Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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16
Paulo no supo bien cómo llegó a su propia casa. Recordaba fragmentos del trayecto, las llaves temblándole tanto en la mano que le costó tres intentos abrir la puerta, pero el resto del camino se le había borrado por completo, absorbido por el mismo aturdimiento que todavía le pesaba en el pecho como una piedra fría.
Adentro, el departamento estaba en penumbras, con la luz de la luna entrando apenas por las cortinas entreabiertas, proyectando franjas alargadas sobre el piso de madera. Paulo se quedó parado en la entrada un momento largo, sin encender ninguna luz, escuchando el silencio del lugar que hasta esa mañana había sido, sin ninguna duda, el hogar más seguro que conocía. Dejó las llaves sobre la mesita de la entrada con un cuidado excesivo, como si el más mínimo ruido pudiera hacer que todo se volviera todavía más real de lo que ya era.
Se sentó en el sillón de la sala, en la penumbra, con las rodillas apretadas contra el pecho, en una posición que no adoptaba desde que era mucho más joven, desde noches muy específicas de su infancia que prefería no recordar en ese momento. El teléfono, en algún bolsillo de su ropa, vibró varias veces, mensajes de Henry, probablemente, aunque Paulo no tuvo ninguna fuerza para revisarlos; hasta que finalmente dejó de sonar, y el silencio volvió a instalarse entero en el departamento, roto solo por el tictac lejano del reloj de la cocina y el sonido distante de tráfico filtrándose desde la calle.
No supo cuánto tiempo pasó así, sentado en la oscuridad creciente, con la mente repitiendo la misma imagen una y otra vez sin poder detenerla, Henry, Valeria, el escritorio, el número seis repitiéndose como un eco que no encontraba forma de apagarse.
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Escuchó la llave girar en la cerradura pasadas las ocho, y el cuerpo entero se le tensó de golpe, cada músculo preparándose para algo que no sabía bien cómo nombrar todavía, rabia, dolor, la necesidad urgente de gritar o de no decir absolutamente nada.
Henry entró despacio, con esa cautela de quien no sabe qué va a encontrar del otro lado de la puerta, y se detuvo en seco al verlo sentado ahí, en la oscuridad, sin ninguna luz encendida.
—Paulo. —Su voz sonaba rota, distinta a cualquier tono que Paulo le hubiera escuchado antes—. Gracias a Dios. Te estuve llamando.
Paulo no contestó de inmediato. Se quedó mirándolo desde el sillón, estudiando cada detalle de su cara como si fuera la primera vez que la veía de verdad, el desorden en el cabello castaño claro que normalmente llevaba tan cuidado, los ojos azules enrojecidos, la corbata ya completamente fuera, arrugada en su puño como si la hubiera llevado apretada así todo el camino de vuelta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó finalmente, con una voz que ni siquiera reconocía como propia, tan plana y tan fría.
—Es mi casa también, Paulo.
—Ya no sé si eso sigue siendo cierto.
Henry se pasó una mano por la cara, dando dos pasos hacia la sala sin llegar del todo a acercarse, deteniéndose a mitad de camino como si sintiera, de forma instintiva, que cualquier avance mayor sería recibido como una amenaza.
—Necesito explicarte. Por favor, dame la oportunidad de explicarte.
—Seis años, Henry. ¿Qué explicación posible cambia eso?
—No es tan simple como parece.
—Explícame entonces cómo es. —Paulo se puso de pie, con las piernas todavía inestables, pero necesitando de alguna forma dejar de estar sentado, de sentirse en desventaja física frente a lo que fuera que Henry estuviera por decir—. Explícame la parte simple, porque desde donde yo lo veo, es bastante directo, encontré a mi esposo con otra persona, en su oficina, y me dijeron que llevan haciendo esto desde hace casi más de seis años.
Henry se quedó callado un momento, con la mandíbula apretada, y cuando finalmente habló, las palabras le salieron con una mezcla de desesperación y algo parecido, horriblemente, a la justificación.
—Te volviste distante, Paulo. Con los años. Entre el trabajo, luego Lucas, todo lo que teníamos que sostener juntos, dejamos de tener tiempo el uno para el otro. Valeria apareció en un momento donde yo me sentía...
—¿Me estás culpando a mí de esto?
—No te estoy culpando, solo te estoy explicando cómo pasó.
