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Poseida Por La Venganza/ El Despertar De La Reina

Poseida Por La Venganza/ El Despertar De La Reina

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Andreina Marquez

Un alma implacable despierta en un cuerpo ajeno.
​Tras el trágico final de la antigua Aria Thorne, un espíritu frío, astuto y deslumbrante toma el control de su vida. Decidida a vengar el humillante pasado de la chica tímida, desmantela la arrogancia de Pietro y destroza la envidia de su hermanastra Chloe.
​En la élite universitaria, la nueva Aria se convierte en una pesadilla intocable y despierta el peligroso deseo de Dante Vance. Sin romanticismos ni piedad, un juego de seducción y poder comienza.
​La víctima murió... hoy reina la destructora.

NovelToon tiene autorización de Andreina Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: El primer movimiento

​Minutos después de que Aria dejara a la madrastra temblando en el hospital, la puerta se abrió de nuevo.

​Esta vez entró Arthur Thorne. Tenía el traje de diseñador arrugado y el rostro descompuesto por la angustia. Al ver a su hija despierta en la cama, corrió a abrazarla.

​—¡Aria, mi vida! —exclamó Arthur con la voz quebrada—. Dios mío, cuando me llamaron a Nueva York pensé que te perdía... ¿Qué pasó, mi niña? ¿Por qué hiciste esto?

​Aria sintió un apretón en el pecho. No era su recuerdo, sino el amor residual del cuerpo hacia su padre.

​—Papá... —murmuró ella en voz baja—. Hablemos en casa, por favor.

​—Está bien, vámonos ya. Pedí el alta médica de inmediato.

​Camino al auto, la madrastra Victoria intentó intervenir sutilmente mientras caminaba al lado de Arthur en el estacionamiento del hospital.

​—Arthur, querido, no te dejes llevar por el drama —dijo Victoria con voz suave y manipuladora—. Sabes cómo es Aria... Es una malcriada. Tú la has mimado demasiado y por eso reacciona así. Solo lo hizo para llamar tu atención, no hay que darle tanta importancia.

​Arthur se detuvo en seco y miró a su esposa con seriedad.

​—Es mi hija, Victoria. Tuvo que haber pasado algo muy grave para que se tirara de un puente.

​En el auto, Aria no dijo ni una sola palabra. Se limitó a mirar por la ventana el paisaje urbano de Milán. Al llegar a la mansión Thorne, Arthur la ayudó a bajar y la acompañó hasta su habitación.

​—¿Te sientes bien? ¿Quieres comer algo? —preguntó su padre acomodándola en la entrada de la habitación.

​—Padre, necesito descansar un poco —dijo Aria con voz cansada pero amable—. Cuando me sienta con más fuerzas, hablamos con calma.

​—Está bien, cariño. Descansa. En la tarde vuelvo a verte —dijo Arthur dándole un beso en la frente antes de cerrar la puerta.

​En cuanto quedó a solas, Aria se echó en la cama y cerró los ojos. Necesitaba poner orden al caos de memorias que seguían flotando en su mente.

​El recorrido de recuerdos volvió a pasar como una película dolorosa frente a sus ojos:

​El dolor de la casa: Vio a Victoria quitándole las tarjetas de crédito y a su hermanastra Chloe burlándose de ella mientras le rompía sus vestidos. Vio los pellizcos y los insultos a espaldas de su papá: "Eres una estúpida, jamás serás como tu madre".

​La trampa de los Visconti: Vio a los padres de Pietro, Gideon y Eleanor Visconti, sonriéndole de forma falsa en las cenas, tratándola con desprecio sutil mientras calculaban cómo quedarse con las acciones de la empresa Thorne gracias al contrato matrimonial.

​Las humillaciones de Pietro: Escuchó de nuevo la voz de Pietro resonando en la universidad: "Es una gorda, fea e insignificante. Me da asco, pero los negocios son los negocios".

​El abandono: Sentir que su papá nunca estaba presente por trabajo, dejándola indefensa en un nido de víboras.

​Aria abrió los ojos de golpe en la penumbra de su cuarto.

​—Vaya... Esta niña era demasiado buena y tonta —murmuró sentándose en la orilla de la cama—. Una autoestima por los suelos. No entiendo por qué se sentía así.

​Se levantó y se caminó hacia el espejo del tocador. Se quitó las gafas gigantes de pasta negra, se soltó el cabello y se miró detenidamente.

​Se quedó sin aliento.

​—Pero... ¡si esta niña es una belleza! —exclamó sorprendida.

​Frente al espejo no había ningún "monstruo". Tenía un cabello rojo cobrizo espectacular que le caía en ondas, una piel blanca como la porcelana, una cintura pequeñita con un cuerpo hermoso y unos ojos de un azul intenso impactante. Era una belleza absoluta, pero se escondía deliberadamente por la baja autoestima que le habían inyectado.

​Fue directo al vestidor a revisar el guardarropa y empezó a sacar piezas con gesto de asco.

​—Pura ropa horrible, ancha y gris... —dijo tirando un suéter gigante a una esquina—. Definitivamente el mal gusto de esta niña empezó desde que le pareció atractivo ese tal Pietro. Imagínate tener al lado al rey del mal gusto y vestirte así... ¡y eso que su padre es el dueño de la empresa de moda más grande de Europa! Qué tonta fuiste, pequeña Aria.

​Se metió a la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos. Se lavó el cabello, se arregló un poco y buscó entre la ropa algo que al menos fuera pasable: un pantalón ajustado negro y una blusa sencilla pero bonita que resaltaba su silueta.

​Ya sintiéndose recuperada, mandó a llamar a su papá.

