EL PRECIO DE DESEARTE
Valeria jamás imaginó que una noche pudiera cambiar su vida para siempre.
Adrián apareció cuando ella más necesitaba respuestas… y menos podía permitirse confiar en alguien.
Él guarda un secreto.
Ella esconde un pasado.
Y entre ambos nace una atracción tan intensa como peligrosa.
Pero cuando el deseo se mezcla con mentiras, nadie sale ileso.
Porque enamorarse de Adrián no será su mayor error.
Será descubrir por qué él la eligió.
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LA VERDAD QUE UNA MADRE CALLÓ
Valeria permaneció inmóvil.
Las palabras de Isabel habían dejado la habitación en silencio.
—El hombre que mató a tu padre.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Lo conoces?
Isabel la miró con lágrimas en los ojos.
—Sí.
—Entonces dime quién es.
—No puedo.
—¡Mamá!
Isabel cerró los ojos.
—Si digo su nombre, nos encontrará.
Adrián se acercó.
—Ya nos encontró.
Isabel lo miró por primera vez.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Tú...
Adrián frunció el ceño.
—¿Me conoce?
Isabel se acercó lentamente.
—Eres el hijo de Alejandro.
Adrián quedó paralizado.
—¿Conoció a mi padre?
—Mucho más de lo que imaginas.
Nicolás intervino.
—Isabel, no tenemos tiempo.
Ella lo miró con dureza.
—Tú no tienes derecho a decirme eso.
Nicolás bajó la mirada.
—Lo sé.
Valeria observaba a ambos.
—¿Qué pasó entre ustedes?
Isabel respiró profundamente.
—Nicolás trabajaba para ellos.
—¿Para la organización?
—Sí.
Valeria retrocedió.
—Entonces todo lo que me dijo...
—No todo fue mentira —respondió Isabel—. Pero tampoco fue toda la verdad.
Nicolás aceptó el golpe en silencio.
—Yo intenté salir.
—Después de que ya era demasiado tarde.
—Lo sé.
Valeria miró a Nicolás.
—¿Tú sabías que mi madre estaba viva?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Valeria sintió una punzada en el pecho.
—¿Desde cuándo?
Nicolás no respondió.
Isabel lo hizo por él.
—Desde el principio.
Valeria cerró los ojos.
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Todos lo sabían.
Adrián se acercó.
—Yo no.
Ella lo miró.
—Tú también me ocultaste cosas.
—Sí.
Adrián no intentó defenderse.
—Pero nunca supe que Isabel estaba viva.
Isabel observó a ambos.
Entonces comprendió algo.
—Estás enamorado de mi hija.
Valeria se sonrojó.
Adrián no apartó la mirada.
—Sí.
Isabel lo estudió durante unos segundos.
—Entonces entiendes lo que significa protegerla.
—Más que nadie.
—No —respondió Isabel—. Todavía no.
Adrián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Isabel miró a Valeria.
—Porque el hombre que buscas no quiere matarte.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué quiere?
Isabel se acercó a ella.
—Quiere que recuerdes.
Valeria no entendió.
—¿Qué?
—Lo que viste aquella noche.
El recuerdo de la habitación.
La lluvia.
Su padre.
El libro.
El anillo.
Valeria llevó una mano a su cabeza.
—Yo vi algo.
Isabel asintió.
—Sí.
—¿Qué vi?
Isabel comenzó a llorar.
—Viste quién recibió la orden.
Valeria levantó la mirada.
—¿La orden de matar a mi padre?
—Sí.
—¿Y quién fue?
Isabel abrió la boca.
Pero antes de responder, un ruido seco sonó en la planta baja.
Todos se quedaron quietos.
Adrián levantó el arma.
—Hay alguien afuera.
Nicolás corrió hacia la ventana.
—No.
—¿Qué pasa?
—Son demasiados.
Isabel se acercó a la ventana y miró hacia la calle.
—Nos encontraron.
Adrián tomó la mano de Valeria.
—Tenemos que irnos.
Valeria negó con la cabeza.
—No voy a dejarla.
Isabel se acercó.
—Yo tampoco voy a dejarte.
Madre e hija se miraron.
Por primera vez, Valeria pudo ver a su madre realmente cerca.
No como un recuerdo.
No como una fotografía.
Sino como una mujer de carne y hueso que había pasado años viviendo con miedo.
Isabel tomó su rostro entre las manos.
—Perdóname.
Valeria rompió a llorar.
—Solo dime por qué te fuiste.
Isabel cerró los ojos.
—Porque aquella noche descubrí que alguien en quien confiábamos había vendido nuestras vidas.
—¿Quién?
Isabel miró hacia Adrián.
Después hacia Nicolás.
Finalmente hacia Elena.
Ninguno entendió.
—No fue Gabriel —dijo.
Valeria se quedó helada.
—¿Qué?
—Gabriel sabía demasiado. Mentía, manipulaba y cometió errores terribles. Pero no fue él quien ordenó matar a tu padre.
Adrián preguntó:
—Entonces, ¿quién?
Isabel tragó saliva.
—El hombre del anillo no era el verdadero jefe.
Silencio.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Qué acabas de decir?
—Ese hombre obedecía a alguien más.
Nicolás palideció.
—Eso es imposible.
Isabel lo miró.
—Tú nunca llegaste hasta el último nivel.
—¿Quién está arriba?
Isabel no respondió.
En ese instante, un disparo rompió una de las ventanas.
Adrián empujó a Valeria al suelo y cubrió su cuerpo con el suyo.
—¡Todos abajo!
Otro disparo.
Elena gritó.
Nicolás corrió hacia la puerta.
—¡Tenemos que salir por detrás!
Adrián ayudó a Valeria a levantarse.
Isabel tomó su mano.
—Ven conmigo.
Valeria la miró.
Por primera vez en su vida, aquella palabra tuvo un significado distinto.
Mamá.
Las dos corrieron juntas.
Pero antes de salir, Valeria miró hacia el escritorio.
Había un pequeño libro negro.
El mismo que había visto en sus recuerdos.
Se soltó de la mano de Isabel.
—¡Espera!
Corrió hacia él.
Lo tomó.
En la portada estaba grabado el símbolo del anillo.
Adrián la alcanzó.
—¡Valeria, tenemos que irnos!
Ella abrió el libro.
La primera página estaba llena de nombres.
Y en el centro había uno escrito a mano.
VALERIA.
Debajo, una fecha.
La fecha de su nacimiento.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
—¿Por qué mi nombre está aquí?
Isabel palideció.
—Porque tú no naciste por accidente.
Valeria levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
Isabel tomó el libro de sus manos.
Pero ya era demasiado tarde.
Valeria había visto una segunda línea escrita debajo de su nombre.
Una frase que jamás olvidaría:
“La niña será la llave.”
Y entonces, desde la calle, una voz masculina gritó:
—¡Entréguenme a la heredera!