Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
Pero un veneno en su cuerpo, la hace perder completamente la vida y reencarnar en el cuerpo de una sirvienta de su propio palacio.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
El viento del norte soplaba con una violencia asesina a miles de metros de altura, congelando las lágrimas que el vértigo obligaba a brotar de los ojos de Isabela. El mundo abajo ya no era más que un borrón blanco y gris, una sábana de hielo infinita donde Valaria había quedado sepultada bajo las nubes.
El frío exterior era brutal, pero en la espalda de Malakor las leyes de la naturaleza parecían desvanecerse. El cuerpo del rey dragón irradiaba un calor tan intenso que parecía una estufa viva, un contraste tan violento con la helada atmósfera que a Isabela le costaba respirar. Para no salir despedida por las sacudidas de la bestia, no tuvo más remedio que apretar el cuerpo contra su espalda, enterrando los dedos en el cuero curtido de su chaleco y pegando el rostro a su hombro ancho y musculoso.
Malakor notó el cambio. Sintió cómo la princesa, a pesar de todo su orgullo y resistencia, se aferraba a él buscando refugio del abismo.
Sin dejar de sujetar las cadenas de hierro que guiaban al dragón, el rey giró ligeramente el rostro hacia atrás, dejando que su mirada ámbar se cruzara con la de ella a través de las ráfagas de viento.
—Pensé que preferías congelarte antes que tocarme, pequeña fiera del norte —burló Malakor, su voz retumbando por encima del bramido del viento y el aleteo colosal de la bestia.
Isabela apretó los dientes, sintiendo que la sangre le subía a las mejillas, más por la rabia de verse vulnerable que por el esfuerzo. Se obligó a enderezar un poco la espalda, separándose unos centímetros de su calor, aunque el viento casi la arranca de inmediato.
—No te equivoques, rey de Asgardia —replicó ella con la voz ronca por el frío, intentando sonar tan dura como el hielo de su tierra—, solo me estoy asegurando de sobrevivir al viaje. No pienso dejarle el gusto a un dragón de convertirme en su merienda a mitad del camino.
Malakor soltó otra de sus profundas y ásperas carcajadas, un sonido que vibró directamente en el pecho de Isabela a través del contacto físico.
—Tranquila. No suelo devorar a mis trofeos... al menos, no de esa manera —respondió él con un tono oscuro y deliberadamente provocador, antes de volver a mirar al frente—. Pero te aconsejo que te acostumbres al calor, princesa. En Asgardia el hielo no existe, y las tierras que vas a pisar queman más de lo que imaginas.
El dragón dio un giro imponente en el aire, rompiendo la capa de nubes grises para adentrarse en un cielo completamente diferente. Delante de ellos, el horizonte gélido comenzó a disolverse para dar paso a un paisaje de picos montañosos oscuros, cañones de piedra volcánica y un cielo teñido de un rojo encendido, como si el sol mismo se hubiera derrumbado sobre la tierra.
Asgardia los estaba recibiendo.
A medida que descendían, el aire helado de Valaria se convirtió en un recuerdo lejano, reemplazado por una brisa seca, densa y cargada con el rastro mineral de la ceniza y el azufre.
El dragón planeó con una gracia imponente sobre un vasto valle rodeado por murallas naturales de piedra negra y obsidiana. En el centro de ese paisaje hostil y majestuoso se alzaba la capital de Asgardia: una ciudad colosal construida directamente sobre la roca volcánica, donde las torres de piedra oscura se alzaban hacia el cielo rojo como garras desafiantes. Antorchas gigantescas y pozos de fuego eterno iluminaban las calles y los puentes suspendidos, creando un contraste salvaje de sombras danzantes y bruma ardiente.
No había nieve aquí. No había techos congelados ni gritos de desesperación por el hambre. Todo en Asgardia respiraba una vitalidad brutal, pesada y abrumadora.
La bestia descendió con un golpe seco sobre la gran plaza central del palacio, levantando una ligera nube de polvo negro. Cientos de guardias y ciudadanos con armaduras de cuero y hierro se detuvieron de inmediato, volviendo la vista hacia el centro de la plaza para observar la llegada de su monarca.
Isabela contuvo la respiración, sintiendo el peso de todas esas miradas clavadas en su espalda. Era una extranjera, un cordero en el corazón de la manada de los lobos... o mejor dicho, la presa en el nido de los dragones.
Malakor desmontó con una agilidad felina, cayendo sobre las baldosas de piedra con un golpe sordo. Sin esperar a que ella se moviera, se giró, levantó los brazos y la tomó de la cintura para bajarla del lomo de la bestia. El contacto con sus manos, calientes como brasas, atravesó la tela de su ropa, y por una fracción de segundo, antes de que Isabela pudiera apartarse, sus cuerpos quedaron peligrosamente cerca.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, princesa —susurró Malakor, con una nota de oscura posesión en la voz, mientras la soltaba con la misma rudeza con la que la había tomado.
Antes de que Isabela pudiera responder al desplante o replicarle una sola palabra, el murmullo de la multitud se abrió paso. Un grupo de sirvientas con túnicas oscuras y rostros severos se adelantó para recibirla, flanqueadas por dos enormes guerreros que bloqueaban cualquier ruta de escape.
Malakor le dio la espalda con indiferencia, dirigiéndose hacia las escalinatas principales del palacio entre las reverencias respetuosas de su gente.
—Llévenla a las habitaciones del ala oeste —ordenó el rey sin voltearse, dejando caer la sentencia sobre los hombros de Isabela—. Que la preparen, le den ropa digna de este imperio y asegúrense de que entienda las reglas antes de que caiga la noche.
Dos pares de manos firmes, aunque no violentas, tomaron de inmediato los brazos de la princesa. Isabela forcejó por puro instinto, clavando los talones en el suelo volcánico y lanzando una mirada cargada de pura furia hacia la espalda ancha del rey dragón, quien ya ascendía los escalones sin mirar atrás.