Monique es médica, independiente y decidida. Después de que su ex la traicionara, tomó una resolución radical: tener un hijo sola mediante inseminación artificial en una clínica de Albania. El procedimiento salió bien —o eso creyó—, hasta que un desconocido irrumpió en la sala en el peor momento posible.
Meses después, con una bebé preciosa en brazos y una vida reconstruida al lado de su familia en casa, Monique está convencida de que lo peor ya quedó atrás. Hasta que veinte hombres armados invaden el comedor durante el desayuno.
Al frente de ellos está Drilon Meksi: segundo hijo de la mafia albanesa Exilio, ejecutor implacable y —según él— el verdadero padre biológico de Estela.
Drilon no vino solo a reclamar a su hija. Vino a llevarse a las dos.
Arrancada de su mundo y encerrada en la mansión de una de las familias más temidas de Albania, Monique descubre que su única opción es aprender a sobrevivir entre mafiosos. Pero la matriarca Hana le enseñará que las batallas más importantes no se ganan con rabia, sino con inteligencia. Que el respeto pesa más que la imposición. Y que a veces los muros más gruesos no están en las fortalezas, sino dentro de las personas.
Mientras Monique lucha por proteger a Estela y recuperar su libertad, algo inesperado empieza a crecer entre ella y el hombre que juró odiar: pequeños gestos, conversaciones honestas, un padre que arrulla a su hija con una ternura que contradice todo lo que representa.
¿Puede una mujer libre enamorarse de un mafioso sin perderse a sí misma?
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capítulo 13
DE VUELTA EN CASA DE MÓNICA Y AUGUSTO
Leon estaba tirado sobre la alfombra de la sala, rodeado de muñecas, carritos, piezas de armar y peluches. A su lado, Viviane e Ivy jugaban despreocupadas, completamente ajenas a los problemas de los adultos.
Las dos habían desarrollado una bonita amistad desde pequeñas y, cada vez que estaban juntas, parecían olvidar que vivían en casas diferentes.
LEON— Quien derrumbe la torre primero, pierde.
IVY— ¡No vale hacer trampa!
VIVIANE— ¡Yo voy a ganar!
Las dos empezaron a apilar los bloques con toda la concentración que una niña puede tener. Leon observaba la escena sonriendo, animando a las niñas mientras fingía fiscalizar las reglas del juego.
En el sofá, Mónica seguía visiblemente preocupada por su hija, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia su hijo y sus nietas.
Era imposible no sonreír viendo a Leon tan dedicado a las niñas. Su hijo podría tener todos los defectos del mundo, pero adoraba a sus hijas.
MÓNICA— Van a dejar esta sala irreconocible.
LEON— Después lo recojo todo.
MÓNICA— Eso prometes siempre.
LEON— ¿Y alguna vez no lo recogí?
Mónica sonrió.
MÓNICA— Te tardaste, pero lo recogiste.
Las niñas soltaron una carcajada. En ese instante sonó el timbre. La empleada fue a abrir. Segundos después, Muriel entró en la sala con expresión seria. Solo mostró una expresión cálida al encontrarse con Ivy.
MURIEL— Hola, mi princesa.
IVY— ¡Mami!
La niña corrió a abrazarla. Muriel le dio un beso largo en la frente antes de mirar a Leon.
MURIEL— Vine a buscarla.
LEON— ¿Ya?
MURIEL— Mañana tiene clase.
IVY— Un ratito más.
VIVIANE— Quédate.
Muriel miró a las dos niñas y terminó cediendo.
MURIEL— Diez minutos.
Las dos festejaron como si acabaran de recibir un regalo. Leon le guiñó el ojo a Muriel en agradecimiento.
Antes de que ninguna otra conversación tuviera lugar, el timbre volvió a sonar. La empleada caminó nuevamente hasta la puerta.
Esta vez tardó un poco más en volver. Cuando apareció en la sala, parecía confundida.
EMPLEADA— Señor Leon... hay una joven que quiere hablar con usted.
LEON— ¿Conmigo?
EMPLEADA— Sí. Y trae un bebé.
Leon frunció el ceño. Mónica y Muriel intercambiaron una mirada discreta.
MÓNICA— Dile que pase.
Instantes después, una joven cruzó la puerta. Aparentaba poco más de veinte años. Llevaba el cabello recogido en un moño simple y el rostro revelaba el cansancio de quien pasa noches en vela.
En brazos cargaba un bebé de aproximadamente seis meses. El niño tenía los ojos grandes, el cabello oscuro y sostenía un chupón con una de sus manitas. En cuanto entró, sus ojos encontraron a Leon.
CAMILA— ¿Te acuerdas de mí?
LEON— La verdad, no.
CAMILA— Me llamo Camila. Y este es mi hijo, Benicio. —Sonrió al bebé—. Yo le digo Beni. Y tú eres su papá.
