Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Uvas, termas y despedidas
Las termas del palacio recibieron a Aiko y a Yuri con esa nube tibia de vapor que parecía disolver cualquier preocupación apenas se entraba. El agua caliente brotaba de las piedras oscuras del fondo, formando pequeñas volutas de humo blanco que se enredaban entre los biombos de bambú pintados con grullas y ramas de ciruelo.
Un par de lámparas de papel, colgadas de postes de madera, temblaban apenas con la corriente de aire tibio, proyectando sombras suaves sobre el agua. Se sumergieron juntas hasta los hombros, mientras dos sirvientes varones, arrodillados en el borde de piedra, les acercaban racimos de uvas, atentos a cualquier gesto que pudiera interpretarse como un pedido.
—Voy a extrañar esto —dijo Yuri, con una sonrisa que no terminaba de ser alegre del todo.
—¿Extrañar? —Aiko se giró hacia ella, sintiendo que algo se le apretaba en el pecho—. ¿A qué te refieres?
—Me voy el viernes. —Yuri jugó con una uva entre los dedos, sin comérsela—. Mi madre... bueno, tu madre, en realidad, me envía en una misión diplomática. A Egipto.
—¿A Egipto? —repitió Aiko, incrédula—. ¿Por qué a ti?
—Porque confía en mí, supongo. Y porque soy tu amiga, casi hermana de crianza, y eso le sirve para algo, aunque no sepa bien para qué todavía —Yuri se rió, aunque sin demasiadas ganas. —Solo me dio permiso de quedarme estos días acá por eso. Si la misión sale bien, me prometió que voy a poder tener mi propio harén —.
Aiko se quedó en silencio un momento, procesando la noticia con una mezcla de orgullo y una tristeza que no esperaba sentir tan fuerte.
—¿Y qué vas a hacer allí? ¿Ya sabés algo de la misión?
—Algo de negociar tratados comerciales, creo, y afianzar lazos con la corte local —respondió Yuri, encogiéndose de hombros—. La verdad es que no entiendo del todo los detalles todavía. Solo sé que van a ser muchas semanas.
—¿Y tú quieres eso? ¿Un harén propio?
—No sé —admitió Yuri, encogiéndose de hombros—. Pero es una oportunidad, de no terminar como simple noble de la corte. Y no la voy a desperdiciar solo porque me da miedo el viaje.
Se quedaron un momento en silencio, escuchando el goteo del agua contra las piedras, hasta que Yuri soltó una risa breve, casi melancólica.
—¿Recuerdas cuando decíamos que íbamos a viajar juntas algún día? Cuando éramos chicas, bajo el árbol de ume, planeábamos recorrer todo el reino solas, sin nadie que nos dijera qué hacer.
—Me acuerdo perfecto —dijo Aiko, con una sonrisa triste—. Ibas a ser la que llevara el mapa, porque yo siempre me perdía hasta en el propio jardín de casa.
—La vida tiene un sentido del humor raro —murmuró Yuri, tomándole la mano bajo el agua tibia. —¿Y cómo van las cosas con tus tres, cuatro consortes, ya perdí la cuenta? —preguntó, cambiando de tema, buscando algo de la liviandad de siempre.
Algo en la expresión de Aiko se ensombreció.
—Ren y Kaito me decepcionaron, mucho —dijo, sin más rodeos—. Se pelearon a golpes en el pasillo, de madrugada, como si fueran niños peleando por un juguete.
—¿A golpes? ¿En serio? —Yuri se incorporó un poco, genuinamente sorprendida—. ¿Por qué?
—Por mí, básicamente. Por quién tiene más terreno ganado, quién es más visible, quién tiene más derecho a sentirse mi favorito —Aiko suspiró, hundiendo los dedos en el agua caliente—. Me desperté con el ruido de los cuerpos chocando contra la pared. Tuve que salir corriendo, envuelta apenas en una sábana, delante de Hiroshi, de los guardias, de todo el mundo, para separarlos.
—Uy.
—Los tengo encerrados. Los dos. No quiero verlos ni escucharlos por un buen tiempo —Aiko se hundió un poco más en el agua caliente, dejando que le tapara los hombros—. Itsuki en cambio, él es más tranquilo.
Yuri la miró con una expresión que no era exactamente de sorpresa.
—Cuidado con acostumbrarte demasiado a lo fácil, Aiko. A veces lo difícil vale la pena igual.
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Esa noche, antes de dormir, Aiko caminó de vuelta hacia el harén con Ryu e Itsuki a cada lado, los tres todavía enfrascados en la discusión que habían empezado horas antes en la biblioteca.
—Yo sigo pensando que no hay elección verdadera sin algo de sacrificio de por medio —insistía Itsuki, con las manos cruzadas detrás de la espalda—. Si no te cuesta nada, no es una elección. Es una preferencia.
—Eso es una forma bonita de justificar el sufrimiento —replicó Ryu, sin alterarse—. En el ejército aprendí que no todo lo que duele tiene un propósito noble detrás. A veces el sacrificio es solo eso: pérdida, sin ninguna lección escondida esperando del otro lado.
—Quizás ambos tienen razón, cada uno a su manera —intervino Aiko, sorprendida de sí misma por participar con tanta soltura en una conversación que, unas semanas atrás, ni siquiera hubiese sabido cómo empezar.
Ryu la miró de reojo, con algo parecido al respeto asomándole en la expresión dura de su rostro.
—Para ser una princesa que recién empieza a gobernar, no piensa nada mal, mi señora.
—Viniendo de ti, eso casi suena a un cumplido Ryu, aunque recién te estoy empezando a conocer—respondió Aiko, y los tres se rieron, un sonido liviano que contrastaba fuerte con el peso de todo lo demás que había pasado esa semana.
Al pasar frente a las habitaciones cerradas de Ren y Kaito, los vio a ambos asomados apenas por las rendijas de sus puertas, todavía confinados.
—Aiko... —empezó Kaito, con la voz baja.
—Aiko, por favor —intentó también Ren.
Ella sintió el impulso de detenerse, de decirles algo, aunque solo fuera para que el silencio del pasillo dejara de pesarle tanto. Pero se contuvo. No giró la cabeza. Siguió caminando, con Ryu e Itsuki flanqueándola, sin darles ni una palabra, ni una mirada, dejando que el silencio hablara por ella con mucha más fuerza que cualquier grito.
Detrás de ella, alcanzó a escuchar el sonido apagado de una puerta cerrándose de nuevo, y no supo decir si era la de Ren o la de Kaito. 'Esto es lo bueno de tener más de uno o dos, puedo elegir incluso a quien ignorar' pensó mientras tomaba de los brazos a Itsuki y Ryu.