Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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¿De qué demonios estás hablando, Bárbara?
El eco de los pasos de los sirvientes aún resonaba débilmente por el pasillo cuando Bárbara, con una furia contenida que apenas lograba disimular, se giró para enfrentar a Lucian. Sus ojos, normalmente cálidos y expresivos, ahora eran dos brasas de reproche.
— Espero que tengas la decencia de mantener tus... amoríos... lejos de esta casa, Lucian.— espetó Bárbara, su voz apenas un susurro cargado de veneno, como si temiera que las paredes tuvieran oídos. El color había abandonado su rostro, dejándolo pálido y tenso.
Lucian, que se había detenido unos pasos detrás de ella, frunció el ceño. La acusación lo tomó por sorpresa, y un atisbo de irritación cruzó su rostro, ¿acaso se había vuelto loca?, ¿O era bipolar?.
— ¿De qué demonios estás hablando, Bárbara? ¿Mis amoríos?.— Su voz era firme, con un toque de incredulidad. — Te aseguro que estás imaginando de más. No hay ningún amorío' con ninguna empleada, ni con nadie, no tengo la necesidad de caer en cosas tan bajas.
— "Ja" .— Bárbara rió, una risa hueca y sin alegría que no llegó a sus ojos. Cruzó los brazos sobre el pecho, en una postura desafiante.
— No me interesa lo que hagas o dejes de hacer, Lucian.— replicó ella, elevando un poco el tono.— Siempre y cuando te mantengas alejado de mí. No tolero a los hombres infieles y mentirosos.— Su mirada era gélida, cortante, trazando una línea invisible entre ambos.
Lucían dio un paso hacia ella, con una expresión de perplejidad y algo de molestia.
— Bárbara Drax, por favor. No hay nada que tolerar porque no hay nada que haya hecho. Te juro que estás equivocada. ¿Qué te hace pensar semejante cosa?, ¿Acaso no te he demostrado que la única mujer a mi lado eres tú? Mi esposa, mi señora, ¿que más quieres que haga para demostrarte que no hay nadie más?
— ¿Qué me hace pensar? Quizás la forma en que esa joven te miraba, o cómo tú le devolvías la mirada. No soy una estúpida, Lucian.— dijo Bárbara, negando con la cabeza. Su voz temblaba ligeramente, revelando la herida oculta bajo la capa de ira.— Simplemente no quiero saber. Y no quiero verte, te puedes ir a trabajar, no te quiero cerca.
Con una determinación repentina, Bárbara dio un paso atrás, abrió la puerta de la primera habitación que vio, con una brusquedad que hizo crujir la madera y, sin una sola palabra más, ni una mirada, se deslizó dentro, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio del pasillo.
Lucían se quedó inmóvil frente a la puerta cerrada, su mano aún extendida como si hubiera intentado detenerla. Sus ojos estaban fijos en la madera, su mente un torbellino de confusión. ¿De más? ¿Qué había imaginado Bárbara? Su actitud era tan fría, tan tajante. ¿De dónde venía esa acusación, esa repentina aversión? La imagen de ella, pálida y furiosa, se repetía en su mente. Era su joven esposa, la mujer con la que se había casado, pero en ese instante, parecía una extraña, más extraña que cuando despertó del coma por la intoxicación, Bárbara estaba envuelta en una coraza de resentimiento que él no comprendía. El silencio de la habitación cerrada frente a él era más ensordecedor que cualquier grito.