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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA QUE CREYÓ TENER EL CONTROL

Pasaron tres días. Tres días en los que Dante no recibió ni una sola disculpa, ni una llamada sincera, ni una palabra de respeto. En su lugar, recibió mensajes confusos, excusas, y al final, la visita que sabía que llegaría.

Valeria Zorich apareció en la mansión Valero al mediodía. No llamó. No esperó a que la anunciaran. Entró como si la casa siguiera siendo también suya, con la cabeza alta, los ojos brillantes de indignación, segura de sí misma, segura de que él la recibiría con los brazos abiertos y pediría perdón por su "exceso de carácter". Creyó que lo tenía dominado. Creyó que él era el hombre tolerante y sumiso que siempre había conocido.

Se equivocó.

Lo encontró en el estudio, de pie frente al ventanal, con las manos entrelazadas a la espalda, mirando el jardín. Al oírla entrar, no se giró de inmediato. Se tomó su tiempo. Y cuando lo hizo, la miró de arriba abajo, con una calma tan fría que la hizo dudar un segundo de sus propias palabras.

— ¿Cómo te atreves? —empezó ella, con voz tajante, avanzando un paso—. ¿Cómo te atreves a hacerme eso? ¿A humillarme frente a todos? ¿A romper el compromiso de esa manera? ¡Yo estaba cuidando a tu primo! ¡Estaba cumpliendo con mi deber como futura esposa de esta familia! ¡Y tú… tú te burlaste de mí! ¡Me dejaste plantada!

Esperaba que él reaccionara. Que pidiera perdón. Que dijera que estaba furioso, que había perdido la cabeza, que la amaba demasiado para soportarlo. Pero Dante no gritó. No se alteró. Simplemente se apoyó en el borde del escritorio, la miró, y soltó una risa baja, suave, que la cortó en seco.

— ¿Tú… me dejaste plantada? —repitió, como si estuviera probando las palabras—. Qué forma tan curiosa de decirlo, Valeria. Déjame corregirte: tú elegiste no presentarte. Elegiste a un mentiroso antes que a tu prometido. Elegiste la farsa antes que el compromiso. Y yo… simplemente dejé de fingir que no veía lo que hacías.

— ¡No era una farsa! —exclamó ella, con los ojos llenándose de lágrimas rápidas, esas lágrimas que siempre le habían funcionado—. ¡Mateo estaba mal! ¡Estaba sufriendo! Yo no podía dejarlo solo, ¿no lo entiendes? ¡Es tu primo! ¡Es familia! Yo… yo pensé que comprenderías… pensé que me esperarías…

— ¿Esperarte? —Dante se enderezó lentamente, y el aire en la habitación se volvió denso—. ¿Cuánto tiempo querías que esperara? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Hasta que él decidiera que ya había actuado suficiente? Dime, Valeria… ¿cuántas veces antes de hoy te pidió que te quedaras con él? ¿Cuántas veces "se puso mal" justo cuando nosotros estábamos por estar juntos? ¿Cuántas crisis, cuántos mareos, cuántas fiebres repentinas aparecían siempre que yo te reclamaba tiempo?

Ella abrió la boca para responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas. Él no esperó a que contestara.

— Yo lo vi todo. Cada suspiro, cada mano en el pecho, cada mirada que él te lanzaba para asegurarse de que lo estabas mirando. Yo supe desde el principio qué estaba haciendo. Y no dije nada. No intervine. No te lo prohibí. ¿Sabes por qué? —Dante dio un paso hacia ella, y ella retrocedió instintivamente—. Porque tú estabas a prueba. Nunca yo.

— ¿A prueba…? —susurró ella, confundida, sintiendo por primera vez que el suelo se movía bajo sus pies.

— Sí. Yo necesitaba saber de qué estabas hecha. Necesitaba saber si eras la mujer que estaría a mi lado, firme, leal, capaz de distinguir la verdad de la manipulación… o si eras una mujer que se deja llevar por la primera lágrima de un hombre que sabe usar su debilidad como arma. —Se acercó un paso más, y su voz bajó, se volvió más grave, más cortante—. Tú fallaste, Valeria. Fallaste terriblemente. En el momento en que elegiste quedarte con él en lugar de venir al altar… me demostraste que no eres la mujer que yo necesito. Yo soy un Rey. Y al lado de un Rey no hay lugar para la indecisión, para la debilidad, para quien no sabe elegir entre la lealtad y la lástima mal puesta.

— Yo… yo solo quería ser buena persona… —balbuceó ella, con la voz quebrada, las lágrimas cayendo ya sin control.

