En los pasillos del Instituto Amanecer, Alexandra es una estudiante dulce, amable con todos y que prefiere la tranquilidad de un buen libro y pasar desapercibida. Por su parte, Santiago es el carismático capitán del equipo de natación, el chico popular de hombros anchos y sonrisa fácil que siempre está rodeado de ruido y amigos. En la vida real, apenas cruzan miradas y sus mundos parecen completamente opuestos.
Pero al caer la noche, todo cambia.
Cuando las pantallas se encienden y se sumergen en el vasto universo de fantasía de su MMORPG favorito, se transforman por completo: ella es Lady Sol, una guerrera feroz, terca e implacable que defiende el frente de batalla con armadura brillante; y él es Sombra22, un mercenario cínico, astuto y bromista que prefiere las sombras y disfruta al máximo sacarla de quicio. Sin saberlo, son el dúo más explosivo y divertido del servidor, compartiendo horas de risas, peleas virtuales y una química innegable a través del chat de voz.
Mientras la ten
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Capítulo 14: Palomitas, salas oscuras y la pista definitiva
Después de aquel trágico y caótico día en el instituto, las chicas y yo regresamos a la habitación compartida con la cabeza a punto de estallar. Apenas cruzamos la puerta, me giré hacia Sofía, Daniela y Gabriela con los brazos cruzados y una expresión de pura incredulidad.
—A ver, necesito que me miren a los ojos y me digan la verdad... ¿Ustedes sabían lo que iba a hacer Vanessa con lo de invitar a todo el mundo? —les pregunté con tono de sospecha.
Las tres se quedaron en silencio un segundo antes de negar rápidamente con la cabeza, asegurando que no tenían ni la más remota idea de los planes descabellados de nuestra amiga.
—Bueno, de todos modos ya no importa... pero díganme una cosa: ¿cómo vamos a caber tantas personas extrañas y conocidos de otros salones en una sola sala de cine? ¡Vamos a armar un escándalo monumental! —exclamé llevándome las manos a la cabeza.
Antes de que alguien pudiera responder, Vanessa salió de repente de la cocina improvisada de la residencia, agitando los brazos con una libreta en mano como si fuera una investigadora profesional.
—A ver, pongan atención que para eso está el cerebro. Ya saqué los cálculos exactos: uniendo las tres secciones del último año —la A1, la B1 y la C1— somos en total exactamente ochenta y nueve alumnos. Y estuve revisando las carteleras, y el cine al que vamos tiene salas cuya capacidad de entrada oscila entre las cien y hasta doscientas cincuenta personas —explicó Vanessa con una sonrisa de absoluta suficiencia, muy orgullosa de su plan.
Todas nos le quedamos viendo fijamente, boquiabiertas y con los ojos como platos ante semejante despliegue de logística escolar.
—Oye, Vane... con todo respeto, ¿de dónde sacaste esa información tan exacta y a esta hora? —le preguntó Gabriela parpadeando varias veces.
Vanessa soltó una carcajada y se acomodó el cabello con elegancia:
—Yo investigo, chicas. No soy una loca que hace las cosas por hacer de repente; todo tiene una estructura y un método.
Aprovechando el impulso organizativo, Vanessa no perdió ni un segundo y creó de inmediato un grupo masivo de WhatsApp que incluía a los tres salones del último año. Su objetivo principal era coordinar la compra adelantada de las entradas para que nadie se quedara sin puesto, y de paso abrir una votación general para decidir democráticamente qué película íbamos a ver todos juntos.
La perspectiva de Santiago
Llegó por fin el esperado sábado. Al despertar, sentí un nudo de nervios en el estómago que no lograba descifrar del todo. Estaba un poco ansioso, aunque intentaba convencerme de que todo iba a salir bien. Durante toda esa semana me había estado escribiendo por WhatsApp con Alexandra gracias al número que me había pasado, pero sentía que la conversación todavía no fluía del todo libre; había algo en los mensajes que se sentía un poco cortante, casi mecánico, como si estuviera a la defensiva. Pese a eso, albergaba la esperanza de que pronto fuéramos, por lo menos, buenos amigos en la vida real.
En ese momento, mientras terminaba de arreglarme frente al espejo, escuché que tocaban la puerta: era Oswaldo, que ya había llegado a buscarme para emprender el camino hacia el punto de reunión acordado con el resto del instituto.
