Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.
Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.
En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.
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Episode — 10.
Capítulo 10
El evento terminó cerca de las nueve de la noche; los invitados fueron abandonando el salón uno a uno.
Andrés y Camila caminaban juntos hacia el estacionamiento VIP. Apenas habían dado unos pasos cuando el celular de Andrés sonó; en la pantalla apareció el nombre de su secretario.
—Señor Fuentes, disculpe la molestia. El servidor del sistema financiero acaba de fallar. Ningún módulo de pago a proveedores funciona, y mañana a primera hora hay que procesar transacciones por varios millones de dólares. El equipo de sistemas pide que venga de inmediato.
Andrés se detuvo en seco.
—Voy para allá ahora mismo.
Colgó.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué pasó, Andrés?
—Hay una emergencia en la empresa. Tengo que ir esta noche.
—Entonces te acompaño.
—No —el tono de Andrés fue tajante—. Vete a tu casa con el chofer de tu familia. No sé a qué hora voy a terminar.
Camila se mostró algo decepcionada, pero no insistió.
—Está bien. Ten cuidado, ¿sí?
Andrés asintió brevemente antes de subir a su auto. Sin embargo, el vehículo no tomó rumbo a la oficina. Minutos antes, había visto a Valentina salir del hotel y subirse a un auto de plataforma. Impulsado por algo que ni él mismo supo explicar, le pidió al chofer que siguiera el auto donde viajaba su exesposa.
—Sigue al auto blanco de adelante.
—Sí, señor.
Durante todo el trayecto, la mirada de Andrés no se apartó de aquel vehículo. Media hora después, el auto se detuvo en una zona residencial poblada de casas de alquiler sencillas.
Andrés frunció el ceño.
—¿Aquí vive?
Observó un edificio de dos pisos pintado de color crema, limpio y ordenado, pero incomparablemente más modesto que la residencia de los Fuentes. El pecho se le volvió a comprimir. Antes, Valentina vivía holgadamente a su lado. Ahora, esa mujer había elegido empezar desde cero.
El auto se detuvo justo frente a una de las casas. Valentina bajó con su bolso de trabajo. Apenas había avanzado unos pasos cuando se escuchó la puerta de otro auto abrirse.
—¡Vale!
Valentina se giró. Su rostro se vació de expresión al instante.
Andrés caminó a toda prisa hacia ella. Sin pedir permiso, le sujetó la muñeca.
—Vale… necesito hablar contigo. Quieras o no, hasta que el juez dicte sentencia en el tribunal de familia, legalmente seguimos casados.
El tono de Andrés sonó apremiante. Valentina intentó zafarse de inmediato.
—¡Suéltame!
—Solo quiero hablar.
—¡Que me sueltes, te dije!
Andrés apretó el agarre. Valentina lo miró con una frialdad acerada.
—Cuando decidiste divorciarte y presentaste la demanda, nuestra relación terminó. Solo falta que el proceso legal se cierre. Así que no vuelvas a tocarme sin mi consentimiento.
La frase le endureció el rostro a Andrés.
—Vale… no seas así.
—Eso debería decirlo yo —la mirada de Valentina no flaqueó—. El que pidió el divorcio… fuiste tú. El que eligió a otra mujer… también fuiste tú. Así que no vengas ahora como si yo fuera la que se alejó.
Andrés se frotó la cara con desesperación.
—Vale… escúchame primero.
—Ya escuché bastantes razones tuyas.
—No —la voz de Andrés empezó a quebrarse—. Hay algo que tienes que saber.
Valentina calló.
Andrés tomó aire antes de hablar.
—Te pedí el divorcio porque Camila me presionó. Ella quería que su estatus fuera oficial. Quería casarse conmigo cuanto antes para que la alianza empresarial con su familia avanzara. Tú entiendes mi posición; todo esto fue por el futuro de la empresa.
Valentina lo observó sin parpadear. Pero lo que sentía ya no era tristeza. Era asco.
—Por eso… encontré una solución —Andrés continuó sin notar el cambio en la expresión de Valentina.
—¿Cuál?
—Seguimos adelante con el divorcio, como quiere Camila. Después, me caso con ella de manera oficial. Y luego… —la voz de Andrés se aceleró; le tomó la mano con más fuerza—. Después me caso contigo en secreto. Serías mi esposa en lo privado, una relación sin papeles, sin registro, pero juntos. Te prometo que te seguiré queriendo como antes.
Durante unos segundos, Valentina se quedó literalmente sin palabras. Contempló el rostro del hombre que durante siete años había sido el centro de su mundo, el hombre que alguna vez juró proteger su dignidad. Y esa noche, ese mismo hombre le pedía que se convirtiera en una esposa clandestina. Algo que antes ni siquiera habría concebido.
Valentina soltó el aire despacio y esbozó una sonrisa delgada. Pero esa sonrisa no reflejaba felicidad; destilaba un asco que ya no se molestó en disimular.
—Andrés…
Su voz fue de una calma absoluta.
—¿De verdad te funciona la cabeza todavía?
Andrés se petrificó. Jamás esperó una respuesta así.
—¿Desde cuándo te convertiste en un ser tan bajo?
—Vale, escúchame…
—¡Cállate! Durante siete años te amé sin condiciones. Dejé mi trabajo, vendí la casa que me heredaron mis padres, empeñé todas mis joyas, hasta sacrifiqué mi juventud para acompañarte a construir la empresa.
Las lágrimas empezaron a acumulársele en los ojos; la mirada de Valentina ardía de decepción.
—Pero ahora, después de serme infiel, divorciarte de mí y humillarme delante de todo el mundo… ¿todavía tienes el descaro de pedirme que sea tu esposa secreta? No solo se te murió la conciencia; también se te pudrió la manera de pensar.
—Vale… —el rostro de Andrés se encendió.
—Vete.
—Todavía te amo.
—Si eso es lo que tú llamas amor, me alegro de ya no tenerlo —Valentina respiró hondo—. Nos vemos en el juzgado. Después de eso, no vuelvas a aparecer en mi vida.
Dio la vuelta para entrar a la casa, pero Andrés la sujetó del brazo otra vez, esta vez con mucha más fuerza.
—¡No! ¡No me voy a ir! ¡No estoy dispuesto a perderte! Ven conmigo, nos vamos a un hotel. Al fin y al cabo, todavía somos marido y mujer —la mirada del hombre se volvió desquiciada.
—¡Suéltame! —Valentina forcejeó para liberarse.
—¡No voy a soltarte!
—¡Que me sueltes!
El cuerpo de Andrés era mucho más fuerte. Cuanto más tiraba Valentina, más duro apretaba él. El dolor empezó a extenderse por la muñeca.
Debí haber aprendido defensa personal, pensó Valentina con el pulso desbocado.
En aquella calle cada vez más desierta, siguió empujando el cuerpo de Andrés. Pero la diferencia de fuerza era insalvable.
Alguien llegó por detrás. Una mano grande jaló a Valentina lejos de Andrés y la liberó del agarre de un solo tirón.
Antes de que Andrés pudiera reaccionar…
Un puñetazo brutal le impactó en el rostro.
—¡Argh! —el cuerpo de Andrés se tambaleó varios pasos; la comisura del labio le reventó al instante. Se llevó la mano a la mejilla y clavó la mirada, llena de furia, en el hombre que acababa de golpearlo—. ¡Maldita sea! ¿Quién demonios…?
La frase se le cortó en seco. Los ojos se le transformaron. El hombre que tenía enfrente era… Santiago Valverde.