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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.3k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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La muerte y la verdad que llegó demasiado tarde

El dolor de Apolo creció hasta convertirse en algo que ya no cabía en su cuerpo. Se retorcía, apretándose el pecho, con la respiración entrecortada y agonizante, y cada jadeo era un reproche silencioso dirigido a ella. Perséfone seguía arrodillada, inmóvil, sin poder apartar la vista, con el alma destrozada por la impotencia. Quería ayudarlo. Quería sanarlo. Pero cada vez que intentaba acercarse, Afrodita la empujaba hacia atrás, gritando que lo terminaría de matar, y él… él le creía.

—Aléjate —jadeó Apolo, y su voz estaba cargada de un asco que la quemaba viva—. No quiero… ver tu cara… nunca más.

—Apolo, por favor… déjame probar la infusión… déjame buscar el antídoto… yo sé qué es… —suplicó ella, con la voz rota, arrastrándose un poco más hacia él.

—¡Dije que te alejaras! —rugió él, y la furia lo consumió tanto como el veneno. Se puso de pie con un esfuerzo sobrehumano, temblando de pies a cabeza, con los ojos inyectados en sangre, y levantó la mano. No fue un golpe como los anteriores. No fue un arrebato. Fue algo deliberado, final, definitivo. Su poder dorado se concentró en su palma, una luz cegadora y destructiva, dirigida hacia ella con toda la fuerza de un dios ofendido.

—¡Muere! —gritó—. ¡Muere y llévate tu veneno contigo!

Perséfone no se movió. No levantó las manos para protegerse. No invocó ningún poder. Solo lo miró a los ojos, con una tristeza infinita, y susurró, justo antes de que el rayo la alcanzara:

—Te amé más de lo que te amaste a ti mismo. Y eso… fue mi error.

El impacto la levantó del suelo y la lanzó contra la pared de piedra con una violencia terrible. El sonido de su cuerpo golpeando la roca fue seco, final. Cayó al suelo sin fuerza, convertida en algo frágil y roto, y la luz se le escapó de los ojos, apagándose para siempre. No hubo grito. No hubo último aliento. Solo silencio. Un silencio que llenó toda la sala, pesado y sangriento.

Apolo quedó de pie, con la mano aún extendida, temblando. La furia se le fue apagando poco a poco, reemplazada por un vacío frío y repentino. Miró su cuerpo inerte en el suelo, su túnica desgarrada, el cabello cubriéndole el rostro, y por primera vez en mucho tiempo… no sintió alivio. Sintió un hueco en el pecho, un hueco que no debería estar ahí.

Afrodita soltó un grito de horror, pero no de dolor por ella. De alivio disfrazado de espanto.

—¡Lo hiciste! —exclamó, llevándose las manos a la boca—. ¡La mataste! ¡Por fin se acabó su maldad!

Pero Apolo no la escuchaba. El veneno seguía actuando, y la debilidad lo estaba venciendo, pero algo más fuerte que el dolor lo llamaba hacia el cuerpo de ella. Dio un paso, luego otro, tambaleándose, hasta llegar a donde yacía. Se arrodilló con dificultad y, con manos temblorosas, le apartó el cabello del rostro.

La vio. La vio de verdad. Sin ira, sin celos, sin comparaciones. Vio la expresión de despedida, la ausencia de rencor, la tristeza eterna en sus ojos ya sin vida. Y entonces, algo se rompió dentro de él. Algo que había estado dormido todo este tiempo despertó con una violencia devastadora.

—Perséfone… —susurró, su nombre saliéndole por primera vez con ternura, con respeto, con el terror de quien acaba de comprender que ha destruido lo único que le daba sentido a todo.

Su mirada cayó sobre sus manos. Las manos que siempre preparaban sus infusiones. Las manos que lo sanaban cuando nadie más podía. Las manos que ahora estaban frías y quietas. Y entonces, vio algo que lo heló hasta los huesos: en el suelo, cerca de la jarra rota, había restos de la hierba que ella siempre usaba para aliviar el pecho… y una flor pequeña y brillante que él no reconoció, una flor venenosa que nunca había visto en sus jardines, mezclada entre los pedazos de cerámica.

Una flor que Afrodita cultivaba en secreto en su propio santuario.

El horror lo golpeó con más fuerza que cualquier veneno. Se giró lentamente hacia ella, hacia Afrodita, que seguía de pie, con la mano aún en la boca, observando todo con una calma que ya no se molestaba en ocultar.

—Tú… —susurró él, y la voz se le quebró—. Fuiste tú. Tú pusiste el veneno. Y la culpaste a ella.

Afrodita soltó una risa seca, sin alegría, sin miedo. Ya no necesitaba fingir.

—Y me creíste a mí antes que a ella —dijo con frialdad—. La odiaste sin dudar. La mataste sin pensarlo dos veces. ¿Y ahora? ¿Ahora te arrepientes? Demasiado tarde, mi amor. Demasiado para los dos.

—¿Por qué? —gritó él, desgarrado, señalando el cuerpo de Perséfone—. ¡Ella no te hizo nada! ¡Solo te amaba!

—Porque tú la mirabas cuando creías que no veía —respondió ella con veneno—. Porque ella te conocía mejor que yo. Porque cuando te enfermabas, ella te sanaba y yo no podía. Y yo no comparto. Ni siquiera con su sombra. Así que la eliminé. Y tú… tú fuiste mi mano. Tú la mataste. No yo. Tú.

Esas palabras fueron el golpe final. Apolo cayó de rodillas, sollozando, un sonido roto y desgarrador que nunca nadie había escuchado del dios del sol. Abrazó el cuerpo frío de Perséfone, la apretó contra su pecho como si pudiera devolverle el calor, como si pudiera deshacer lo que sus manos habían hecho.

—Perdóname… perdóname, mi flor… mi vida… —repetía una y otra vez, besando su frente, sus manos, sus labios—. No sabía… no vi… fui ciego… fui estúpido… te maté… te maté y yo era el que debía morir…

El veneno avanzaba rápido ahora, y él lo sintió llegar, y no luchó contra él. No quiso curarse. No quiso vivir. Si ella no estaba, no había luz, no había sol, no había nada. Y mientras la vida se le escapaba, la sostuvo entre sus brazos, llorando por la única persona que lo había amado de verdad, a la que él había destruido con sus propias manos, cegado por una mentira que quiso creer.

—Te seguiré… —susurró contra su cabello—. Donde estés… te seguiré… y te pediré perdón por toda la eternidad…

Y murió. No por el veneno, sino por el arrepentimiento que llegó un segundo demasiado tarde. Dos cuerpos, uno al lado del otro, unidos por una traición y por una estupidez que no tuvieron perdón. Y en el Olimpo, el sol se apagó durante tres días, como si el mundo entero llorara a la diosa que había sido destruida por el amor que dio sin medida.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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