—Apúrate, hombre, que el autobús no nos va a esperar —me gritó Oswaldo desde la sala mientras yo terminaba de guardar el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
De vuelta con Alexandra
Por mi parte, ya nos encontrábamos en el centro comercial esperando a que llegara el grueso del grupo y los chicos de las demás secciones para entrar a ver la película de acción que había ganado la votación. Mientras el mar de gente se arremolinaba frente a las dulcerías, se me ocurrió sacar el teléfono para escribirle un mensaje rápido a Sombra22, solo para ver en qué andaba:
—¿Qué haces? —le mandé.
La respuesta de su parte no tardó casi nada:
—Nada ahorita. Estoy con mi amigo camino a una salida, ¿y tú?
—Yo estoy aquí, esperando a que lleguen unos cuantos compañeros de mi salón para ir al cine.
—¡Ah, mira qué coincidencia! Seguro que llegan pronto, no te preocupes. Bueno, te dejo un momento porque me voy a montar en el metro —leí en su última respuesta.
Apague la pantalla del celular justo en el instante en que vi cómo empezaban a llegar en masa todos mis compañeros de clase. Tuvimos que esperar una hora más de lo previsto en el lobby, ya que eran la 1:30 de la tarde y la función estelar estaba programada para iniciar a las 3:00 en punto. Entre carreras, discusiones por las palomitas y la repartición de los boletos, logramos entrar a la sala oscura.
Todos ya sabían cuáles eran nuestros puestos asignados según la lista de Vanessa. Sin embargo, en medio del desorden para acomodarnos, vi cómo varios compañeros de mi propio salón se sentaron justo en las filas de adelante de la mía, bloqueando un poco mi visibilidad.
La película dio inicio entre explosiones y efectos especiales. Pasados los primeros treinta minutos, me aburrí muchísimo. La trama era sumamente cliché y predecible; la verdad, sentía que las misiones y las historias de los videojuegos a los que jugábamos con el clan eran infinitamente más interesantes que esa superproducción de Hollywood.
Sintiéndome agobiada por el tedio de la sala oscura y el ruido de las bocinas, saqué el teléfono disimuladamente y le escribí de nuevo a Sombra22:
—Estoy aburridaaa...
El chat parpadeó casi al instante con su réplica:
—No te aburras, 🙄... ¿Por qué estás aburrida?
—Es que vine al cine con el grupo del instituto y la película de verdad no me gusta nada. Está aburridísima.
—Vaya casualidad... Yo también estoy en el cine —respondió él.
Cuando leí esas palabras, me coloqué en alerta máxima de inmediato. Mi cerebro hizo clic y un escalofrío recorrió mi espalda. Levanté la mirada de la pantalla iluminada del celular y comencé a escanear a toda la gente sentada a mi alrededor y en las filas delanteras, intentando descubrir si alguien sostenía un teléfono con la pantalla encendida que coincidiera con la distancia, pero no logré ver a nadie sospechoso a simple vista. Decidida a salir de dudas, le escribí con el corazón latiéndome a mil por hora:
—¿Qué película estás viendo tú, exactamente?
Justo en el preciso instante en que envié el mensaje, alcancé a escuchar un sonido muy peculiar: un tono de notificación idéntico a un "ping" que provenía de uno de los asientos ubicados unas cuantas filas más adelante de la mía.
Intrigada, enfoqué la vista en esa dirección y vi cómo un chico de espaldas, con una chaqueta oscura, sacaba el teléfono del bolsillo y revisaba la pantalla. A los pocos segundos, reconocí su perfil al girarse ligeramente: ¡era Santiago!
¿Sería realmente él? ¿El mismo chico con el que competía y discutía en el MMORPG era el que estaba sentado a solo unos metros de distancia en el mismo cine?
Para comprobarlo de una vez por todas, le escribí con los dedos temblando:
—A ver si es verdad... dime qué estás viendo.
Santiago leyó el mensaje en su teléfono, y alcancé a ver perfectamente cómo una sonrisa divertida se dibujaba en su rostro mientras tecleaba su respuesta. A los dos segundos, mi celular vibró:
—No te voy a decir nada. Es un misterio, ¡jajaja!
Al verlo sonreír de esa manera tan característica mientras miraba el aparato, las primeras y definitivas dudas se transformaron en una certeza aplastante en mi cabeza. Las piezas por fin empezaban a encajar a la perfección.