​Arthur entró a la habitación y al ver a su hija arreglada y sin las gafas gigantes se quedó helado.

​—Aria... te ves hermosa —dijo él con los ojos brillantes.

​—Papá, quería hablar contigo —dijo ella sentándose a su lado en el sofá del cuarto—. Lo que pasó... no fue por llamar la atención. A veces me he sentido muy mal con lo de la muerte de mamá. No lo he superado del todo y me dan episodios de ansiedad muy fuertes... pero te prometo que no volverá a pasar. Solo prométeme que estarás más conmigo.

​Arthur sintió que el corazón se le partía. La abrazó con fuerza, lleno de culpa.

​—Perdóname, mi niña... —dijo Arthur emocionado—. He estado poniendo el trabajo en primer lugar y pensé que teniendo a Victoria aquí en casa tenías todo lo que necesitabas. Veo que me equivoqué. Te prometo que estaré más presente.

​—Gracias, papá —dijo Aria separándose con una sonrisa suave—. Ah, por cierto... necesito un favor tuyo.

​—Lo que quieras, mi vida.

​—Se me perdió la tarjeta de crédito que me diste para mis cosas.

​Arthur soltó una risita y sacó su billetera.

​—No te preocupes, aquí tienes una nueva sin límite de gasto —dijo entregándole una tarjeta negra de lujo.

​—Qué bien —sonrió Aria guardando la tarjeta—. Porque pienso renovar mi guardarropa completo hoy mismo.

​—¡Hasta que por fin! Nunca entendí por qué te escondías detrás de esa ropa gigante si eres una niña hermosa —dijo Arthur feliz—.

​—Ya no va a volver a pasar, papá. Es más, después de clases quiero ir a la empresa para que me enseñes cómo se maneja todo. Sé que tengo que aprender, al fin y al cabo yo soy tu única heredera.

​Arthur se sorprendió gratamente y asintió con orgullo.

​—Me parece excelente, Aria. Todo lo que tengo es tuyo.

—Papá... ¿me puedes prestar a tu chófer para que me lleve al centro comercial? —preguntó Aria.

Arthur la miró sorprendido y soltó una leve sonrisa.

—¿Y por qué mejor no conduces el auto que te regalé para tu cumpleaños el año pasado? Nunca lo has utilizado.

Aria se quedó pensando por un segundo. En su mente se activó el recuerdo de ese evento: su padre entregándole las llaves de un deportivo de edición limitada espectacular, envuelto en un lazo rojo, y a la antigua Aria guardándolo en el garaje con miedo de llamar la atención.

—Esa es una excelente idea, papá —respondió Aria con brillo en los ojos.

Arthur le entregó las llaves feliz de ver el cambio en su hija y bajó a su despacho a continuar con su trabajo.

Desde la ventana del segundo piso, Victoria observaba la entrada principal. De repente, el rugido de un motor de alta gama retumbó en la propiedad y vio salir del garaje el deslumbrante auto deportivo a toda velocidad.

A Victoria le hirvió la sangre de la pura rabia. Llevaba meses buscando la manera perfecta de convencer a Arthur de que, ya que Aria no usaba ese auto, se lo regalara a Chloe. Ver a Aria manejándolo le arruinó los planes por completo.

Apretando los dientes, bajó al despacho de Arthur. Guardó su rabia, se puso su máscara de esposa dulce y abnegada y entró al estudio.

—Querido... ¿cómo sigue Aria? —preguntó con voz suave, acercándose al escritorio—. ¿No acaba de salir del hospital? Me preocupé al verla manejando... ¿cómo es que anda conduciendo en su estado?

Arthur ni levantó la mirada de sus documentos, pero tenía una sonrisa en el rostro.

—Ella está muy bien, Victoria. De hecho, me alegra muchísimo ver que al fin está usando el regalo que le di.

—Sí... ya lo estaba viendo —respondió Victoria disimulando su molestia—. Sabes... justo pensaba en decirte hace días que, como ella nunca lo usaba, podrías habérselo regalado a Chloe.

—No, Victoria. Chloe ya tiene su propio auto —respondió Arthur con tono firme—. Ese deportivo fue un regalo de cumpleaños exclusivo para Aria.

Victoria apretó las manos disimuladamente a los costados de su vestido, pero no protestó.

—Entiendo... ¿Y para dónde salió Aria tan apurada? Mira cómo está la ciudad de peligrosa últimamente y ella recién acaba de salir del hospital...

—Ah, por eso ni te preocupes —dijo Arthur suspirando con emoción mientras dejaba los papeles en la mesa—. Se fue al centro comercial a renovar todo su guardarropa. ¿Te lo imaginas? Ya mi hija no va a ser la misma de antes. Me emociona tanto volver a ver ese brillo en su mirada...

Victoria bajó la cabeza de inmediato, poniendo una cara de profunda tristeza y fingiendo desolación.

—Sí... pero, querido, no mimes demasiado a Aria —dijo con voz quebrada—. Sabes que ella suele ser muy caprichosa y malcriada cuando tú no estás... Cuando estamos a solas aquí en la casa, nos trata muy mal a Chloe y a mí.

Arthur la miró fijamente durante un par de segundos y negó suavemente con la cabeza.

—Eso no va a pasar, Victoria. Conozco muy bien a mi hija y sé perfectamente cómo se comporta.

Mientras tanto, en la avenida principal de Milán, el auto deportivo cortaba el viento rumbo al centro de la ciudad. Aria miró la tarjeta negra en el asiento del copiloto y sonrió para sí misma.

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Flor R
v a super increíble espero que entre dos le den un paliza a esas basuras vamos Dante
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