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La Redención del CEO Billonario

La Redención del CEO Billonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Madre soltera / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Edina Gonçalves

César Montenegro lo tiene todo: un imperio financiero, poder absoluto y una armadura de hielo forjada tras la peor traición. Desde que su prometida y su mejor amigo intentaron destruirlo, juró que ninguna mujer volvería a cruzar sus defensas. Las mujeres son pasatiempos de una noche. Sin nombres, sin promesas, sin mañana.

Clara Fernandes es todo lo opuesto: una joven humilde, huérfana y luchadora que llegó a São Paulo con nada más que sueños y la voluntad de salir adelante. Una noche, el destino los cruza en las circunstancias más injustas, y la vida de ambos cambia para siempre.

Cuando César descubre que aquella noche dejó algo más que un billete sobre la mesa —una hija de ojos grises idénticos a los suyos—, su mundo de control y frialdad empieza a resquebrajarse. Pero Clara no quiere su dinero ni su compasión. Lo único que pide es que no le arranquen a la bebé que crió sola, con sacrificio y amor incondicional.

Entre la desconfianza, los secretos de familia, las conspiraciones de quienes quieren verlos separados y un pasado que se niega a soltar, César y Clara descubrirán que la redención no se compra: se construye, día a día, con la verdad que más miedo da decir.

NovelToon tiene autorización de Edina Gonçalves para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Fruto de aquella Noche

Clara narrando...

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero el tiempo también puede ser un maestro cruel cuando se carga un secreto que crece cada día dentro de ti.

Cuando descubrí el embarazo, dos meses después de aquella noche fatídica en el club nocturno, mi mundo, que ya era frágil, se desmoronó por completo. Mirar aquel papel que decía "positivo" fue como revivir toda la humillación de la nota en la mesa de noche. "Espero que sea suficiente." Aquellas palabras resonaban en mi mente como una bofetada. El hombre que me había usado como un objeto desechable ahora, sin saberlo, había dejado una semilla en mi vientre.

Me sentí asustada y terriblemente sola. Pero no estaba totalmente desamparada. Júlia y doña Berenice fueron mi suelo firme, mi puerto seguro cuando creí que iba a desplomarme. Cuando me derrumbé en llanto en los brazos de doña Berenice, con miedo del futuro, ella simplemente me acogió, me acarició el cabello y dijo:

— Un hijo nunca es un error, Clarinha. Dios no se equivoca. Nosotras vamos a cuidar de ti y de esa criatura.

Y así lo hicimos. Los meses que siguieron fueron una prueba de fuego para mi resiliencia.

Tenía 23 años, cursaba Administración de Empresas, y decidí que aquel embarazo no sería el fin de mis sueños, sino el combustible para ellos. No me rendí, no dejé la universidad ni un solo semestre.

La rutina era aplastante. Por la mañana y por la tarde trabajaba en la cafetería. Por la noche, corría a la universidad. Conforme la panza crecía, las dificultades se multiplicaban. Recuerdo perfectamente haber llorado a escondidas en el baño del trabajo en el séptimo mes, con la espalda trabada y los pies tan hinchados que apenas cabían en los zapatos. Mis piernas pesaban como plomo, y el cansancio parecía haberse instalado en mi alma.

Pero siempre que llevaba la mano a la panza y sentía una patadita de mi niña, una fuerza sobrenatural se apoderaba de mí. Necesitaba seguir adelante por ella.

Por la memoria de mi abuela Lourdes, que me había enseñado a ser fuerte.

​Trabajé hasta el noveno mes, cuando las contracciones finalmente anunciaron que era hora.

​El día del parto, la sala del hospital estaba llena del amor de Júlia y doña Berenice. Júlia me sostenía la mano izquierda con fuerza, y Berenice me secaba el sudor de la frente, susurrándome palabras de aliento.

Pero, en medio de todo aquel dolor y aquella expectativa, mi mente me traicionó. Mirando el techo blanco del hospital, entre una contracción y otra, no pude evitar pensar: ¿Dónde estará él ahora? ¿Se imaginará el padre de mi hija que ella está a punto de nacer?

​Era una pregunta dolorosa, porque ni siquiera recordaba quién era él. Por más que forzara la mente, todo lo que me venía eran destellos inconexos: el calor de un pecho amplio, brazos fuertes que me levantaban del suelo, un perfume amaderado y caro capaz de aturdir, y la sensación de ser tocada con una intensidad que casi me partía en dos.

Pero el rostro de él permanecía borrado, como una fotografía quemada por el sol. No tenía un nombre, una cara, nada. Solo la certeza de que aquella noche realmente había ocurrido.

​Y entonces, el llanto resonó por la sala de parto. Cuando los médicos colocaron aquella bolita roja sobre mi pecho, el mundo exterior simplemente se evaporó. Fue amor a primera vista.

En el segundo en que mis ojos encontraron los de ella, olvidé todos los dolores, todos los pies hinchados, toda la humillación del pasado y el sufrimiento del duelo por mi abuela. Elisa nació. Ahí, mirando los rasgos delicados de mi hija, comprendí que tenía un motivo real para luchar. Ella era el mayor amor del mundo, mi joya más preciada.

​La única sombra que se cernía sobre mi felicidad era el miedo al futuro. Miraba a Elisa en la cuna y una opresión en el pecho surgía cuando pensaba en el día en que ella creciera y preguntara quién era su padre. ¿Qué le voy a decir? ¿Que fue fruto de una noche en la que su madre fue drogada? Esa duda me atormentaba.

Continúa...

Elisa

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