Charlotte Callahan, una brillante científica investigadora, desaparece sin dejar rastro durante una expedición. Lo que debía ser una misión de rutina termina convirtiéndose en el mayor descubrimiento de su vida... y en el más peligroso.
Despertar en un mundo desconocido, donde la naturaleza desafía toda lógica y criaturas imposibles habitan cada rincón, obliga a Charlotte a hacer lo único que sabe hacer: observar, analizar y sobrevivir. Armada únicamente con su conocimiento, una mochila llena de instrumentos científicos y una inquebrantable curiosidad, comienza a documentar cada hallazgo mientras busca desesperadamente una forma de regresar a casa.
Pero cuanto más se adentra en aquel mundo salvaje, más difícil resulta explicar lo que sus propios ojos contemplan... y aún más difícil ignorar al enigmático hombre de alas de fuego que parece observar cada uno de sus pasos desde las alturas.
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EL RASTRO DE LA BESTIA
Capítulo 23
Ari:
El crujido de las hojas secas bajo las botas de Ari era el único sonido que competía con el murmullo distante del río que acababan de dejar atrás. Caminaba unos pasos por detrás de Arkan, manteniendo la vista clavada en la espalda ancha del hombre lobo para evitar mirarlo directamente a la cara.
«No debería seguir pensando en ese beso», se recriminó a sí misma por enésima vez en la última hora, ajustando la correa de su mochila con más fuerza de la necesaria. Pero era imposible. La imagen seguía grabada en su retina: Arkan saliendo del agua, con el pecho agitado, el cabello plateado pegado al rostro y esos ojos grises cargados de un miedo tan genuino por haberla perdido de vista que a ella se le había parado el corazón. Se había visto tan absurdamente atractivo en su desesperación que el impulso la venció antes de que su cerebro scout pudiera meter el freno de mano. Un beso. Un maldito y rápido beso que ahora quemaba en el aire como una mecha encendida.
Lo que más le irritaba de sí misma no era el arrebato —al fin y al cabo, no era ninguna puritana—, sino la mentira cobarde que soltó después.
Haberle dicho con ligereza que «no significaba nada» para cubrirse las espaldas. Había visto la pequeña sombra de dolor cruzar el rostro del lobo antes de que él recuperara su máscara de piedra, y esa culpa le escocía más que las ampollas de los pies.
Ari no había venido a este mundo a romper corazones ni a meterse en el camino de la «hembra misteriosa» que Arkan guardaba en el pecho; había venido a buscar a Charlotte.
Tener un flechazo con un hombre lobo de más de un metro noventa no estaba en el manual de la expedición.
Unos metros más adelante, Arkan avanzaba con la mandíbula apretada y las orejas gachas, fingiendo una concentración absoluta en la ruta que en realidad no sentía.
El olor del jabón biodegradable de Ari aún flotaba en el aire, mezclado con su aroma dulce e inconfundible, pero por dentro el gran lobo era un caos.
Jamás una hembra lo había desarmado con tanta facilidad.
Ari lo divertía, lo irritaba, lo desconcertaba... y ahora, lo había dejado sangrando en el orgullo.
Cuando sus labios rozaron los suyos en la orilla, una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal; sintió el deseo ciego de sujetarla por la cintura, pegarla a su cuerpo y no soltarla. Y que segundos después ella lo descartara como si hubiera sido una simple broma... le dolía.
Cerró los ojos un instante mientras caminaba. Recordó a Elisse. Durante mucho tiempo creyó que lo que sentía por ella era devoción, pero ahora, con la cabeza fría, lo entendía: Elisse lo había tratado con lástima, como a un perro herido al que se le da un pedazo de carne antes de volver a la jaula. Ari no. Ari lo miraba con los ojos abiertos de par en par, con una fascinación pura y sin filtros que lo hacía sentir poderoso, real, visto.
«Dice que no está interesada en nadie», pensó Arkan, soltando un resoplido imperceptible. «Dice que no significó nada». Sin embargo, no pensaba presionarla.
Si algo le había enseñado la vida en la intemperie era a tener paciencia con las criaturas salvajes.
Y esa muchacha de anteojos y mochila cargada de magia de metal era la criatura más indomable que se había cruzado en su camino.
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Habían pasado casi dos semanas desde que dejaron atrás las orillas del río y el eco de aquel beso no deseado.
Catorce días marchando codo a codo bajo el sol y la lluvia, en los que la incomodidad inicial se había ido desgastando lentamente hasta convertirse en una rutina compartida.
