Valentina Montenegro a sus 27 años creyó que lo tenía todo: un matrimonio estable, una familia influyente y un futuro junto al hombre que amaba.
Durante siete años permaneció al lado de Leonardo de la Vega, soportando silencios, ausencias y un secreto que decidió cargar sola por amor, hasta que una noche descubrió que su esposo llevaba años compartiendo su vida con otra mujer.
Y entonces apareció él....
Alexander de la Vega, el tío de su esposo, un hombre diez años mayor a ella, que siempre permanecía en las sombras de la familia, el único que vio su dolor cuando todos los demás miraban hacia otro lado.
Lo que comenzó como consuelo se convirtió en una amistad peligrosa y lo que jamás debió ocurrir terminó cambiando sus vidas para siempre, porque mientras Leonardo cree que tiene el control de la herencia y de mi vida, él no tiene idea de que en este tablero de traición, dinero y poder... su propio tío ya se quedó con la corona, y con la mujer que él nunca supo valorar.
NovelToon tiene autorización de LunaBella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4 "La junta empresarial"
Al día siguiente, la luz de la mañana iluminaba de manera implacable la sala de juntas del último piso.
El diseño de la habitación, con paredes de cristal y una enorme mesa de mármol negro, reflejaba la frialdad del imperio familiar de los De la Vega, era un lugar diseñado para aplastar competidores, no para albergar lazos de sangre. Alexander ya se encontraba sentado al extremo de la mesa, revisando los últimos gastos de la empresa en su tableta. A su izquierda, Julián, el director financiero, organizaba un par de carpetas.
La puerta de cristal se abrió con un zumbido electrónico y Leonardo entró a la sala, vestía un traje gris impecable caminando con la barbilla en alto y una sonrisa de suficiencia que pretendía proyectar seguridad, el cansancio de la noche anterior, tras la tensa llamada de Valeria en el balcón del restaurante, parecía haber desaparecido.
—Buenos días, Julián y tío Alexander —saludó en voz alta, buscando dominar el espacio y dibujando una sonrisa cargada de dobles intenciones— Lamento la demora, anoche estuve festejando mi aniversario con Valentina... y bueno, comprenderán que nos dormimos bastante cansados.
Leonardo soltó una pequeña risa, acomodándose los puños de la camisa, lo hacía a propósito, sabía perfectamente que su tío era un soltero empedernido, un hombre enfocado únicamente en el trabajo que no tenía una esposa ni una pareja oficial a quien presumir. Para Leonardo, restregarle su "matrimonio perfecto y apasionado" era la forma ideal de demostrarle que él sí era el hombre de familia estable que el abuelo Augusto quería como próximo CEO de la compañía.
Julián, al escuchar el comentario, desvió la mirada hacia su laptop, conteniendo la respiración ante la audacia del sobrino.
Alexander, sin embargo, levantó lentamente la vista de su pantalla y clavó sus ojos oscuros en Leonardo, una chispa de fría diversión cruzó por sus pupilas. Él sabía perfectamente que la única razón por la que Valentina se había dormido "cansada" era por el desgaste mental de soportar a su sobrino mientras le texteaba a él desde la mesa.
—El tiempo en esta empresa es dinero sobrino, asegúrate de que tus celebraciones nocturnas no te estén costando la lucidez en el día —respondió, su voz pausada cortó el aire como un bisturí— Aunque me alegra saber que le dedicas tanto empeño a tu matrimonio, el problema con los festejos apresurados es que a veces uno celebra victorias que ya no le pertenecen.
Leonardo frunció el ceño ligeramente, perdiendo un poco de su sonrisa.
—¿Qué quieres decir con eso, tío?
—A los negocios, por supuesto —replicó, entrelazando sus dedos sobre la mesa— En una negociación, si te confías demasiado creyendo que tienes el trato asegurado solo porque la otra parte te sonríe, terminas perdiendo el control—finalizó con voz firme—Un hombre inteligente nunca asume que lo que tiene hoy estará ahí mañana, si no sabe cómo cuidarlo.
