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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:85
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 15

Capítulo 15 — La tarjeta

Lo que me había apretado en la palma resultó ser una tarjeta de acceso: la del ático de un hotel que era suyo, en la torre más alta de todas. Dormí ahí, o lo intenté, en una cama del tamaño de mi cuarto entero de Veracruz, con la ciudad entera encendida al otro lado del vidrio. No pegué el ojo. Estaba en una ciudad de verdad, por fin. Y no sabía si eso era una puerta o el borde de un precipicio.

A la mañana siguiente me bajó al estacionamiento de una de sus empresas, bajo tierra, y ahí entendí que a este hombre le sobraba mundo. Hilera tras hilera de coches que yo solo había visto en fotos: rojos, negros, mate, algunos todavía con el plástico de fábrica.

—¿Todos son suyos? —no pude evitar preguntar.

—No compro usado —dijo, como si fuera una ley de la física—. Y algunos ni se manejan. Se coleccionan.

Pasé la mano, sin querer, por el cofre de uno negro y frío como el agua. En mi pueblo un coche así no lo veía nadie en toda su vida; aquí estaban por docenas, juntando polvo bajo tierra, como zapatos que uno compra y no se pone nunca. Pensé en mi papá arreglando la lancha con alambre y paciencia, en mi mamá estirando los billetes hasta el domingo, y me subió una rabia vieja, de pobre, que no tenía que ver con Dante y tenía que ver con todo.

Eligió uno bajo, escandaloso, del color de un caramelo. Me abrió la puerta él mismo —gesto que en cualquier otro habría sido caballerosidad y en él era exhibición— y salimos a la calle. Panamá de día era todavía más grande: rascacielos, tráfico, letreros de bancos que yo reconocía, gente de todo el mundo. Cerca, muy cerca, tenía que haber una embajada. Un consulado. Alguien.

Y mientras miraba por la ventanilla, calculando distancias, hice también otra cuenta, la que llevaba días evitando.

Porque una cosa no me cuadraba desde el principio, y ese coche demasiado veloz me la puso enfrente. La huida del Carnaval. La pistola que él me regaló "para que no tuvieras miedo", tan generoso, tan fácil. Le había apuntado a sus hombres y había apretado el gatillo. Vacía. Sin una bala. Me había dado, sonriendo, un arma que sabía que estaba muerta.

Y las latas de durazno que aparecieron en mi cajón sin que yo dijera dónde. Y la comida de mi casa, exacta, que alguien había averiguado. Y el nombre.

—Anita —murmuré, más para mí que para él—. Usted me llamó Ana.

—¿Cuándo?

—Cuando desperté. Antes. —Me giré en el asiento—. Yo nunca le dije mi nombre verdadero. En el campamento di uno falso. Mía Duarte. Lo repetí mil veces para que fuera lo único que no tuviera nada que ver conmigo. —Se me cerró la garganta—. Pero usted sabe mi nombre. Lo sabe desde hace mucho, ¿verdad? Desde el principio.

Él no negó nada. Sonrió apenas, mirando el semáforo.

—Desde el primer día —dijo—. Sé quién eres, de dónde vienes, cómo se llaman tus padres y qué carrera estudias de verdad. La pistola vacía, el Carnaval, la "vigilancia" floja para que corrieras: todo fue para ver hasta dónde eras capaz de llegar. Y llegaste lejos. Me gustó.

El estómago se me cayó a los pies. Todo este tiempo yo creyendo que engañaba, que maniobraba, que ganaba terreno milímetro a milímetro, y él mirándome desde arriba como se mira jugar a un gato con un ovillo que uno mismo le tiró.

—¿Cómo? —susurré—. ¿Cómo lo supo desde el primer día? Nadie sabía mi nombre. Nadie más que…

Y entonces lo pensé, y el frío me subió por la espalda.

Yesi. Yésica. La única persona en el mundo que conocía mi nombre completo, mi ciudad, a mi familia. La que me había convencido del viaje "gratis", del sorteo, de la aventura. La que había cruzado conmigo la frontera y a la que se habían llevado aparte, tan guapa, en el campamento. Yo la había llorado como muerta. La había rezado. ¿Y si no estaba muerta? ¿Y si nunca fue una víctima como yo?

