Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
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Capítulo 11: El precio de la verdad
El sol apenas empezaba a asomar cuando llegué al gimnasio. Las puertas estaban abiertas de par en par, como si alguien hubiera olvidado cerrarlas la noche anterior. Al entrar, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana. En el centro del suelo, perfectamente doblado, estaba el uniforme de Mara, con sus cintas azules y su número bordado. Y encima, una nota escrita con una caligrafía que conocía demasiado bien: «La verdad cuesta cara. ¿Estás dispuesta a pagarla?»
El corazón se me detuvo. Corrí hacia los vestuarios, hacia la oficina, hacia cualquier rincón donde pudiera estar ella. No había rastro de Mara. Llegaron los demás minutos después, y cuando vieron la nota y el uniforme, el silencio que cayó sobre el gimnasio fue pesado, cargado de temor.
—No puede ser —susurró Zoe, tomando la nota con manos temblorosas—. No puede dejar de venir solo por esto. No es su estilo.
—Lila fue a su casa —dije, recogiendo el uniforme—. Sé que lo hizo. Le prometió proteger a su familia si callaba, y ahora que habló… ahora que rompió el trato, va a cumplir su amenaza. Tenemos que ir. Ahora.
Corrimos todos hacia la casa de Mara, un pequeño edificio de ladrillo en las afueras del barrio. Al llegar, la puerta estaba entreabierta. Adentro, el caos reinaba: muebles desplazados, cajones tirados por el suelo, fotografías rotas sobre la mesa. En la cocina, la señora Díaz, la madre de Mara, estaba sentada en una silla, con la cara entre las manos, llorando sin ruido. Al vernos, levantó la vista, con los ojos hinchados y rojos.
—Se la llevaron —dijo, con la voz quebrada—. Vinieron dos hombres, mostraron una orden y se llevaron a Javier, su hermano. Dijeron que era por cargas pendientes, pero… sé que fue ella. La chica del uniforme rojo. Estuvo aquí ayer, preguntó por él, lo amenazó. Y hoy… hoy se lo llevaron.
Sentí que el mundo se me venía encima. Era exactamente lo que Mara temía. Exactamente lo que Lila había prometido hacer si hablaba. No era una amenaza vacía. Era una sentencia.
—¿Dónde está Mara? —pregunté, con voz firme, aunque por dentro todo temblaba.
—Fue con ellos —respondió su madre—. Dijo que si se entregaba, si volvía a hacer lo que ella le pidiera, soltarían a su hermano. Se fue con la cabeza baja, como si ya no tuviera fuerzas. Me dijo que no la buscara, que era demasiado tarde.
Salí de la casa con los puños apretados hasta que me dolieron los nudillos. La rabia me quemaba por dentro, más fuerte que nunca. Lila no solo había destruido mi vida una vez. Ahora estaba destruyendo la de Mara, la de su familia, sin ningún remordimiento. No tenía límites. Y mientras la dejáramos actuar así, seguiría destruyendo a cuantos se interpusieran en su camino.
—No vamos a dejarla sola —dije, mirando a mi equipo, que me esperaba con expresiones de furia y determinación—. No vamos a dejar que pague ella el precio de nuestra cobardía. Lila quiere que volvamos a callar. Quiere que tengamos miedo. Pero si nos callamos, Javier no volverá. Y Mara estará prisionera de ella para siempre. No podemos permitirlo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lucas, con los ojos brillantes de ira—. ¿Vamos a Westford y la obligamos a confesar?
—No así —respondí—. Si vamos sin pruebas, nos culparán a nosotros. Ella tiene el poder, el dinero, los contactos. Pero nosotras tenemos algo que ella no tiene: la verdad. Y la verdad, cuando se dice en voz alta, no se puede callar. Hoy nos reunimos con el director deportivo. Hoy presentamos todo lo que tenemos: los documentos, los registros, el testimonio de Mara, las fotos, la grabación de las cámaras. Y no nos vamos a ir hasta que escuchen.
Esa tarde, llegamos a las oficinas del Consejo Deportivo Estatal. Estábamos todos: Zoe, Lucas, Julián —que vino desde Westford para apoyarnos—, y yo. Llevábamos la carpeta con todas las pruebas, organizadas, numeradas, listas para ser examinadas. Nos hicieron esperar dos horas en una sala fría, con sillas de plástico y una ventana que daba a un muro de ladrillo. Cuando por fin nos dejaron pasar, el director, un hombre de rostro serio y mirada escéptica, nos miró como si fuéramos niños inventando historias.
—Esto son acusaciones muy graves —dijo, pasando las hojas sin apenas leerlas—. Están hablando de la capitana del equipo campeón y del entrenador más reconocido del estado. Necesitan pruebas mucho más sólidas que papeles sin firmar y rumores.
—No son rumores —dije, con voz tranquila pero firme—. Son registros bancarios, contratos falsos, pagos a personas que no existen. Y además, tenemos el testimonio de una chica que fue chantajeada para sabotear a su propio equipo. Su nombre es Mara Díaz. Ella confirmará todo. Solo tiene que llamarla.
El director dudó. Pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. Entró el entrenador Márquez, seguido de Lila. Ambos iban impecables, serenos, como si nada hubiera pasado. El entrenador me miró con esa frialdad que ya conocía, y Lila… Lila me miró con una sonrisa triunfal, cruel, la misma sonrisa que vi antes de caer por las escaleras.
—Veo que ya han empezado a difundir mentiras —dijo el entrenador, con voz calma, como si estuviera hablando del clima—. Es una lástima. La chica Díaz ya ha presentado una declaración diciendo que todo fue idea suya, que ustedes la presionaron para inventar acusaciones falsas y que se arrepiente profundamente.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Mara vino esta mañana —intervino Lila, con voz suave, venenosa—. Confesó que ustedes la obligaron a mentir. Dijo que la amenazaron con echarla del equipo si no los ayudaba a destruirnos. Así que, como ven… sus pruebas no valen nada. Porque su testigo ya no está de su lado.
—¿Qué le hiciste? —le espeté, dando un paso hacia ella.
—Nada que ella no eligiera —respondió, sin apartar la mirada—. Eligió a su hermano por encima de ustedes. ¿No harías lo mismo por los tuyos?
El director cerró la carpeta con un golpe seco.
—Esto queda claro. Las acusaciones son falsas. Les prohíbo acercarse a Westford, al equipo ni a sus integrantes. Si vuelven a intentar difamar a nadie, tomaré medidas legales. Retírense.
Salimos de allí con el corazón destrozado, con la sensación de haber perdido todo. No solo nos habían rechazado. Mara nos había traicionado. No porque quisiera, sino porque la obligaron. Porque la habían acorralado hasta que no le quedó otra opción. Y eso dolía más que cualquier derrota.
Caminábamos por la calle, sin rumbo, en silencio, cuando el celular de Zoe sonó. Era un mensaje de un número desconocido, con una foto adjunta: Mara, sentada en un banco, con la cabeza entre las manos, y junto a ella, un papel con una dirección y una hora. El mensaje decía: «No me odien. No tuve opción. Vengan a las 8. Solo ustedes. Si vienen con alguien más, nunca sabrán la verdad».
Levanté la vista y miré a los demás.
—No nos traicionó —dije—. Nos está llamando. Nos está dando una oportunidad.
—¿Y si es una trampa? —preguntó Lucas, con desconfianza.
—Probablemente lo sea —admití—. Pero vamos a ir. Porque si no vamos, la perdemos para siempre. Y esta vez, no iremos solos. Iremos preparados. Y esta vez, no dejaremos que nadie la use.