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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 18

Me quedé pegada contra la puerta de madera del taller, escuchando el eco de mis propios sollozos apagados en la penumbra. Las palabras venenosas de Marcus y los comentarios despectivos de internet me seguían retumbando en la cabeza como un martilleo incesante. Tenía los ojos empañados por las lágrimas y los nudillos blancos de apretar con fuerza la tira de mi bolso. Esperaba encontrarme con el mismo espacio helado y deprimente de siempre: las paredes desgastadas, el olor a humedad y ese viejo tubo fluorescente en el techo que parpadeaba con un zumbido sordo e insoportable, recordándome a cada segundo lo olvidada que estaba mi área.

Sin embargo, al dar unos pasos a ciegas hacia el centro de la habitación para encender el interruptor, me detuve de golpe.

El ambiente no olía a polvo ni a humedad. Olía a pintura fresca, a metal pulido y a tecnología nueva.

Parpadeé rápidamente para limpiarme las lágrimas y busqué a tientas el contacto de la pared, pero no hizo falta. Sensores de movimiento registraron mi presencia y, en cuestión de un segundo, el taller entero se inundó de una luz blanca, potente e impecable. Ya no había focos viejos zumbando ni rincones oscuros. La iluminación LED recorría el techo en líneas elegantes y perfectas, transformando el espacio en un entorno luminoso y futurista.

Tragué aire con dificultad, mirando a mi alrededor sin poder dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo.

El viejo sótano abandonado había desaparecido por completo durante el fin de semana. En su lugar, se levantaba un laboratorio de ingeniería textil de nivel profesional. El suelo de concreto agrietado había sido cubierto por un revestimiento epóxico gris industrial impecable. Al fondo, donde antes descansaba la maquinaria obsoleta y oxidada, se erguía una estación de pruebas de tracción de alta precisión, con pantallas digitales táctiles y brazos de calibración microscópica.

A un costado, un escritorio amplio de diseño ergonómico sustituía la vieja mesa de madera coja. Sobre él descansaba una computadora de alto rendimiento con monitores dobles, lista para procesar los planos de los empaques de cáñamo a una velocidad que jamás habría soñado en este edificio. Había estanterías metálicas organizadas, muestrarios de fibra sellados al vacío y herramientas de precisión alineadas al milímetro.

Era un templo dedicado a mi trabajo. Un espacio digno para una ingeniera en jefe.

Un nudo enorme me apretó la garganta, pero esta vez no era de vergüenza o dolor, sino de una emoción tan abrumadora que me dejó sin aliento. Recordé las palabras de Aksel en el restaurante cuando intentaba convencerlo de mi caos: *«Si tu vida está en cajas y te estás reconstruyendo, entonces déjame ayudarte a acomodar cada pieza en su lugar»*. Mientras el mundo exterior me pisoteaba en internet y los pasillos del corporativo me tachaban de interesada, él se había encargado en secreto de construirme este refugio. Había invertido una fortuna en mi talento sin pedir nada a cambio, demostrándome que creía en mí incluso cuando yo misma dudaba.

Me llevé una mano a la boca y dejé escapar un llanto ahogado, aplastada por el contraste entre el odio de afuera y el amor incondicional que respiraba en esta habitación.

De pronto, el sonido pesado de la puerta de madera al abrirse a mis espaldas me hizo girar de golpe.

Aksel estaba allí.

Llevaba un traje oscuro impecable, pero no había rastro de la frialdad ejecutiva en sus facciones. Sus ojos azules me recorrieron de inmediato, notando mis mejillas mojadas, el temblor de mis hombros y el agotamiento en mi rostro. No dijo una sola palabra. Dio tres pasos largos, acortando la distancia entre los dos, y me rodeó con sus brazos enormes con una firmeza protectora.

Me pegué a su pecho instintivamente, escondiendo el rostro en la solapa de su saco. Me aferré a la tela como si fuera mi único punto de apoyo en medio de una tormenta de nieve.