El tiempo pareció detenerse. Leon se quedó completamente inmóvil. Mónica se llevó la mano a la boca. Muriel endureció la expresión de inmediato.
LEON— Eso es imposible.
CAMILA— No lo es.
LEON— Ni siquiera te conozco.
CAMILA— Sí me conoces.
LEON— No me acuerdo.
CAMILA— Nos encontramos hace unos meses. Fue una sola noche... pero bastó para cambiar mi vida por completo.
Leon se pasó la mano por el cabello.
LEON— De verdad no recuerdo.
MURIEL— ¿Estás segura de lo que dices?
CAMILA— Completamente segura.
MURIEL— Porque esa acusación es muy seria.
CAMILA— Lo sé.
MÓNICA— ¿Entonces por qué tardaste tanto en aparecer?
Camila bajó la vista.
CAMILA— Porque no sabía dónde encontrarlo. Lo busqué durante meses. Solo logré conseguir esta dirección hace poco. —Miró a su hijo—. No vine por dinero.
Benicio empezó a quejarse. Camila lo acomodó sobre su hombro y le hizo un cariño suave en la espalda. El bebé volvió a calmarse.
MURIEL— Entonces, ¿qué quieres?
CAMILA— Solo quiero que mi hijo sepa quién es su papá.
Leon permanecía completamente perdido. Su mirada alternaba entre Camila y el bebé. En ese momento, la puerta principal volvió a abrirse. Augusto entró cargando su portafolio de trabajo.
AUGUSTO— Buenas tardes. —Al percibir el silencio, se extrañó de inmediato—. ¿Qué pasó?
Mónica se puso de pie.
MÓNICA— Augusto... surgió una situación inesperada.
Augusto observó a todos los presentes antes de detenerse en Camila y el bebé.
AUGUSTO— ¿Alguien puede explicarme?
Camila dio un paso al frente.
CAMILA— ¿Usted es el padre de Leon?
AUGUSTO— Soy.
CAMILA— Me llamo Camila. Este es mi hijo, Benicio. También es hijo de Leon.
Augusto permaneció en silencio unos segundos. Como médico, sabía que acusaciones de ese tipo debían tratarse con responsabilidad. Como padre, también sabía que no podía condenar a su hijo sin pruebas. Se acercó con calma.
AUGUSTO— ¿Puedo ver al bebé?
CAMILA— Claro.
Augusto observó a Benicio con atención. El niño sonrió con inocencia. Augusto le devolvió la sonrisa antes de mirar a Leon.
AUGUSTO— ¿Reconoces a esta joven?
LEON— Papá... estoy intentando recordar, pero no puedo.
Augusto asintió.
AUGUSTO— Entonces no convirtamos esto en una discusión. —Se volvió hacia Camila—. ¿Aceptaría hacerse un examen de ADN?
CAMILA— Vine exactamente para eso.
AUGUSTO— Perfecto.
Dejó el portafolio sobre la mesa.
AUGUSTO— Tengo kits de recolección en el auto. Vuelvo en un minuto.
Nadie dijo una palabra mientras salía. Las únicas voces eran las de Ivy y Viviane, que observaban todo sin comprender lo que sucedía.
IVY— ¿Quién es el bebé?
VIVIANE— Es bonito.
Camila esbozó una sonrisa dirigida a las niñas.
CAMILA— Se llama Benicio.
IVY— ¿Le puedo hacer cariño?
CAMILA— Sí.
Ivy le pasó la mano delicadamente por la cabeza a Beni. Viviane hizo lo mismo. Al bebé se le iluminó el rostro al verlas.
Poco después, Augusto regresó cargando un maletín. Sacó dos kits estériles y los colocó sobre la mesa.
AUGUSTO— Vamos a hacer una recolección simple de saliva. El material será enviado al laboratorio de inmediato.
Leon respiró hondo.
LEON— Acabemos con esto de una vez.
Augusto recolectó primero el material genético de su hijo. Después se volvió hacia Camila.
AUGUSTO— ¿Puedo tomar la muestra de Benicio?
CAMILA— Claro.
El procedimiento tomó pocos segundos. Augusto identificó cuidadosamente cada muestra, selló los sobres y los guardó.
AUGUSTO— Mañana temprano esto irá al laboratorio. En cuanto el examen esté listo, tendremos la respuesta definitiva.
El silencio volvió a dominar la sala. Leon observó a Benicio una vez más. Como si sintiera esa mirada, el bebé extendió su manita hacia él.
Por instinto, Leon acercó un dedo. Benicio se lo agarró con fuerza y soltó una sonrisa tan espontánea que nadie pudo desviar la vista.
En ese instante, nadie sabía cuál sería el resultado del examen, pero era imposible negar el parecido.
Una sola certeza, sin embargo, se instaló en aquella casa.
La vida de todos estaba a punto de cambiar para siempre.