Perdió su matrimonio, su hogar y su nombre en un solo día… pero el destino le tenía guardado algo mejor: respuestas sobre su origen. Un reencuentro que sanará heridas antiguas, revelará verdades ocultas y le mostrará que el amor verdadero no siempre se elige… a veces te encuentra.
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Capítulo 2: La extraña familiaridad
El ruido de la calle pareció desvanecerse mientras la mujer seguía mirándolo con esos ojos oscuros y llenos de lágrimas. Antonio se quedó inmóvil, con la mano apretada contra el brazo herido, sin entender por qué una desconocida lo miraba como si fuera lo más valioso del mundo.
—Señora, ¿está segura de que se siente bien? —preguntó él, tratando de volver a la realidad—. Necesitamos llamar a un médico. El coche… pudo haberla golpeado.
—No me importa el coche —respondió ella, con voz firme aunque temblorosa—. Lo que me importa eres tú. Dime, Antonio… ¿dónde naciste? ¿Quiénes eran tus padres?
Antonio frunció el ceño, confundido y algo incómodo. Eran preguntas demasiado personales para una desconocida, y temas que él evitaba toda su vida.
—Crecí en el orfanato San José —respondió con tono suave—. No recuerdo a mis padres. No tengo recuerdos de ellos.
La mujer dio un paso más hacia él, llevándose ambas manos al pecho, como si su corazón estuviera a punto de salírsele. Sus ojos se llenaron de un brillo que mezclaba incredulidad y una esperanza tan grande que dolía mirarla.
—¿Nada? ¿Ningún recuerdo? ¿Una voz, un olor, un lugar? —insistió ella, casi suplicando.
—No —respondió él, bajando la mirada—. Solo… silencio. Siempre silencio.
Llegó la ambulancia. Los paramédicos se acercaron rápidamente, preguntando qué había pasado, revisando a ambos. Sofía —como él escuchó que le decían uno de los socorristas— apenas les prestó atención. Dejó que la revisaran, pero sin dejar de mirar a Antonio ni un solo instante. Cuando intentaron curarle el brazo a él, ella habló con autoridad, una voz que no admitía negativas.
—Vamos al hospital. Los dos. Ahora mismo. Yo me encargo de todo.
—No es necesario —empezó a decir Antonio—. Yo puedo…
—Por favor —le interrumpió ella, y en esa palabra había tanta urgencia y tristeza que él no pudo negarse—. Solo un rato. Déjame asegurarme de que estás bien. Te lo ruego.
Así, sin entender cómo, Antonio se encontró sentado en la parte trasera de la ambulancia, junto a aquella mujer que parecía saber algo sobre él que él mismo ignoraba. El trayecto fue silencioso. Ella lo miraba de reojo, como si temiera que si apartaba la vista un segundo, él desaparecería.
Llegaron al hospital privado más exclusivo de la ciudad. No fue la sala de urgencias común, sino un ala privada, donde todo era silencio, alfombras y personal que se inclinaba al verla llegar. Antonio quedó descolocado: él siempre había ido a hospitales públicos, esperando horas en sillas duras, sin nadie que le prestara atención. Aquí, médicos y enfermeras se movían con prontitud, atendiéndolos de inmediato.
Lo sentaron en una habitación amplia, luminosa, con muebles de madera y ventanales enormes. Un médico le limpió y cosió el corte del brazo; Antonio apenas sentía el dolor, tan absorto estaba en todo lo que ocurría. Cuando el profesional salió, cerrando la puerta tras de sí, quedaron solos.
Sofía se sentó frente a él. Sus manos, perfectamente cuidadas, entrelazábanse con fuerza sobre su regazo. Tomó aire, como si fuera a decir algo que llevaba años ensayando.
—Me llamo Sofía del Valle —dijo, y al pronunciar su nombre, Antonio sintió que el nombre le resultaba familiar, aunque no lograba ubicarlo—. Mi familia… es dueña del Grupo Dragón. ¿Te suena?
Antonio abrió mucho los ojos. El Grupo Dragón era el imperio empresarial más grande del país: bancos, cadenas de hoteles, constructoras, medios de comunicación. Su nombre estaba en todas partes. Y la presidenta era Valeria del Valle, una mujer legendaria, poderosa, de la que se decía que nadie la había visto llorar jamás.
