Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 16
La cena transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el ruido de los cubiertos y las conversaciones ajenas de las mesas vecinas. Vicent no apartaba la vista de ellos: Aarón apenas la miraba, le pasaba la copa de vino sin preguntar si quería, le ordenaba en voz baja que se arreglara el cuello del vestido o que sonriera más fuerte, como si ella no fuera más que un adorno que debía lucir bien.
—¿Te has vuelto sorda? —le dijo Aarón de repente, con tono cortante, cuando ella tardó unos segundos en beber lo que él le había servido—. Te dije que termines la copa. No me gusta que dejes las cosas a medias.
—No… no me sienta bien el vino —respondió ella bajito, con la mirada fija en el plato—. Me duele la cabeza. ¿Podría dejarlo?
—Podrías —replicó él, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Pero no vas a hacerlo. No me des excusas. Obedece.
Antonia tragó saliva y bebió de un solo trago, haciendo un esfuerzo por no toser. Aarón asintió con aprobación, como si acabara de dar una lección a un perro, y volvió a hablar de negocios con el hombre de al lado, olvidándola al instante.
Vicent sintió que el estómago se le revolvía. Se inclinó hacia Aarón, bajando la voz para que nadie más oyera:
—¿Es necesario tratarla así? Delante de todos, además. Parece que disfrutas humillándola.
Aarón soltó una risa seca, sin dejar de mirar a su interlocutor.
—No la trato mal. Le enseño su lugar. Tú eres demasiado blando, Vicent. Crees que la bondad sirve para algo. Con ella solo funciona el control. Si la suelto un segundo, se me escapa. Y no puedo permitirlo.
—¿O se te escapa… o te da miedo ver que ella no es lo que tú crees? —le soltó Vicent, ya sin poder contenerse—. La vi temblar cuando le gritaste. No te mira con amor, Aarón. Te mira con terror absoluto. ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo?
Aarón se giró hacia él de golpe, con los ojos brillando de una ira oscura que Vicent no reconoció.
—No te metas en lo que no entiendes. Yo sé lo que hago. Sé que si dejo de apretar, todo se derrumba. Ella es mía. Y si tengo que romperla para que se quede conmigo, lo haré. Sin dudarlo.
Esas palabras cayeron sobre Vicent como un balde de agua helada. Miró a Antonia: estaba sentada rígida, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos, mirando al vacío como si su alma hubiera abandonado su cuerpo. Y entonces comprendió la verdad terrible: su mejor amigo ya no estaba allí. Ese hombre que tenía enfrente estaba consumido por una oscuridad que no conocía límites, una obsesión que no solo destruiría a la muchacha inocente que tenía al lado… sino que también lo arrastraría a él hasta el fondo.
Cuando terminaron la cena y se quedaron solos en el coche, Vicent habló con voz grave, sin rastro de la amistad de antes:
—Te estás perdiendo, Aarón. Te estás convirtiendo en alguien que no quiero conocer. Y si sigues así, no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos.
Aarón miró por la ventana, sin inmutarse.
—No necesito que me salves. Solo necesito que te calles. Y si no puedes hacerlo… aléjate. Porque no voy a soltarla. Ni por ti, ni por nadie.
Vicent cerró los ojos y suspiró. Sabía que la brecha entre ellos ya era infranqueable. Y sabía también que ahora era él quien tendría que decidir: mirar hacia otro lado… o enfrentar al monstruo en el que se había convertido su amigo.
Antonia se atragantó levemente con el vino, y una gota roja se derramó sobre el borde de su labio. Al instante, Aarón sacó un pañuelo y se lo pasó con brusquedad, casi frotando su piel hasta hacerle daño, sin dejar de mostrar su desaprobación.
—¿Ni siquiera sabes beber sin ensuciarte? —le siseó entre dientes, lo suficientemente alto para que los vecinos de mesa giraran la cabeza—. Pareces una niña pequeña que no sabe comportarse. ¿Te cuesta tanto hacer lo mínimo que te pido?
Vicent vio cómo las mejillas de la joven se encendían de vergüenza, cómo bajaba la mirada hasta el plato y se encogía sobre sí misma, deseando desaparecer. No pudo aguantar más y puso una mano sobre el brazo de Aarón para detenerlo.
—Basta —dijo con voz firme, quebrada por la decepción—. Basta ya, por favor. ¿Qué te ha hecho ella para merecer que la trates como si fuera basura? Antes eras duro, sí, pero nunca cruel por placer. Ahora… disfrutas humillándola.
Aarón se sacudió su mano con un movimiento brusco, como si el contacto le quemara. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, estaban ahora nublados por una furia irracional.
—No entiendes nada —replicó él, golpeando la mesa con el puño cerrado—. Si soy duro es porque ella lo necesita. Si la trato así es para que no se le suban los humos a la cabeza. ¿Crees que quiero verla sufrir? Es la única forma de mantenerla a mi lado. Si le muestro un poco de cariño, se creerá con derecho a pedir más, a querer irse. Y no puedo permitirlo.
—¿Mantenerla a tu lado por miedo? —Vicent negó con la cabeza, sintiendo cómo se rompía algo dentro de él—. Eso no es tenerla, Aarón. Es tenerla prisionera. ¿No ves que su mirada está vacía? Que ya no brilla? La estás matando poco a poco, y ni siquiera te das cuenta.
—Prefiero que esté viva y conmigo, aunque no brille, a que brille y esté lejos —respondió él con frialdad absoluta, volviendo a girarse hacia su plato como si el tema estuviera cerrado—. Y si no te gusta cómo hago las cosas, sabes dónde está la puerta. Nadie te obliga a estar aquí.
Vicent miró a su alrededor, vio las miradas curiosas, vio a Antonia apretar los dientes para no llorar, y supo que ya no quedaba nada del amigo que había conocido. Ese hombre estaba perdido, devorado por una obsesión que no conocía límites, y estaba dispuesto a arrastrar a todos al abismo con tal de no soltar lo que creía suyo.
—Lo siento —murmuró Vicent, más para sí mismo que para él—. Lo siento mucho, viejo amigo. Pero ya no puedo seguir tu camino.