No dije el nombre en voz alta. Me lo guardé, ardiendo, como una brasa.

Porque si era Yesi —si mi amiga de toda la vida me había vendido, si el "viaje gratis" era el anzuelo y yo el pescado—, entonces no había habido accidente en nada de esto. No me habían agarrado por mala suerte en la frontera. Me habían entregado. Y la persona a la que yo había rezado como muerta estaba, quizá, viva y bien pagada. La idea me revolvió el estómago peor que el hambre de aquellos días. Pero no dije nada. Callarme las sospechas también era una manera de sobrevivir: el que enseña sus cartas, pierde, y yo ya había perdido demasiadas manos con este hombre.

Dante estacionó frente a un edificio de cristal. Un empleado local lo esperaba en la acera con una carpeta; él bajó, firmó unos papeles apoyado en el cofre sin sentarse siquiera, cruzó tres frases en inglés y despidió al hombre con un gesto. Después se volvió hacia mí, que seguía dentro del coche, y por la ventanilla abierta me tendió algo.

Era una tarjeta. Pero no como la del hotel. Esta era pesada, de metal, del color del oro viejo, y tenía grabada una leona. Debajo, dos palabras: La Leona.

—Escucha bien, porque no lo repito —dijo, apoyado en la puerta, tapándome el sol—. Con esta tarjeta puedes gastar lo que quieras en esta ciudad. Lo que quieras. Y puedes dar órdenes a cualquiera de las familias que me deben algo aquí, que son casi todas. Si les enseñas la leona, te obedecen. Te pueden sacar del país si se lo pides.

La tarjeta me quemaba en la mano. No entendía.

—A las tres de la mañana yo vuelvo a Almanegra —siguió, y su voz era la de quien reparte cartas—. Te doy un día. Puedes quedarte a jugar en Panamá con mi dinero, como una reina. O puedes huir. Tienes todo lo que hace falta: dinero sin fondo, poder para mover a media ciudad, y una ventaja de horas. —Ladeó la cabeza—. Un día entero. Si lo logras, libre eres. Si no lo logras… atente a las consecuencias.

Lo miré, buscando la trampa. Tenía que haberla. Nadie que había montado todo aquel teatro para atraparme me abría de golpe la puerta de la jaula.

Y ahí estaba la trampa, disfrazada de regalo. Porque tenía razón, el muy maldito: yo no sabía por dónde empezar. La tarjeta podía estar marcada, rastreada, y él sabría cada peso que gastara y cada puerta que tocara. No conocía a nadie en esa ciudad. No hablaba con el acento de nadie. Y aunque lograra subirme a un avión, ¿a dónde? Él sabía dónde vivían mis padres; me lo había dicho en el aire, sin amenazar, que era lo que más frío daba. Correr ya no era arriesgarme yo sola. Era arriesgarlos a ellos.

—¿Por qué? —fue lo único que me salió.

—Porque no vas a huir —dijo, con una seguridad que dolía a burla—. Y quiero que lo aprendas tú sola, no que te lo diga yo. Quiero que corras hasta la última puerta y descubras que todas dan al mismo cuarto. —Se enderezó—. Es más limpio así. Después ya no vuelves a intentarlo.

Cerró la puerta del coche. Rodeó el capó. Caminó hacia la entrada del edificio, hacia los elevadores de cristal, sin apurarse, con las manos en los bolsillos, como un hombre que ya conoce el final de la película.

Yo me quedé sentada, apretando la leona de metal contra el pecho, con el corazón golpeándome las costillas y la cabeza hecha un mapa de embajadas, aeropuertos, mentiras. Un día. Un día entero.

Antes de entrar, sin volverse, sin levantar siquiera la voz, dijo:

—El reloj corre, Ana.

Mi nombre. El de verdad. Dicho en voz alta, a plena luz, sin una sombra de duda, como quien arranca por fin la última venda y te enseña que nunca, ni por un segundo, dejó de saber exactamente quién eras.

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