Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 13: Mateo y Emma, una amistad inesperada.
La amistad entre Emma y Mateo comenzó de una manera extraña.
No hubo una gran promesa.
No hubo un momento dramático.
No hubo una escena donde ambos descubrieran que eran iguales.
De hecho, al principio parecían completamente diferentes.
Emma era reservada.
Observadora.
Pensaba mucho antes de hablar.
Guardaba sus sentimientos como si fueran tesoros que nadie podía tocar.
Mateo era todo lo contrario.
Hablaba con cualquiera.
Preguntaba todo.
Se emocionaba con las cosas más simples.
Podía pasar veinte minutos explicando por qué una piedra era especial o por qué una nube parecía un animal.
Y quizás por eso funcionaban tan bien.
Porque donde Emma veía problemas, Mateo veía aventuras.
Después de la primera visita, Tomás pensó que quizá los niños necesitarían tiempo para acostumbrarse.
Pero ocurrió algo que nadie esperaba.
Fue Mateo quien preguntó cuándo volvería a ver a Emma.
Valeria estaba preparando la cena cuando su hijo apareció en la cocina.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Cuándo iremos otra vez a la casa de Emma?
Valeria sonrió.
—¿Te gustó?
Mateo asintió rápidamente.
—Sí.
—¿Por los animales?
—También.
—¿Entonces por qué?
El niño pensó.
—Porque ella entiende cosas.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Qué cosas?
Mateo se encogió de hombros.
—No sé.
Hizo una pausa.
—Pero cuando habla de su mamá, parece que entiende cómo me siento yo.
Valeria quedó en silencio.
Porque su hijo también llevaba una pérdida.
Aunque era más pequeño, también había tenido que aprender a vivir sin su padre.
Mientras tanto, en la casa de los Rojas, Emma fingía que no estaba esperando la próxima visita.
Pero todos podían notarlo.
Especialmente Lucía.
—¿Vas a preguntarme otra vez qué día viene Mateo?
Emma levantó la mirada.
—No.
Lucía sonrió.
—Ya me preguntaste tres veces.
Emma cruzó los brazos.
—Solo quería saber.
—Claro.
—No significa que me importe.
Lucía miró hacia Pelé.
El gallo estaba escuchando.
—¿Pelé también piensa eso?
Emma miró al gallo.
—Él sabe la verdad.
Pelé levantó la cabeza.
Como si aceptara la responsabilidad.
El siguiente encuentro fue en la casa de los Rojas.
Y como era de esperarse...
La casa decidió recibir a los invitados con su propio estilo.
Caos.
Apenas Mateo entró, Max corrió hacia él.
—¡Un perro!
Mateo se emocionó.
—¡Me gustan los perros!
Max saltó feliz.
Luego apareció Luna.
Después Misha.
Después Copito.
Y finalmente Pelé.
El gallo caminó lentamente.
Observando.
Mateo se acercó.
—Hola otra vez.
Pelé no respondió.
—Creo que me recuerda.
Emma asintió.
—Sí.
—¿Cómo sabes?
—Porque todavía no te ha perseguido.
Mateo abrió los ojos.
—¿Eso es bueno?
—Mucho.
Ese día Emma decidió mostrarle algo importante.
El lugar secreto.
El árbol del jardín.
Donde había encontrado la carta de Mariana.
Mateo la siguió en silencio.
Cuando llegaron, Emma se sentó.
—Este era un lugar de mi mamá.
Mateo se quedó quieto.
No hizo preguntas.
Eso sorprendió a Emma.
Porque muchos adultos preguntaban demasiado.
"¿Cómo murió?"
"¿Cuándo pasó?"
"¿Todavía lloras?"
Pero Mateo simplemente se sentó.
Después de unos segundos dijo:
—Mi papá también tenía lugares favoritos.
Emma lo miró.
Era la primera vez que hablaba de él.
—¿Sí?
Mateo asintió.
—Le gustaba llevarme al parque.
Sonrió.
—Decía que los árboles guardaban secretos.
Emma miró el árbol.
—Mi mamá decía algo parecido.
Los dos quedaron en silencio.
Pero era un silencio cómodo.
Uno donde dos personas entendían algo sin tener que explicarlo.
Con el tiempo, comenzaron a pasar más días juntos.
Y cada encuentro era diferente.
Un día construyeron una casa para pájaros.
Aunque terminaron construyendo algo parecido a una caja torcida.
Otro día intentaron enseñarle trucos a Max.
El resultado fue que Max aprendió a abrir una puerta.
Y después nadie pudo controlar dónde entraba.
Otro día hicieron dibujos.
Mateo dibujó una familia.
Emma lo miró.
—¿Por qué dibujaste cuatro personas?
Mateo respondió:
—Porque ahora somos más.
Emma no respondió.
Pero guardó el dibujo.
Sin embargo, la tranquilidad no podía durar demasiado.
No en esa casa.
Mucho menos con Pelé.
