Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 7: EL NOMBRE
Seis meses después, yo ya no vivía más en el departamento de calle Urquiza.
Me había mudado a uno más chico, pero con balcón. En Barrio Pichincha, a dos cuadras de Luz. En el balcón entraba un limonero chiquito que compramos en el vivero y que Luz juraba que iba a dar limones. Todavía no dio ni uno, pero lo regábamos igual todas las mañanas.
Esa mañana de enero, Rosario era un horno. Yo estaba en shorts, tomando mate y estudiando para el último final que me quedaba para recibirme, cuando sonó el celular.
Número desconocido. Con característica de Buenos Aires.
"¿Habla Elena Rivas?", dijo una voz de mujer, muy seria.
"Sí, soy yo".
"Soy del estudio Beccar Varela. El más grande del país. Le habla la doctora Sofía Méndez, del área de reclutamiento. Recibimos su currículum y su promedio. Y también una carta de recomendación un poco inusual".
Se me heló la sangre.
"¿Una carta de quién?"
"Del doctor Martín Valdez. Dice acá que usted fue la mejor alumna que tuvo en diez años de docencia. Y que tiene 'algo que no se enseña: coraje para defender lo que es justo, incluso cuando todos miran para otro lado'. Textual".
Me quedé muda. Martín nunca me había dicho que había mandado nada.
"Doctora Rivas, queremos ofrecerle una pasantía rentada de seis meses en nuestro departamento de Litigios Complejos en Buenos Aires. Con posibilidad de efectivización. Solo entran dos personas por año en todo el país. Usted es una de ellas. ¿Le interesa?".
¿Si me interesaba? Beccar Varela era EL estudio. El que salía en todos los diarios. El que defendía los casos más importantes. El que toda mi comisión soñaba aunque sea con pisar como visita.
"¿Tengo que mudarme a Buenos Aires?", pregunté, con la voz chiquita.
"Sí. Empezaría en marzo. Le mandamos todo por mail. Tiene cuarenta y ocho horas para responder".
Corté. Me quedé mirando el limonero.
Luz entró sin golpear, como siempre, con dos medialunas.
"¿Quién era? ¿Tu novio que te invitó a casarte?"
"Me llamaron de Beccar Varela", le dije.
Luz tiró las medialunas al aire.
"¡¿QUÉ?! ¡¿EL BUFET DE LOS QUE COBRAN EN DÓLARES?! ¡ELI, TE VAN A DAR UN SUELDO QUE NOSOTROS NO VEMOS NI EN TRES VIDAS!".
Nos abrazamos gritando. Doctrina, la gata, nos miró con cara de hartazgo y se fue al balcón.
Pero después del grito, vino el nudo.
Buenos Aires. Seis meses. Dejar Rosario. Dejar el grupo. Dejar a Martín.
Martín y yo llevábamos cinco meses saliendo. Cinco meses de cafés de verdad, de ir al cine, de que me explique fallos con dibujitos en servilletas, de que yo le enseñe a tomar mate sin quemarse. Cinco meses de una relación adulta, tranquila, sin apuro. Él nunca más fue mi profesor. Yo nunca más fui su alumna. Éramos Martín y Elena. Punto.
Esa noche lo esperé en mi balcón. Llegó con su termo abollado de siempre y una bolsa de mandarinas.
"¿Qué cara es esa, abogada?", me dijo al verme.
Le conté. Le mostré el mail que ya me había llegado. El asunto decía: OFERTA LABORAL - BECCAR VARELA - CONFIDENCIAL.
Él lo leyó todo. Sin interrumpir. Cuando terminó, me miró y sonrió. Pero era una sonrisa rara. Con orgullo y con tristeza al mismo tiempo.
"Diez. Te dije que eras un diez".
"Vos mandaste la carta", le dije.
"Sí. Perdón por no avisarte. No quería presionarte. Solo conté la verdad. Que sos la mejor".
"Me voy a tener que ir a Buenos Aires, Martín".
"Lo sé".
"Son seis meses. Con posibilidad de quedarme".
"Lo sé".
Me abrazó. Largo. Me hundí en su campera.
"¿Y qué querés hacer vos, Elena?", me preguntó bajito.
"Quiero ir. Toda mi vida quise esto. Desde que estaba en El Trébol y veía a mi mamá limpiar casas para que yo pueda estudiar Derecho. Quiero demostrarme que puedo estar en el mejor lugar".
"Entonces tenés que ir".
"¿Y nosotros?", le dije, con miedo de preguntar.
Martín se separó un poco para mirarme a los ojos.
"Elena, vos no sobrás acá. Y tampoco vas a sobrar en Buenos Aires. Vos faltabas allá también. Y ahora te fueron a buscar. Si nosotros somos de verdad, cinco meses no son nada. Yo no me enamoré de una alumna que necesitaba que la defiendan. Me enamoré de una abogada que se defiende sola. Y que ahora va a ir a romperla a Buenos Aires".
Lloré. Pero no de angustia. De alivio. De que por primera vez un hombre no me pedía que me achique para que él se sienta grande.
Al día siguiente, le contesté a Beccar Varela que sí.
El grupo de los que sobran me hizo una despedida en el balcón. Trajeron pizza y un cartel nuevo que decía: "BECCAR VARELA NO SABE LO QUE LE ESPERA". Santi me regaló su moto. "Para que la vendas y te compres algo lindo en Capital". Flor me tejió una bufanda con los colores de Newell's. "Para que no te olvides de dónde saliste".
Camila me escribió. Sí, otra vez Camila.
Vi que te vas a Beccar. Te lo merecés más que nadie. Perdón por todo, de verdad. Esta vez de verdad. Éxitos, abogada.
Esta vez le contesté.
Gracias, Cami. Ojalá te vaya bien a vos también.
Porque ya no me dolía.
El primero de marzo me tomé el micro a Retiro. Martín me llevó a la terminal. No me dijo que me quede. Me dijo:
"Cuando seas socia, ¿me contratás a mí?".
Le di un beso largo, en el medio de la terminal llena de gente.
"Cuando sea socia, te compro el estudio entero si querés".
Me subí al micro. Saqué la libreta. La última página todavía tenía esa notita a lápiz que decía: ¿Me invita ese café?
Abajo, yo había escrito con mi lapicera:
Sí. Pero ahora invito yo. En Buenos Aires.
El micro arrancó. Rosario se quedaba atrás. Buenos Aires me esperaba adelante.
Y yo, por primera vez en mi vida, no sentía que me iba porque sobraba en un lugar.
Sentía que me iba porque había aprendido a ocupar mi lugar en cualquier lado.