—La familia del Grupo Dragón… —susurró él, sin entender qué tenía que ver con él—. ¿Qué quieren conmigo?
—No te asustes, por favor —dijo Sofía, suavizando el tono—. No te voy a hacer daño. Es solo que… desde el instante en que te vi, algo en mí se rompió. Tienes sus ojos. Exactamente los mismos ojos.
—¿De quién? —preguntó Antonio, con el corazón latiéndole con fuerza.
—De mi hermana —respondió ella, y la voz se le quebró—. Valeria. Hace treinta años, le quitaron a su hijo recién nacido. Lo perdió todo. Nunca dejamos de buscarlo. Nunca.
Antonio sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Quería reír, decir que era una locura, que las cosas así no pasan. Pero había algo en la mirada de Sofía, una verdad tan profunda, que le impedía burlarse.
—Señora Sofía… eso es imposible —dijo con suavidad—. Yo soy solo Antonio Fuente. Un empleado sin nada. No puedo ser… el hijo de alguien así.
—¿Fuente? —repitió ella—. Ese no es tu apellido real. Te lo dieron en el orfanato, ¿verdad?
Él asintió, sin palabras.
—Necesito pedirte algo —dijo ella, respirando hondo, como si estuviera a punto de cruzar una línea sin retorno—. ¿Podrías… podrías quitarte la camisa?
Antonio la miró, confundido. La petición era extraña, pero había tanta inocencia y desesperación en ella que no pudo negarse. Desabotonó la camisa lentamente, la dejó a un lado, quedando con el pecho descubierto.
Sofía se puso de pie, temblando. Dio un paso hacia él, y sus ojos se fijaron en su pecho, justo sobre el corazón. Allí, en la piel, había una marca de nacimiento oscura, con forma extraña, que él siempre había considerado una mancha sin importancia: parecía un dragón con las alas extendidas.
Sofía se llevó una mano a la boca, ahogando un grito. Las lágrimas brotaron de golpe, rodando por sus mejillas sin control. Se dejó caer de rodillas frente a él, sollozando sin poder contenerse.
—Es él… —susurró entre llantos—. Es él. Por Dios, por fin lo hemos encontrado.
Antonio se quedó rígido, sin atreverse a moverse, sin saber qué decir. Ver a una mujer tan distinguida llorar así, de rodillas ante él, lo desarmaba por completo.
—Señora, por favor… levántese —le pidió, extendiendo una mano sin saber si tocarla—. No entiendo qué pasa. ¿Esa marca… significa algo?
Sofía se levantó lentamente, secándose las lágrimas con un pañuelo de seda, aunque seguía temblando. Lo miró a los ojos con una intensidad que lo hizo sentir que, por primera vez en su vida, alguien lo veía de verdad.
—Esa marca, Antonio, no es una mancha cualquiera —le explicó con voz suave pero firme—. Es el sello de los del Valle. Solo lo llevan los herederos de sangre. Mi sobrino desapareció con esa misma marca en el pecho. Nadie más la tiene. Nadie.
El mundo de Antonio dio un vuelco. Treinta años de preguntas sin respuesta, de sentirse extraño en todas partes, de creer que no venía de ningún lugar… y ahora, una desconocida le decía que pertenecía a la familia más poderosa del país. Quería que fuera verdad, y al mismo tiempo, el miedo lo paralizaba.
—¿Está segura? —alcanzó a susurrar—. ¿No podría ser… una coincidencia?
—Treinta años esperé una coincidencia —respondió ella, acercándose y poniéndole una mano en el hombro, con un cariño que nunca había recibido—. Y ahora que te tengo frente a mí, sé que no lo es. El destino no comete errores, Antonio. El día que firmaste tu divorcio, el cielo te devolvió lo que te pertenecía.
Antonio cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras se asentaran en su corazón. Por primera vez, la soledad de toda una vida parecía tener un fin. Pero en lo más profundo de su ser, una vocecita le advertía: cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, a menudo lo es.
También saber de su tía que no aparece en la segunda temporada.