Todo comenzó una mañana.
Tomás salió al patio.
Y sintió que algo estaba extraño.
Demasiado extraño.
No había ruido.
No había ladridos.
No había maullidos.
No había gallinas.
Y lo peor...
No había Pelé.
Tomás sintió miedo.
—Emma.
La niña salió corriendo.
—¿Qué pasa?
Tomás miró alrededor.
—Los animales no están.
Emma quedó congelada.
—¿Qué?
Corrió al patio.
La puerta estaba abierta.
Una pequeña parte de la cerca estaba rota.
Y había huellas por todos lados.
La búsqueda comenzó inmediatamente.
Tomás tomó una chaqueta.
Lucía llamó a los vecinos.
Emma caminaba con Mateo.
—Fue mi culpa.
Mateo la miró.
—¿Por qué?
—Porque ayer dejé la puerta mal cerrada.
—Emma.
—Si algo les pasa...
Mateo la interrumpió.
—No fue intencional.
Ella bajó la mirada.
—Pero era mi responsabilidad.
Mateo sonrió.
—Entonces los encontraremos.
Emma lo miró.
Y sonrió un poco.
Porque eso era exactamente lo que ella habría dicho.
La primera pista fue de Max.
Encontraron pelos del perro cerca del camino.
Después encontraron plumas.
Muchas plumas.
Emma levantó una.
—Pelé estuvo aquí.
Tomás suspiró.
—Por supuesto.
Lucía sonrió.
—Incluso perdido sigue dejando evidencia.
Siguieron las huellas hasta un pequeño terreno abandonado cerca del vecindario.
Y ahí estaba la escena más absurda que habían visto.
Los animales no estaban perdidos.
Estaban organizados.
Max estaba sentado junto a Luna.
Las gallinas caminaban alrededor.
Los gatos estaban sobre una pared.
Y Pelé estaba en el centro.
Como si fuera el líder de una revolución.
Emma abrió la boca.
—¿Qué está haciendo?
Mateo sonrió.
—Creo que tienen una reunión.
Tomás se acercó.
—Pelé.
El gallo giró.
No parecía arrepentido.
Parecía orgulloso.
Emma caminó hacia él.
—¿Por qué escaparon?
Pelé caminó hacia una esquina.
Allí había algo.
Un pequeño animal.
Era un cachorro abandonado.
Estaba escondido.
Emma entendió.
Pelé no había escapado.
Había encontrado al cachorro.
Y había llevado a los demás para protegerlo.
Todos quedaron sorprendidos.
Tomás miró al gallo.
—Este animal es imposible.
Lucía sonrió.
—Pero tiene buen corazón.
Emma abrazó a Pelé.
—Sabía que eras un héroe.
El gallo levantó la cabeza.
Mateo rió.
—Creo que le gusta que le digan eso.
Llevaron al cachorro a casa.
Después de revisar que estuviera bien, decidieron buscarle un hogar.
Pero durante esos días ocurrió algo inesperado.
Emma comenzó a cuidar de él.
Le daba comida.
Lo acompañaba.
Jugaba con él.
Y Tomás observó algo importante.
Emma estaba haciendo por otro animal lo mismo que alguien había hecho por ella.
Cuidarla cuando estaba perdida.
Una noche, mientras Mateo estaba en casa, los niños estaban en el jardín.
—¿Crees que nuestras familias serán siempre así?
Mateo preguntó.
Emma miró a los animales.
—¿Así cómo?
—Diferentes.
Ella pensó.
—Sí.
Sonrió.
—Creo que sí.
Mateo miró a Pelé.
—Ese gallo no parece normal.
Emma sonrió.
—No lo es.
Desde la ventana, Tomás y Valeria observaban.
Ella sonrió.
—Se llevan bien.
Tomás asintió.
—Sí.
Hubo un silencio.
—Me alegra.
Tomás la miró.
—A mí también.
Pero ninguno dijo lo que ambos comenzaban a sentir.
Porque todavía era pronto.
Porque había heridas que sanar.
Porque había una niña que necesitaba tiempo.
Esa noche Emma escribió en su cuaderno:
"Hoy descubrí que una persona puede llegar a tu vida sin quitar el lugar de nadie."
Pensó un momento.
Luego agregó:
"Mateo no reemplaza a nadie. Solo es Mateo."
Y esa frase significaba mucho.
Porque por primera vez estaba aprendiendo que no todo lo nuevo tenía que ser una amenaza.
Pero mientras Emma comenzaba a aceptar nuevas personas, todavía quedaba un desafío.
Valeria.
Porque aceptar a Mateo había sido fácil.
Un amigo no ocupaba el lugar de nadie.
Pero una posible nueva pareja para su padre era diferente.
Y Emma todavía tenía una promesa en su corazón:
Proteger el recuerdo de su madre.
Aunque para hacerlo tuviera que preparar el plan más grande de todos.
Un plan donde Pelé sería el protagonista.