— Ser buena persona no es lo mismo que ser débil —respondió él, sin rastro de piedad—. Y yo no busco una santa, Valeria. Busco una Reina. Alguien que entienda que el respeto se gana, que la lealtad no se negocia, y que cuando se da la palabra… se cumple. Tú no cumpliste. Y en mi mundo… no hay segundas oportunidades.

Ella vio que la conversación se le escapaba de las manos. Creyó que las lágrimas bastarían. Creyó que él cedería, como siempre. Así que cambió de táctica. Dio un paso hacia él, bajó la mirada, suavizó la voz, esa voz dulce y seductora que siempre la había salvado:

— Dante… por favor… no digas eso. Sabes que te quiero. Sabes que siempre te he querido. Me confundí, tuve miedo, él me asustó… perdóname. Déjame compensártelo. Hagamos la boda de nuevo, más grande, mejor… olvida lo que pasó. Tú y yo… somos para estar juntos. Tú me dijiste que siempre me esperarías…

Levantó la mano para tocarle el pecho, para acariciarlo, ese gesto que siempre lo ablandaba. Pero antes de que sus dedos lo rozaran, Dante la detuvo. No con violencia, pero con una firmeza absoluta. La tomó de la muñeca, suavemente, pero sin dejarla avanzar ni un milímetro. Y la miró a los ojos, directo, sin pestañear.

— Tú creíste que yo era un tonto —dijo, con voz baja, cargada de un desprecio silencioso—. Creyiste que no veía cómo él te miraba. Creyiste que no notaba que cada vez que él hablaba, tú lo escuchabas a él antes que a mí. Creyiste que tenías el control. Que yo era el hombre paciente, tolerante, que aguantaba todo por amor. —Soltó su muñeca de golpe, como si su piel le quemara—. Pues déjame aclararte algo: la engañada siempre fuiste tú. Yo te dejé creer que tenías poder sobre mí. Te dejé actuar, te dejé elegir… porque quería ver hasta dónde eras capaz de llegar. Y llegaste muy lejos, Valeria. Tan lejos que cruzaste la línea que nunca debiste cruzar.

— ¿Entonces… nunca me amaste? —preguntó ella, con voz temblorosa, herida de verdad ahora, no actuando.

— Yo respeté la mujer que creí que eras —respondió él, sin dudar—. Pero la mujer que apareció en mi boda no era ella. Era una mujer que eligió la mentira, la manipulación y la debilidad. Y esa mujer… no tiene lugar aquí. —Señaló la puerta con un gesto seco—. El trato comercial con tu familia queda cancelado, como ya les hice saber. No vuelvas a venir. No vuelvas a llamar. No hay nada que decirnos.

— ¡No puedes hacer esto! —gritó ella, perdiendo el control, la furia reemplazando a las lágrimas—. ¡Mi familia te destruirá! ¡Te arruinarán! ¡Nosotros teníamos un acuerdo! ¡No puedes romperlo así porque sí!

Dante se rio, y esta vez no hubo amabilidad en ese sonido.

— ¿Creen que su dinero, sus contactos, su posición… pueden contra lo que yo tengo? —Se acercó a ella, imponente, dueño de cada palabra—. Recuerda bien quién es el único heredero del imperio Valero. Recuerda de dónde viene todo este poder. Y luego ven y dime si de verdad crees que tu familia puede contra mí. —Se inclinó hacia ella, hasta que sus rostros quedaron a un paso—. Diles lo que escuchaste. Diles que Dante Valero ya no es el hombre que se contenía. Y diles que si quieren guerra… que vengan. Porque yo ya no tengo nada que perder.

Valeria retrocedió, aterrorizada. Ese hombre no era el que ella conocía. Era más grande, más oscuro, más peligroso. Y comprendió, demasiado tarde, que nunca lo tuvo dominado. Él la había dejado pensar que sí, solo para verla caer.

Salió de la habitación casi corriendo, con la cabeza baja, las mejillas ardiendo, las lágrimas corriendo sin freno. Dante se quedó solo. Se acercó al ventanal, miró cómo ella salía de la mansión y subía al coche, y no sintió dolor. No sintió rabia. Solo alivio.

— Caíste tan fácil —susurró al viento—. Ni siquiera resististe la primera prueba.

Se giró hacia el escritorio, tomó el teléfono, marcó un número con calma. Cuando la voz al otro lado respondió, Dante dijo, firme y sereno:

— Javier. Prepara los documentos. Cancelamos toda relación con los Zorich. Y revisa todas las cuentas de los últimos tres años. Quiero saber cuánto dinero ha salido hacia las empresas de la familia Ruiz. Todo. No dejes nada fuera.

Colgó. Y mientras miraba el jardín, una sonrisa tranquila, fría, se dibujó en sus labios.

— Que empiece todo —murmuró—. Ya no tengo prisa. Porque ahora… nadie me va a detener.

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