Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.
Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.
Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.
Pero Abelardo no era aquel hombre.
Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.
Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.
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La huida con el rival
Mientras Abelardo caminaba bajo la lluvia con el corazón hecho pedazos, Deborah ya celebraba su victoria sin siquiera mirar atrás. Para ella, el dolor de él no era más que un ruido molesto que ya podía ignorar. Con la frialdad calculadora que siempre la había guiado, se mudó al penthouse de Gastón antes de que Abelardo terminara de empacar su tristeza: un ático de lujo, vistas a toda la ciudad, suelos de mármol y un armario entero esperando ser llenado con dinero que no le costaba ganar.
Gastón no era como Abelardo. No tenía que hacer malabares ni esperar a fin de mes: sacaba fajos de billetes como quien saca pañuelos, firmaba facturas sin leerlas, y su fortuna —construida entre negocios inmobiliarios y tramas de dudosa legalidad— parecía no tener fondo. Para él, Deborah era un trofeo brillante que exhibir ante sus socios, un adorno caro que decía "tengo poder". Para ella, él era la garantía de que nunca más tendría que mirar una etiqueta de precio ni pedir permiso para nada.
Apenas dos semanas después de haber dejado a Abelardo en la ruina absoluta, Deborah hizo pública su nueva vida sin el menor rastro de vergüenza. La ocasión fue la fiesta de aniversario del exclusivo Club de Golf Los Laureles: el evento más elitista de la ciudad, donde la gente se juzgaba por joyas y apellidos. Y ella llegó… deslumbrante, desafiante, caminando del brazo de Gastón como si siempre hubiera pertenecido ahí. Vestía un vestido de alta costura hecho a su medida, una gargantilla de esmeraldas que él le había comprado dos días antes —un regalo que costaba más que todo lo que Abelardo había ganado en un año—, y esa sonrisa perfecta, fría, letal… la misma que antes usaba para él.
—Señores, les presento a Deborah —anunció Gastón a voz en cuello, levantando su copa de champán ante todos—. Una mujer de verdadera clase. Y como toda mujer de clase… merece ser mantenida como la reina que es.
Deborah recostó la cabeza en su hombro, sonriendo con una dulzura que no sentía, disfrutando de las miradas, de los murmullos, de la envidia de todas las mujeres presentes. Mientras brindaba, la imagen de Abelardo rogándole en aquel café modesto cruzó su mente por un segundo… y la apartó con asco, como si fuera una mancha en su ropa. Qué ridículo —pensó—. Qué lejos quedó todo eso. Qué suerte que se acabó su dinero a tiempo.
Pero la ciudad era pequeña. Y el destino, silencioso, ya estaba tomando nota.
Esa misma noche, Mateo se encontraba ahí, entregando unos planos arquitectónicos para un directivo del club. Al cruzar el salón principal, la vio. Y la sangre se le heló en las venas. Ahí estaba ella: radiante, riendo, tocando las esmeraldas de su cuello como si fueran suyas por derecho, mientras el hombre que lo había dado todo por ella se consumía en la miseria. No había pasado ni un mes. Ni un solo mes.
Mateo no pudo contenerse. Caminó directo hacia la mesa VIP, con el puño cerrado y la indignación ardiéndole en el pecho, sin importarle quién estuviera mirando.
—Vaya —soltó, con voz cortante y cargada de desprecio—. Qué rápido encontraste nuevo bolsillo lleno, Deborah. ¿Te costó mucho trabajo o simplemente esperaste a que se le acabara el dinero al anterior?
Deborah dio un respingo, pero en menos de un segundo recuperó su frialdad. Lo miró de arriba abajo, como si fuera un insecto que había aparecido en su copa.
—¿Quién es este? —bramó Gastón, poniéndose de pie de golpe, imponiendo su estatura y su arrogancia.
—Nadie importante, mi amor —respondió ella, suave y venenosa, acariciando el brazo de él para calmarlo, mientras clavaba en Mateo una mirada llena de odio—. Solo un conocido del pasado. Alguien que no sabe aceptar que las cosas cambian y que hay gente que nace para algo más grande que la mediocridad. Un resentido. No le des importancia.
—¿Resentido? —replicó Mateo, alzando la voz para que todos en la mesa lo oyeran—. ¡Destruiste a un hombre bueno! Le vaciaste las cuentas, le dejaste deudas que tardará años en pagar, y cuando ya no te sirvió… lo tiraste a la basura como si nada. ¡Eres una depredadora! Y todos lo saben.
Gastón dio un paso al frente, furioso, haciendo señas a los guardias. Pero Deborah soltó una risa. Una risa fría, cruel, que heló la sangre de Mateo.
—Dile a tu amiguito que si no supo retenerme… no fue mi culpa —dijo ella, con una tranquilidad que dolía más que un golpe—. Si no tuvo ni el dinero ni el carácter para estar a mi altura, ¿qué querías que hiciera? ¿Quedarme y hundirme con él? Yo nací para brillar, no para cargar con fracasados. Si Abelardo quiere llorar… que llore en su casa. Que no mande a sus perros a ladrar por él.
Dos guardias se interpusieron entre ellos. Mateo retrocedió, sabiendo que no ganaría nada ahí… pero antes de que lo escoltaran hacia la salida, se detuvo y la miró a los ojos, fijamente, con una certeza absoluta.
—Disfrútalo mientras dure, Deborah —le dijo, con voz baja pero firme—. Recuerda que todo lo que se hace… se paga. Y el dinero de los demás nunca es de verdad tuyo. La vida da muchas vueltas, y la boca se cierra sola cuando llega la hora. Te llegará el momento.
Deborah hizo un gesto con la mano, como apartando una mosca molesta, y bebió de su copa sin dejar de sonreír.
—Que se vaya —dijo, con desdén—. Me arruina la noche.
Pero mientras Gastón reía y brindaba, una pequeña sombra de duda cruzó por su mente. Solo un instante. Tan breve que ella misma se negó a reconocerlo. No —pensó—. Yo soy diferente. Yo siempre salgo ganando. Mientras tenga dinero a mi alrededor, nada puede salirme mal.
No sabía que esas mismas palabras eran la sentencia que, tarde o temprano, la derrumbaría.