Tras ser ignorada y abandonada emocionalmente por Mateo, Lucía queda hecha pedazos. Sin embargo, una noche de desesperación, un encuentro místico con una poderosa bruja cambia el rumbo de su vida. Mediante un poderoso hechizo de amor, Lucía deja atrás a la chica insegura y renace como una mujer magnética, empoderada y peligrosa.
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Capitulo 17
Así transcurrieron los días. Lucía comenzó a verse con frecuencia con Julián, quien desde la primera cita no escatimó en gastos para complacerla y rodearla de lujos. La llevaba de shopping a las boutiques más exclusivas de la ciudad, le regalaba arreglos de rosas rojas casi a diario y disfrutaba comprándole zapatos y vestidos de diseñador, eligiendo cada detalle para que ella luctuosamente deslumbrara a donde quiera que fuesen.
Julián la llamaba continuamente, atento a cada uno de sus movimientos y pendiente de cualquier deseo que ella pudiera expresar. Sin embargo, a pesar de las atenciones y los despliegues de afecto, Lucía no sentía ni una sola pizca de emoción en su interior. Su corazón permanecía sereno, ajeno y helado; todo en ella era una actuación perfecta, calculada con absoluta maestría.
Karina, su amiga y compañera de oficina, observaba abrumada la avalancha de sorpresas, obsequios y detalles con los que Julián colmaba a Lucía. Por momentos, Karina no podía evitar sentir destellos de celos y una profunda envidia sana ante semejante trato, fascinada por cómo la vida de su amiga se había transformado radicalmente.
En la privacidad del departamento de Lucía, Soraides aparecía periódicamente de entre las sombras para guiarla. Con voz suave y pausada, le recordaba las reglas del juego, aconsejándole cómo debía comportarse, cómo administrar la distancia emocional para mantener a Julián completamente hipnotizado y cómo alimentar la necesidad de aprobación en él.
Todo parecía marchar de forma impecable. Lucía disfrutaba del control absoluto sobre la situación y del trato preferencial que recibía sin entregar su libertad ni sus sentimientos a cambio.
Hasta que un día, durante una cena elegante, Julián la sorprendió con una propuesta especial: la invitó a pasar todo un fin de semana en un lujoso hotel boutique a las afueras de la ciudad, un refugio exclusivo pensado para el descanso y el confort total.
Lucía lo miró a los ojos, esbozó una sonrisa magnética e inexpugnable, y aceptó encantadísima la invitación.
Lucía dedicó la mañana a preparar con minucioso detalle la valija para el viaje. Eligió cuidadosamente sus vestidos más elegantes, conjuntos de seda y los zapatos que el propio Julián le había regalado días atrás. Cuando se miró al espejo antes de salir, ajustó el tono de sus labios rojos y esbozó una sonrisa fría; la idea del viaje no le generaba entusiasmo romántico, sino la satisfacción de saberse venerada.
Puntual a la hora acordada, un automóvil de alta gama se detuvo frente al edificio. Julián descendió del vehículo luciendo un traje impecable, la saludó con una ligera inclinación y le besó la mano antes de abrirle la puerta.
—Te ves deslumbrante, Lucía —le dijo él con una admiración genuina en la mirada mientras tomaba el volante.
—Muchas gracias, Julián. Tú también te ves muy bien —respondió ella con esa serenidad ensayada que mantenía a los hombres a su merced.
El trayecto hacia las afueras de la ciudad transcurrió entre música suave y las atenciones constantes de Julián, quien no dejaba de recalcar lo especial que era este fin de semana para él. Al cabo de un par de horas, el coche ingresó por un imponente portón de hierro que daba la bienvenida a un hotel boutique exclusivo, rodeado de jardines perfectamente cuidados y estructuras de arquitectura colonial.
Julián estacionó frente a la entrada principal. Un botones de la recepción caminó a paso firme hacia el baúl del vehículo para hacerse cargo del equipaje. Mientras tanto, Julián rodeó el automóvil y le ofreció la mano a Lucía para ayudarla a descender.
—Bienvenida —dijo él sonriente, guiándola del brazo hacia el elegante vestíbulo de mármol y cristales—. Dejé todo listo en la recepción para que nos entreguen la suite principal inmediatamente.
Lucía caminó a su lado con paso firme y erguido, escuchando el eco distante del repiqueteo de sus tacones sobre el piso brillante. Se detuvieron frente al mostrador de recepción mientras el empleado confirmaba la reserva y les entregaba las llaves electrónicas de la habitación.
—El botones subirá las maletas en un momento —les indicó con amabilidad la recepcionista.
—Excelente, muchas gracias —respondió Julián, girándose hacia Lucía—. Vamos subiendo, querida.
Ambos caminaron hacia el ascensor. Mientras esperaban que las puertas se abrieran, el sonido de un carrito de equipaje sobre el mármol captó la atención de Lucía. Involuntariamente, giró la cabeza hacia un costado para ver al encargado de trasladar sus pertenencias.
El joven vestía el uniforme formal del hotel, con la postura ligeramente inclinada hacia adelante mientras empujaba el carrito con las valijas de marca que Julián le había comprado a Lucía.
Cuando el joven levantó la mirada para ubicar a los huéspedes, sus ojos se cruzaron directamente con los de ella.
Lucía sintió que el aire se detenía en su garganta. Para su absoluta sorpresa, el muchacho que vestía el traje de botones y se encargaría de llevar el equipaje hasta la suite no era ningún extraño.
Era Mateo.