Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 4: El mar y yo
Llegué por fin a la playa de Cartagena con mi maleta en la mano. El viaje desde Santa Marta había sido largo y me sentía cansada, pero al mismo tiempo feliz de ver otra vez el mar. Siempre he dicho que el mar tiene algo especial, como si pudiera abrazarte sin decir una sola palabra.
Miré a mi alrededor buscando a la hermana de mi madrina, pero entre tantos turistas, vendedores ambulantes y pescadores no logré encontrarla.
—Bueno, Mileidis, tranquila. Seguro aparece en cualquier momento —me dije a mí misma.
Caminé despacio por la orilla sintiendo la arena caliente bajo mis sandalias. La brisa movía mi cabello y el sonido de las olas me hacía sentir como cuando era niña en Santa Marta.
Siempre me ha encantado el agua.
Desde pequeña mi mamá decía que parecía un pez porque podía pasar horas metida en el mar sin cansarme.
Sonreí al recordar esas palabras.
Vi un lugar donde la arena estaba seca y dejé mi maleta allí por un momento.
—Solo voy a mojarme los pies un ratico —dije sonriendo.
Me acerqué despacio hasta donde llegaban las olas.
El agua estaba fresca.
Sentí un alivio enorme cuando el mar tocó mis pies.
—Ay, qué rico...
Cerré los ojos unos segundos disfrutando de la brisa.
Pero de un momento a otro escuché a una señora gritar.
—¡Muchacha! ¡La maleta!
Abrí los ojos de inmediato.
Una ola más fuerte había arrastrado mi maleta mar adentro.
—¡Ay, Dios mío!
Corrí lo más rápido que pude.
La maleta seguía alejándose con el movimiento del agua.
Sin pensarlo dos veces me lancé al mar.
—¡No, esa maleta no!
Allí llevaba toda mi ropa, mis documentos, el poco dinero que tenía y, sobre todo, la fotografía de mi mamá.
Nadé con todas mis fuerzas.
Las olas golpeaban fuerte, pero yo seguía avanzando.
Desde pequeña aprendí a nadar muy bien gracias a mi mamá. Cada vacaciones íbamos a la playa y ella siempre decía que una buena costeña debía llevarse bien con el mar.
Respiré profundo y seguí nadando.
Por fin logré alcanzar la maleta.
La agarré con fuerza.
—¡Te tengo!
Comencé a regresar poco a poco hacia la orilla.
Algunas personas observaban preocupadas.
Un pescador incluso gritó:
—¡Con cuidado, pelaa!
Yo levanté una mano para hacerles saber que estaba bien.
Las olas seguían moviéndose con fuerza, pero poco a poco fui acercándome hasta tocar nuevamente la arena.
Cuando salí del agua, mi ropa estaba completamente empapada y mi cabello caía mojado sobre mis hombros.
El agua resbalaba por mis brazos y mi rostro mientras sostenía la maleta.
Respiré aliviada.
—Gracias a Dios...
Varias personas que estaban cerca se quedaron mirándome en silencio.
Una señora sonrió.
—Mija, nadás como toda una profesional.
Otro señor comentó entre risas.
—Parecía una sirena saliendo del mar.
Yo me sonrojé un poquito.
—No exageren.
Revisé rápidamente la maleta.
Por fortuna seguía cerrada.
La abracé con fuerza.
—Menos mal...
Saqué la fotografía de mi mamá para asegurarme de que estuviera bien. Estaba un poco húmeda, pero seguía intacta.
Le sonreí a la imagen.
—Casi te pierdo, mamita.
Guardé nuevamente la fotografía y respiré tranquila.
Me acomodé el cabello con las manos y escurrí un poco el agua de mi blusa.
La brisa comenzó a secarme poco a poco.
Miré otra vez hacia la playa.
Todavía tenía que encontrar a la hermana de mi madrina y llegar a la casa donde iba a vivir.
Apreté la maleta con firmeza y seguí caminando por la arena.
Después de todo lo que había pasado, solo podía agradecer que el mar me hubiera permitido recuperar lo único que tenía conmigo para comenzar esa nueva etapa de mi vida en Cartagena.