Leonardo tomó asiento en el lugar principal que le correspondía a su división, intentando recuperar la compostura, pero el golpe de su tío ya se había sembrado en su orgullo. Al acomodarse, apoyó los brazos sobre el mármol negro de la mesa y estiró los puños de su camisa. En sus muñecas brillaron unas mancuernillas de plata envejecida con el escudo de armas de la familia.
Alexander clavó sus ojos en esas joyas, sus pupilas se dilataron sutilmente, esas mancuernillas habían pertenecido a Eduardo, su hermano mayor, el primogénito perfecto.
Al ver a su sobrino imitar los gestos del hombre que solía liderar la compañía, la mente de Alexander fue arrastrada hacia el pasado, cruzando el océano hacia los recuerdos que había intentado enterrar.
Años atrás...
Alexander a sus 32 años nunca quiso el trono, Eduardo, quince años mayor que él, había sido educado desde la cuna para ser el heredero indiscutible de Augusto de la Vega.
El hermano mayor cargaba con todo el peso del imperio familiar, mientras Alexander el hermano menor, había crecido con la bendición de la libertad; trabajaba para la empresa, sí, pero en la sede internacional de Londres, ahí vivía tranquilo, pintando su propio camino, disfrutando de una vida sin las presiones ni las puñaladas por la espalda de la alta sociedad, no le interesaba la presidencia, prefería la paz del anonimato en el extranjero.
Hasta la noche del accidente, la llamada telefónica de su madre, destrozó su mundo en un segundo, Eduardo había muerto en un repentino accidente automovilístico; el coche se había salido de la carretera en una curva cerrada porque los frenos no respondieron, Augusto quedó devastado y el imperio que tanto les había costado construir comenzó a tambalearse ante la falta de un líder.
Por deber, por proteger a su padre y su legado, Alexander tuvo que renunciar a su libertad en Londres, tuvo que empacar sus cosas, abordar un avión de regreso y ponerse, por primera vez, en los zapatos de su hermano, regresó por obligación.
Fin del flashback
Sin embargo, al parpadear y regresar al presente, Alexander miró las mancuernillas de su sobrino y supo que las cosas habían cambiado, ya no estaba ahí solo por el pasado de Eduardo, ahora se quedaría por el futuro, se quedaría por Valentina.
—Bien, empecemos con los números —anunció Julián, carraspeando para romper la tensión flotante.
— Los informes de tu departamento, Leonardo muestran pérdidas, el gran proyecto del norte está estancado y los inversionistas están dudando, estás gastando más de lo que ganas.
—Es un problema temporal Julián, los inversionistas extranjeros tuvieron algunas dudas menores, pero les aseguré que todo está bajo control, además, mi matrimonio con Valentina es nuestra mejor carta de presentación—contestó reclinandose en su silla mientras cruzaba los brazos con tranquilidad —el control del proyecto sigue siendo mío.
—El control es una fantasía muy peligrosa, sobrino —intervino su tío, con una sonrisa a medias— Un líder mediocre asume que las cosas más valiosas le pertenecen para siempre y no se da cuenta de que está perdiendo terreno, hasta que se despierta una mañana y descubre que otra persona, ya se ha quedado con todo.
Leonardo apretó los puños, sintiendo el aguijón de las palabras de su tío, pero interpretándolo como una crítica a su trabajo.
—Sé perfectamente cómo proteger lo que es mío, no voy a perder la oportunidad de ocupar la presidencia de esta empresa.
Julián bajó la mirada, mordiéndose el interior de la mejilla para evitar que una sonrisa delatara su conocimiento de la situación, si Leonardo supiera que el "activo" al que se refería Alexander no era un edificio, sino la mujer que dormía en su propia cama, probablemente la oficina se habría teñido de sangre.
—Me alegra escuchar tanta confianza —concluyó Alexander, poniéndose de pie con elegancia, se abotonó la chaqueta del traje, terminando la reunión de golpe— Pero demuéstralo arreglando esos números el próximo mes, porque si mi padre se da cuenta, no habrá "matrimonio perfecto" en el mundo que te salve de que te quitemos el puesto.
La junta terminó, Alexander caminó hacia la salida sin mirar atrás, Julián recogió sus carpetas a toda prisa y lo siguió, dejando a Leonardo solo en la sala, masticando su rabia, sin sospechar que el tiempo de su reinado estaba trágicamente contado.