—Aksel... las redes... Marcus... la gente está diciendo cosas horribles... —logré articular entre sollozos, con la voz rota—. Piensan que soy una trepadora, que estoy aquí por ti... van a cancelar el proyecto de cáñamo...

—Shhh... tranquilízate, Elena —murmuró cerca de mi oído, con una voz profunda, grave y pausada que buscaba calmar mi respiración agitada. Su mano grande subió hasta mi nuca, acariciándome suavemente, mientras su otro brazo me pegaba con fuerza a su cuerpo—. Escúchame bien. No vas a escuchar a ninguno de esos imbéciles. Ninguno de ellos sabe lo que vales ni lo que trabajas.

—Tengo miedo de que me despidan —admití en un susurro vulnerable, alzando la vista para mirarlo a los ojos—. Marcus dice que el comité de ética tiene las fotos de la cena...

Al escuchar el nombre de Marcus y la mención de las fotos, vi cómo los ojos azules de Aksel se oscurecían de golpe con un destello peligroso. La mandíbula se le tensó con una furia helada que me erizó la piel, aunque el agarre de sus manos sobre mis hombros se mantuvo sumamente delicado.

—Marcus no va a tocarte ni un solo pelo —sentenció Aksel, y su voz sonó tan letal y segura que el aire del laboratorio pareció enfriarse un par de grados—. Y el comité de ética me va a tener que responder a mí antes de atreverse a pronunciar tu nombre.

Se separó un par de centímetros para tomar mi rostro entre sus manos cálidas, obligándome a mirarlo directamente. Recorrió con la mirada cada rincón del nuevo taller, desde la máquina hasta las luces LED, y luego volvió a clavarla en mis ojos.

—Te dije que no iba a dejar que nada ni nadie arruinara lo que estás construyendo aquí —dijo con una honestidad brutal que me hizo temblar el corazón—. Este taller es tuyo. Este proyecto es tuyo. No se los regalé; te lo ganaste con tu cerebro y con cada hora que pasaste aquí abajo. Si ellos quieren ver esto como un escándalo moral, es porque son unos mediocres incapaces de entender tu talento.

—Pero la prensa no va a parar, Aksel —insistí, secándome una lágrima rebelde con el dorso de la mano—. El pacto que hicimos... dijimos que mantendríamos el secreto para protegernos.

Aksel guardó silencio por un segundo. Miró el ligero temblor de mis labios, escuchó el miedo genuino en mi voz y supe que algo dentro de su cabeza se había roto de forma definitiva. La estrategia de esconderse en las sombras ya no tenía sentido.

—A la mierda el pacto de la cafetería, Elena —soltó de golpe, con una determinación tan fría y firme que me dejó helada—. Intentamos hacer las cosas a su manera, respetando sus reglas corporativas y escondiéndonos para no incomodar a nadie, ¿y qué ganamos? Que te ataquen por la espalda y te hagan llorar en tu propio taller. No voy a seguir jugando a ser el socio ausente mientras a ti te despedazan.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, sintiendo un vuelco salvaje en el estómago.

Aksel dibujó una sonrisa severa, cargada de una confianza imponente, esa misma mirada destructiva que ponía en la cancha antes de liquidar un partido. Me dio un beso corto y profundo en la frente, impregnando su aroma en mi piel.

—Voy a hacer lo que debí haber hecho desde el primer momento —respondió, dándose la vuelta hacia la salida con pasos firmes—. Tengo una rueda de prensa obligatoria con el club por la tarde. Deja que los buitres sigan hablando por ahora. Hoy voy a cerrarles la boca a todos, Elena. Te lo prometo.

Salió del laboratorio a grandes zancadas, dejando la puerta abierta detrás de él. Me quedé sola en medio del deslumbrante taller iluminado por la nueva luz LED, sintiendo cómo el pánico empezaba a ser reemplazado por una chispa de esperanza pura. La tormenta mediática seguía afuera, pero por primera vez en semanas, sabía que tenía a un gigante dispuesto a derribar al mundo entero para defenderme.

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