Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 6
Capítulo 6: Sopa de fideo y mocasines
Amanecí con el cepillo de dientes apretado en el puño y los dedos entumidos.
Lo volví a clavar en el chongo porque no tenía otra cosa con qué sujetarme el pelo, y salí al jardín antes de que la casa despertara. Habían regado de madrugada. La tierra alrededor de las bugambilias estaba negra y blanda, y me quedé ahí parada, descalza, mirando el punto exacto donde el día anterior una bala había levantado polvo frente a un hombre que ya no existía.
Tres disparos. Yo no le había contado nada a nadie.
Bruno me había dicho que me lavara los pies, y me los había tallado con el cepillito de las uñas hasta que me ardieron. Y ahí estaba otra vez, hundida hasta los tobillos en la misma tierra. No sé qué buscaba ahí. Los pies se me habían ido solos.
Regresé por la puerta de la cocina y ahí estaba Bruno, con la cabeza metida en el refrigerador y la camisa floreada arremangada hasta los codos.
—¿Tú sabes dónde se metió Meche?
—Buenos días… No, no la he visto.
—Seguro fue a darle de comer a Sasha. —Cerró la puerta del refrigerador con la cadera—. Es una muchachita que come a todas horas. Peor que yo.
Una muchachita. Guardé la palabra sin saber dónde ponerla.
Volvió a abrir el refrigerador y me lo mostró como quien muestra una caja fuerte vacía: cortes de res envueltos en papel encerado, dos langostas vivas moviendo las antenas en una charola, un frasco de trufa negra, quesos con nombres en francés.
—¿Y con esto qué hago yo, cuñadita? Yo cuento billetes. No cocino.
—Yo puedo —dije, y me salió más bajito de lo que quería—. Si hay jitomate y huevo, puedo hacer algo.
—¿Tú cocinas?
—Mis papás tienen una papelería. Cuando había mucha gente en la tienda, yo hacía la comida. Desde los diez años.
Se me cerró la garganta al decir "mis papás". Bajé la cara y busqué la cebolla. Aquí las lágrimas eran lo más barato que había, y yo no iba a gastar lo único que me quedaba delante de un hombre con una pistola en la cintura.
Había jitomates en una canasta, cebolla, ajo, un paquete de fideo delgado y una olla de caldo en el refrigerador que olía a pollo de verdad. Tosté el fideo en aceite hasta dorarlo, licué el jitomate con la cebolla y el ajo, lo dejé sazonar hasta que cambió de color, agregué el caldo. Mis manos sabían hacer eso sin que yo pensara. Era la primera vez en once días que mis manos hacían algo que no fuera temblar.
Bruno se sentó en la barra a mirarme, con la barbilla apoyada en la mano.
—¿Y qué estudiabas, cuñadita, antes de que te trajeran a este paraíso?
—Historia del arte. En la UNAM. —Batí el huevo en un tazón—. Cartografía histórica. Conservación de documentos.
—Mapas viejos.
—Mapas viejos.
Se rio, no de mí, de algo que estaba pensando.
—Con razón mi primo no te fusiló. Su mayor vicio es leer. —Bajó la voz como si fuera un secreto de familia—. Un consejo. El tercer piso, el despacho: ahí no entras. Entrar es morir. Literal. Pero en este piso, al fondo del pasillo, hay una biblioteca chiquita donde nadie se para. Los libros que él ya leyó. Ni yo entro, y eso que soy el único de esta casa que sabe leer, aparte de él.
Dejé caer el huevo en hilo sobre el caldo hirviendo y lo vi cuajar.
Una biblioteca. Libros que él ya había leído. En una casa donde nadie leía, eso quería decir mapas.
Me guardé la palabra "biblioteca" en el mismo lugar donde había guardado "muchachita", pero esta la apreté más fuerte.
Serví dos platos. Bruno tomó el suyo y yo me senté enfrente, con las manos en el regazo, a verlo comer. No me atreví a tocar mi cuchara antes que él.
—¡No manches! —dijo con la boca llena—. Esto sí es comida.
Iba a decir gracias. No alcancé.
Sentí el aire cambiar en la nuca antes de oír nada, como cuando abren una puerta en invierno. Bruno levantó la vista por encima de mi hombro y se puso de pie con el plato en la mano.
—¡Primo!
Yo salí disparada de la silla. La pata rechinó en el piso.
Lucio estaba en la puerta de la cocina. Camisa negra de seda, mangas dobladas, el reloj de acero. No miraba a Bruno. Me miraba a mí.
—Le pedí a la cuñadita una sopa —dijo Bruno, con la cuchara todavía en el aire—. ¿No te vas a poner celoso?
—No, no soy…
No supe cómo terminar. No era su cuñada. No era nada.
—¿Ya cerraste lo del faltante de la bodega? —preguntó Lucio, sin quitarme los ojos de encima.
—Casi.
—¿No has terminado y vienes a comer sopa? ¿Tan libre estás?
Bruno levantó las dos manos, el plato en una y la cuchara en la otra.
—Me la llevo. Me la llevo.
