Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO II.
CAPÍTULO II.
Washington D.C
Oficina del FBI.
Tres días después.
06:25 a.m.
Jessica llegó a la oficina más deprimida de lo habitual. El calendario marcaba exactamente un año desde el arresto de Erik Cahill, un aniversario que parecía imposible de ignorar. Era el día en que tuvo que elegir entre su vocación y su corazón, enfrentando la desgarradora decisión de traicionar a quien amaba para cumplir con su deber. Sus recuerdos la perseguían, especialmente en esa fecha, y se sentía atrapada entre la culpa y la justificación.
Deslizó la taza de café entre sus manos, buscando la calidez que no encontraba en su ánimo, y se giró hacia la ventana. El sol apenas asomaba sobre la ciudad, y el reflejo en el vidrio le devolvía una imagen cansada, marcada por la duda y la nostalgia. En ese instante, volvió a leer mentalmente las palabras de Irina Volkova, que habían llegado en una carta inesperada tras el arresto de Erik. Irina, madre del propio Erik, le escribió con una mezcla de reproche y resignación, reconociendo su profesionalismo pero lamentando el precio personal que había pagado.
«Felicidades, detective Fletcher. Llegarás lejos profesionalmente. Lástima que hayas tenido que sacrificar al hombre que fue capaz de enfrentar a su propio padre por defenderte. Hubieras sido una buena nuera.»
Las palabras de Irina fueron, por otro lado, una sorpresa. Después de todo, fue ella misma quién le dio la ubicación de su hijo, preocupada por haberse metido con la mafia siciliana. ¿Qué esperaba que hiciera?.
Jessica cargaba cada día con el peso de esa decisión, la sensación de haber traicionado al hombre que aún amaba. Pero la realidad era innegable: Erik era un ladrón y ella una agente de la justicia, y tarde o temprano ese enfrentamiento iba a ocurrir. La vida la había colocado en una encrucijada imposible, y ahora debía aprender a convivir con las consecuencias.
—Detective Fletcher. —La voz de Reed la sacó de su ensimismamiento, interrumpiendo la cadena de pensamientos que la mantenía anclada al pasado. —Tengo el registro de entradas y salidas en aeropuertos de las últimas dos semanas.
Jessica lo miró con cierta desgana, pero asintió. El trabajo era su refugio, el único lugar donde podía dejar de pensar en Erik y en todo lo que había perdido.
—¿Dónde está Mark? —preguntó, volviendo a la rutina profesional para evitar el dolor.
Reed quedó unos segundos en silencio, tal vez imaginando la reacción de Jessica cuando se entere lo que él y su supervisor, hicieron a sus espaldas.
—Encargándose de un asunto. —Respondió, con voz neutra. —Pero no tarda en llegar.
Jessica asintió, aunque noto brevemente el nerviosismo en el rostro de su compañero.
—Bueno, en cuanto llegue, los veré a ambos en la sala de reuniones. Tenemos que resolver este caso antes de que llegue a la prensa.
***
Washington D.C.
Un departamento cercano a la Base.
06:30 a.m.
—¿Se puede saber qué demonios haces en este departamento? —pregunto Reynolds, cuando la puerta del apartamento se abrió.
Erik lo observó desinteresado.
—Tranquilo, Detective. —Dijo, con voz calmada. —Te juro que no me excedí del presupuesto del Buró.
Sonrió con arrogancia.
«Ahí está.» —pensó Reynolds. —«El viejo Erik Cahill ha vuelto.».
—Cahill, no puedes hacer lo que quieras. Te recuerdo que estas bajo libertad condicional.
—El departamento que me asignaron está totalmente fuera de mis estándares. —Dijo Erik. —No puedo dormir en un lugar donde no le anda la calefacción, huele a humedad y no tiene ventanas.
Reynolds revoleo los ojos y soltó un suspiro exagerado.
—Mira, es un ático. Tengo una tobillera que puedes rastrear en cualquier momento y además, estoy más cerca de la Base de Operaciones. ¡Vele el lado positivo!
Mark suspiro, resignado. Era inútil discutir con él y, además, tenía que admitir que el ladrón tenía un punto.
Lo cierto es que, apenas salió de la cárcel el día anterior, lo ubicaron en un edificio de pequeñas habitaciones bastante abandonado, pero era lo único que podían cubrir con el presupuesto del Buró.
Pero ese no era el estilo de Erik Cahill, así que, sin levantar demasiadas sospechas, movió un par de hilos y consiguió un pequeño ático a unas pocas cuadras del FBI, no era muy espacioso pero si agradable, cálido e iluminado.
Con la tobillera electrónica que Reynolds le habia colocado, tenía un rango de movilidad de tres kilómetros, y ese departamento, estaba a menos de un kilómetro de la base, por lo que, en teoría, no estaba violando ninguna ley.
Erik se acomodó, recuperó el bolso con la ropa que le quitaron el día del arresto y, con algo de dinero que tenía oculto entre las costuras del bolso, compro algunos artículos que necesitaba para el día a día.
En poco menos de veinticuatro horas, volvió a ser el Cahill de hace un año. Aseado, cabello corto, manos perfectas, rasurado. Al mirarse al espejo, sintió que todo lo que habia pasado en el último año habia sido un mal sueño.
Erik termino de ajustarse el traje, cuando Mark interrumpió sus pensamientos.
—¿Listo, Cahill? —preguntó. —Ya es tarde.
Erik asintió, intentando ocultar los nervios por volver a enfrentarse a Jessica y ambos salieron del lugar, listos para enfrentar un nuevo desafío.
—¿Cuándo podré viajar a Rusia? —preguntó Erik, mientras cerraba el departamento.
Mark suspiró.
—Aun hay unos asuntos que resolver, pero será pronto.
Erik asintió y sin más, los dos se dirigieron en silencio hacia la base de operaciones.