Caminaban a través de un denso bosque de hayas, donde los rayos de luz apenas lograban filtrarse entre las copas.
—¡Hemos recorrido tanto y no hay rastros de Charlie! —dijo Ari, de repente, deteniendo el paso un segundo para reajustar las tiras del macuto—. ¿Crees que aún esté viva?
Arkan suspiró, sin dejar de observar el terreno a su alrededor y manteniendo las orejas atentas al menor crujido de la vegetación.
—Es difícil saberlo. Este mundo es absolutamente peligroso como ya has podido ver. Tú tuviste la suerte de encontrarte conmigo antes que con una criatura salvaje, si ella no tuvo esa suerte...
—No... Ella es bastante inteligente... Sé que sigue viva... Es más, estoy segura de que lo está.
—Entonces seguiremos buscando. —Arkan giró la cabeza levemente hacia ella, dedicándole una pequeña sonrisa que suavizó por completo las facciones duras de su rostro.
—¡Oye! ¡Además eres tú quien tuvo la suerte de que yo apareciera y no una criatura salvaje! —rio ella, aligerando el ambiente con ese tono desenfadado que siempre lograba sacarle una chispa de alivio al lobo.
Arkan la observó de reojo. Después del incidente del río, la situación entre ellos había sido algo incómoda al principio; las miradas duraban menos de lo habitual y las pausas para descansar se llenaban de un silencio denso. Pero, con el paso de los días, la personalidad curiosa e impulsiva de la chica constantemente volvía a romper con aquellos incomodos momentos.
—Ibas a aplastar mi cabeza con una roca, yo no diría que tuve tanta suerte.
—¡Pero no lo hice! En cambio te ayudé. Además, tú robaste mi tesoro y gracias a eso caminas en dos pies.
—Cierto... gracias al tesoro que robaste de alguien más!
Ambos se miraron fijamente durante un par de segundos y terminaron soltando una risa compartida que resonó con calidez entre la espesura.
Mientras tanto, algo en la espesura rompió el cómodo momento.
El sonido no fue una rama quebrándose ni el paso pesado de algún animal grande; fue algo mucho más sutil, un roce metálico contra la corteza que erizó el vello de la nuca de Arkan al instante.
Su risa se cortó en seco, transformándose en un gruñido bajo que vibró en su pecho.
La mandíbula de Arkan se apretó con fuerza, y las orejas se le irguieron, móviles y tensas, sobre su cabeza, captando frecuencias que Ari era incapaz de escuchar.
Sus músculos se tensaron, pasando de la postura relajada del caminante a la de un depredador al acecho.
El aire a su alrededor pareció cargarse de electricidad estática.
—Aléjate unos pasos —susurró Arkan, con voz grave y contenida, una orden que no admitía réplica.
Ari parpadeó, desconcertada por el cambio tan drástico en la atmósfera.
El hombre frente a ella ya no era el compañero de viaje que bromeaba sobre robar tesoros; sus garras comenzaban a emerger, largas y afiladas, mientras sus ojos grises se fijaban en un punto oscuro entre los arbustos.
El bosque, que hace unos instantes le había parecido un paisaje tranquilo, de repente le resultó hostil.
El aire se volvió pesado, denso, cargado de una tensión salvaje que hizo vibrar sus propios instintos scouts.
Arkan dio un paso al frente, poniéndose entre Ari y el origen del sonido, un movimiento instintivo que él realizaba sin siquiera pensarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ari, bajando la voz y buscando instintivamente algún arma en su mochila, aunque sabía que, contra lo que fuera que estuviera acechando allí, un simple cuchillo o un taser podrían no ser suficientes.
—Alguien nos sigue —gruñó él, sin apartar la mirada de la espesura—. Y no ha venido a jugar.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el latido desbocado del corazón de la chica.
Algo se movió de nuevo en las sombras, una forma más oscura que la noche que empezaba a caer, y Ari comprendió, con una punzada de terror, que el tiempo de las risas y la calma se había terminado.
El dueño de las gemas no solo los había encontrado; estaba allí, al alcance de la mano.
De verdad, la mente de un científico porque tiende a ser tan compleja a la hora de empatía o ceder en algo a temas del corazón.
Vaya mujer 😔
pq, pobre pichoncito 🐦
su relación con la dra está más enrredada que unos fideos/Frown/
no te podías esperar unos días mas🤭