—Suena exactamente a que me estás culpando. —La voz se le quebró, finalmente, la frialdad controlada resquebrajándose en algo mucho más crudo—. ¿Sabes lo que hacía yo mientras tú supuestamente te sentías tan solo? Trabajaba, cuidaba a Lucas, sostenía esta casa, y todavía encontraba energía para quererte cada noche que llamabas o llegabas tarde de tus viajes de negocios. ¿Eso es lo que se siente ser distante, para ti?
—No quise decir eso.
—Entonces dime qué quisiste decir, porque desde acá suena exactamente así.
Henry se quedó en silencio, sin ninguna respuesta lista, y Paulo sintió que algo dentro de él, alguna parte todavía razonable en medio de tanto dolor, reconocía con asco la forma en que su propia cabeza, aunque fuera solo por un instante fugaz, había empezado a preguntarse si acaso él tenía algo de responsabilidad en todo esto. Odió esa parte de sí mismo con una intensidad que no lograba dirigir del todo hacia Henry en ese momento, mezclada de forma confusa con toda la rabia que sí sentía hacia él.
—Ella fue solo un relax en medio de todo, Paulo. Nunca significó lo que tú significas para mí.
—¿Relax? —Paulo soltó una risa sin ningún humor real detrás, incrédula—. Me estás diciendo que tu forma de relajarte, durante tantos años, fue acostarte con otra persona.
—No estoy diciéndolo bien, lo sé, pero—
—No hay ninguna forma de decir eso bien, Henry.
El silencio que siguió se estiró incómodo entre los dos, con Henry sin ninguna respuesta que ofrecer y Paulo demasiado agotado, de golpe, para seguir sosteniendo la confrontación con la misma intensidad. Se dejó caer de nuevo en el sillón, con las manos temblándole sobre las rodillas, y fue en ese silencio, sin haberlo planeado del todo, que las palabras le salieron solas, casi sin decidirlo.
—Estoy embarazado.
Henry se quedó completamente inmóvil, con la cara transformándose en algo que Paulo no logró interpretar del todo entre tanto caos interno, sorpresa genuina, quizás algo de miedo, y después, casi de inmediato, algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
—¿Qué?
—Me enteré hoy en la mañana. Por eso fui a buscarte a tu oficina. Quería darte la noticia en persona. —La voz se le quebró completamente en esa última frase, con la ironía cruel de la situación cayéndole encima con todo su peso—. Quería que fuera especial.
Henry cruzó lo que quedaba de distancia entre los dos antes de que Paulo pudiera reaccionar, cayendo de rodillas frente al sillón, con las manos buscando las suyas con una desesperación que Paulo no tuvo fuerzas para rechazar del todo.
—Paulo, esto puede ser una segunda oportunidad. Para los dos. Para toda la familia.
—No me vengas con eso.
—Piénsalo. Un bebé nuevo, un comienzo distinto. Puedo cambiar, te lo juro. Puedo terminar todo con Valeria, hoy mismo, ahora mismo si hace falta.
—No se trata de eso, Henry.
—Se trata exactamente de eso. —Le apretó las manos con más fuerza, con los ojos azules brillantes de una emoción que a Paulo le costaba distinguir entre el amor genuino y el puro pánico de estar a punto de perderlo todo—No podemos tirar esto por la borda. Piensa en Lucas. Piensa en el bebé que viene. Merecen una familia completa, los dos juntos.
Paulo se quedó mirándolo, con las manos todavía atrapadas entre las de Henry, sintiendo una lucha interna que le costaba nombrar del todo, la rabia todavía intacta, el dolor todavía fresco, pero también, mezclado ahí en algún lugar imposible de ignorar por completo, el peso real de esas palabras sobre Lucas, sobre la familia que habían construido, sobre el bebé nuevo que apenas horas atrás había sido la mejor noticia de su vida.
—No sé qué quiero hacer todavía —dijo finalmente, con la voz agotada, casi sin fuerzas—. Necesito tiempo para pensar.
—Tómate el tiempo que necesites.
Paulo no contestó a eso, dejando la pregunta flotando en el aire cargado de la sala en penumbras, sin ninguna certeza real de qué iba a hacer con todo esto, ni esa noche, ni ninguna de las que quedaban por delante.
—¿Me abrazas por favor?
Henry abrazó a Paulo con mucho cuidado, aceptando el pedido, y ahí, Paulo terminó de romperse, lloró cual niño en el hombro de su soporte, de su amigo y amado esposo.