Y se fue por la puerta del patio silbando, como si en esa cocina no estuviera pasando nada.
Lucio no se movió de la puerta. Bajó la mirada.
Yo la seguí y vi lo que él veía: una hilera de huellas negras sobre el piso blanco, desde la puerta del jardín hasta la estufa, y de la estufa a la mesa. Mis pies. La tierra de las bugambilias.
—Ensuciaste mi camioneta —dijo, despacio— y ahora mi piso. ¿Fuiste a revolcarte en una zanja?
Abrí la boca. Lo del día anterior me subió hasta los dientes: los tres hombres, la mano en mi cara, el disparo. Lo volví a tragar. En el rancho aprendí que la que cuenta las cosas es la primera que desaparece.
—Salí al jardín. Habían regado.
Cambié el peso de un pie al otro. Un pedazo de lodo seco se desprendió de mi talón y cayó al piso, a medio centímetro de la punta de su zapato.
Vi latir una vena en su sien.
No dijo nada. Cruzó la cocina en tres pasos, me pasó un brazo por la cintura y me levantó como si yo fuera una bolsa de mandado. Mis pies quedaron colgando. Ni siquiera grité; el "no puedes gritar" ya vivía en mi garganta.
Me llevó por el pasillo hasta mi cuarto, entró al baño y me sentó sobre el lavabo de mármol. El frío me atravesó la falda. Abrió la llave, desenganchó la regadera de mano y me apuntó a los pies.
El agua salió helada. Después tibia.
Me lavó los pies. Él. Con la mano izquierda me sostenía el tobillo y con el pulgar derecho me tallaba la planta, el talón, entre los dedos, hasta que la tierra se fue por el desagüe en hilos cafés y la piel me quedó roja. No con cuidado. Con método. Como quien limpia una herramienta que va a volver a usar.
—Yo puedo sola —murmuré.
—Cállate.
Me callé. Miré sus manos. Eran manos grandes con los nudillos marcados y una cicatriz blanca en el dorso de la derecha, y me estaban lavando los pies, y yo no entendía nada.
Cerró la llave. Apoyó las dos manos en el mármol, una a cada lado de mis caderas, y quedé encerrada entre sus brazos con el agua escurriéndome de los talones.
—¿A propósito? —Su voz era casi suave—. ¿Andas descalza por toda la casa para recordarme que no te he comprado zapatos?
—¡No! No, señor Salvatierra, yo… yo puedo andar sin zapatos. No necesito nada. De verdad.
Me miró un rato largo. La seda negra de su camisa olía a humo de cigarro y a algo verde, a bosque mojado.
—El vestido no está mal.
Lo dijo mirando el bordado del pavo real sobre mi rodilla. Me apreté la falda con las dos manos.
Algo vibró en su bolsillo. Sacó un teléfono grueso, con antena, y leyó la pantalla. Lo que fuera que decía le borró de la cara lo poco que había ahí de humano.
—Quédate en tu cuarto —dijo, ya caminando hacia la puerta—. No vuelvas a pisar lodo.
La puerta se cerró. Me quedé sentada en el lavabo con los pies limpios goteando sobre el mármol y una cuchara de sopa que nunca llegué a probar.
* * *
En la Suburban, Teo hablaba desde el asiento delantero sin voltear.
—Patrón, la escolta del norte reportó un retén a la altura del puente viejo. No era nuestro. Por la ropa y las armas, gente del Buitre.
Lucio miraba por la ventana la pared verde de la selva.
—¿Perdimos algo?
—Nada. Se replegaron cuando vieron el segundo vehículo.
—Que vaya el Chacal. Que limpie el camino y me traiga a uno hablando. —Hizo una pausa—. Y otra cosa.
—Diga, patrón.
—Mándale zapatos.
Teo esperó.
—Suela blanda —siguió Lucio—. Sin agujetas.
Pensó en una escalera, en unas agujetas sueltas, en un cuello roto. No dijo nada más, y Teo anotó en su libreta como si acabara de recibir la orden de una compra de armas.
* * *
Al atardecer tocaron a mi puerta dos muchachas de uniforme gris que no me miraron a la cara. Traían cajas. Muchas cajas.
Vestidos de lino, de algodón, de una seda tan ligera que se me resbalaba de las manos. Ropa interior en su bolsa. Todo en tonos claros, todo de mi talla, como si el taller de Bocalarga hubiera vuelto a coser toda la noche. Y en el piso del clóset, en fila, una docena de mocasines de piel con bordado a mano: hojas, flores, un pájaro azul en la punta de un par. Ninguno tenía agujetas. Ninguno tenía hebilla. Se metía el pie y ya.
Me probé uno. Me quedaba exacto.
Las muchachas se fueron sin decir palabra. Me senté en el borde de la cama con el otro mocasín en la mano y lo volteé para mirarle la suela.
Era suave. Suave como un guante. Con esa suela, la primera espina del cerro me iba a atravesar el pie.
Son zapatos para pasear, pensé. No para huir.
Lo dejé junto a su par, bien alineado, como seguramente le gustaba a él. Y decidí que al día siguiente, tempranito, iba a buscar la biblioteca.