Claudia tiene 42 años, un matrimonio vacío y un bar de barrio que apenas sobrevive. El día que descubre que su marido la engaña, un joven se presenta por error a una entrevista de trabajo... para stripper, no para mozo. Lo que empieza como un malentendido incómodo termina convirtiéndose en la decisión que le cambia la vida: contratarlo para revivir su negocio.
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Beso de consuelo
El silencio que siguió pareció durar una eternidad. Melina agarró el teléfono, miró la foto ella misma, después a Claudia, después otra vez la foto, con la cara desarmándose de a poco.
—No. —Sacudió la cabeza—. No, no puede ser, vos... vos me dijiste que tu marido se llamaba Fabián, no...
—Fabián Gustavo. —Claudia sintió que la voz se le quebraba, la furia y el asco mezclándose en algo que no sabía cómo nombrar—. Todo este tiempo. Todo este tiempo estuviste con él.
—Yo no sabía, Claudia, te juro que yo no sabía. Él una sola vez me dijo su otro nombre, me acordé ahora de casualidad, Clau —Melina se había puesto pálida, con el teléfono todavía temblándole en la mano—. Si hubiera sabido que era tu...
—¿Y ahora qué hago, Melina? —La voz de Claudia subió de golpe, algo dentro suyo estaba rompiéndose por completo—. ¿Te tengo que creer? ¿Justo a vos, que me ocultaste durante dos meses que estabas con un hombre casado, ahora me tengo que creer que no sabías que era el mío?
—¡No lo sabía! —Melina también levantó la voz, entre lágrimas y desesperación—. ¡Nunca me dijiste su apellido completo, no sus dos nombres, nunca me mostraste una foto, nunca vino a verte, cómo mierda iba a saber yo que...!
—¡Andate! —Claudia se sacó las manos de la cara, apuntando hacia la puerta, temblando de furia—. Andate de mi bar. Ahora. Andate o te mato.
Melina se quedó un segundo mirándola, con los ojos llenos de lágrimas, buscando algo que decir que sirviera de algo, y al no encontrarlo, agarró su cartera y salió del bar sin decir una palabra más.
Claudia se quedó sola, en medio del salón vacío, con el vaso de vino intacto sobre la barra y la certeza de la traición finalmente confirmada, ya no como sospecha ni por los silencios de Fabián, sino como una foto clara, imposible de negar.
Se dejó caer en una de las sillas, con la cara entre las manos, y por primera vez en semanas se permitió llorar de verdad, sin contenerse, con esa clase de llanto que hacía tiempo tenía guardado en algún lugar del cuerpo esperando el momento de salir.
Ahora no era bronca, mí alivio, era dolor. Por cómo se había enterado y por quién era la amante.
No escuchó la puerta del vestuario que habían improvisado abrirse. No escuchó los pasos acercándose. Solo sintió, de repente, una mano apoyándose despacio en su hombro.
—Eh. —La voz de Eric, suave, distinta a la de siempre—. ¿Qué pasó?
Claudia levantó la vista, todavía con las lágrimas corriéndole por la cara, y lo encontró ahí, parado frente a ella, recién salido de la ducha después del show, con una toalla blanca enroscada en la cintura y el pelo todavía mojado goteándole sobre los hombros.
—Nada —murmuró ella, tratando de limpiarse la cara con el dorso de la mano, avergonzada de que la viera así—. Es una historia larga.
—Tengo tiempo. —Eric se agachó frente a ella, quedando a la altura de sus ojos, con una expresión de preocupación genuina que a Claudia se le hizo, en ese momento, más reconfortante que cualquier otra cosa que hubiera sentido en semanas—. En serio. ¿Qué pasó?
Y entonces se lo contó todo, entre hipos y lágrimas: Melina, la foto, Fabián, que era
Gustavo, los años enteros de mentiras cruzadas sin que ninguna de las dos lo supiera. Eric la escuchó sin interrumpir, con una mano todavía apoyada en su hombro, hasta que ella terminó de hablar y se quedó ahí, vacía, respirando fuerte.
—Lo siento mucho —dijo él, por fin, acercándose un poco más—. En serio.
Se quedaron así un momento, en silencio, tan cerca que Claudia podía sentir el calor que todavía le quedaba en la piel después de la ducha, el olor a jabón mezclado con algo más, algo propio de él que ya empezaba a reconocer.
Sin pensarlo, sin decidirlo del todo, apoyó la mano en su cintura, buscando algún tipo de apoyo, de consuelo, de algo sólido a lo que aferrarse en medio de tanto quiebre.
Fue en ese momento que la toalla, mal sujeta desde el principio, se le cayó al piso.
El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero se sintió eterno. Claudia sintió que la cara se le encendía, que no sabía para dónde mirar, que la vergüenza de golpe le ganaba a la tristeza.
Eric se rió, corto, nervioso, un sonido que rompió la tensión de una manera extraña.
—Perdón —dijo, sin moverse todavía, sin agacharse a levantar la toalla—. Esto no es exactamente cómo planeaba consolarte.
Claudia, entre las lágrimas que todavía no habían terminado de secarse, se rió también, un sonido roto y sincero al mismo tiempo. Y fue en esa risa compartida, en esa vergüenza mutua, que algo cedió entre los dos: Eric se inclinó despacio, sin apuro, y la besó.
Claudia cerró los ojos, sintiendo el calor de su piel bajo la mano que todavía tenía apoyada en su cintura, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que él también podía sentirlo.
Por un momento, el mundo entero se redujo a eso: a ese beso, a esa cercanía, a la certeza repentina de que algo en ella, algo que daba por dormido hacía años, se había despertado de golpe. Y estaba ahí, como una adolescente, besando a un joven hermoso, sensible y que le gustaba. Y... él estaba desnudo ante sus ojos, expuesto, vulnerable.
Pero tan rápido como había empezado, Eric se separó.
—Perdón —dijo, con la voz un poco agitada, agachándose por fin a recoger la toalla del piso, tapándose y evitando mirarla a los ojos—. Perdón, no debí. No es... no es algo serio, yo no busco confundirte, en serio Clau. Solo... no me gustaba verte triste.