoluto desdén.
—¿Perdona? ¿A quién crees que le estás hablando con ese tonito, energúmeno de cuarta? —respondió Ana Belén, elevando la voz con una seguridad pasmosa que dejó a todo el local boquiabierto—. ¡El único estúpido, maleducado y ciego aquí eres tú, que entras a mi local como si fueras un Tractor de oruga, pisando los talones de la decencia! ¡Amargado, insolente, viejo prematuro, demonio de pacotilla! ¡Eso es lo que eres!
El pecho de Jeremías subía y bajaba con violencia. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a hablarle de esa manera en treinta y ocho años. Ni sus socios más ruidosos, ni sus empleados más temerosos. Su asistente Federico se quedó con la boca abierta, pálido como un papel, pensando que en cuestión de segundos el dueño del conglomerado ordenaría demoler el edificio entero.
—¿Cómo... cómo me has llamado? —articuló Jeremías, con la mandíbula tan tensa que parecía que iba a fracturarse los dientes, inclinándose hacia adelante en su silla—. ¿Sabes siquiera quién soy yo? ¡Estás hablando con Jeremías Bustamante! ¡Voy a hacer que...
—¡¿Y a mí qué me importa cómo te llames y qué apellidos tengas, viejo prematuro, amargado de mierda?! —le cortó Ana Belén sin darle un respiro, señalándolo con un dedo acusador mientras daba un paso al frente—. ¡Te puedes llamar como te dé la gana, pero aquí, en mi cafetería no eres bienvenido! ¡Mis hermosas damas y mis clientes sí lo son, pero este energúmeno petulante se puede largar por donde vino! ¡Fuera de aquí!
Detrás de la silla de ruedas, doña Anahí y la pequeña María Fernanda se tapan la boca con las manos, sacudidas por espasmos de risa contenida que amenazaban con convertirse en carcajadas estruendosas. Jamás habían visto a nadie poner en su lugar al temible Jeremías Bustamante con tanta soltura y desparpajo.
Los clientes del local observaban la escena con los ojos como platos, algunos murmurando con miedo y otros conteniendo la respiración, convencidos de que el magnate mandaría a cerrar el local antes del mediodía. Pero en los ojos verdes de Jeremías, por primera vez en cinco años, debajo de la furia ciega y el orgullo herido, una chispa de profunda sorpresa comenzó a arder.
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