Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 22 — La mujer que debía estar muerta
Isabella seguía mirando la fotografía en su teléfono.
Una mujer mayor frente a una ventana.
Una mirada seria.
Y aquella inicial:
A.
—¿A? —murmuró Sebastián—. ¿Adriana?
Adrián negó inmediatamente.
—No.
Damián miró a Isabella.
—¿Quieres ir?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Había pasado demasiado tiempo buscando respuestas.
Ahora, por primera vez, alguien parecía estar dispuesto a dárselas.
—Sí.
Su madre se acercó.
—No deberías hacerlo.
Isabella la miró.
—¿Por qué?
—Porque si realmente es quien creo que es, nada volverá a ser igual.
—Mamá, mi vida dejó de ser igual hace mucho tiempo.
Adrián asintió.
—Tiene razón.
Su madre suspiró.
—Entonces no irás sola.
Damián inmediatamente respondió:
—Yo voy.
—Yo también —dijo Sebastián.
Daniel levantó la mano.
—Y yo.
Victoria tomó su abrigo.
—No pienso quedarme atrás.
Alexander fue el último en hablar.
—Yo conozco un camino para llegar hasta allí sin que nadie sepa dónde estamos.
Isabella miró a todos.
Por primera vez, no estaba enfrentando el misterio sola.
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La dirección enviada por el misterioso mensaje los llevó hasta una pequeña casa ubicada lejos del centro.
No parecía una mansión.
No tenía guardias.
No había cámaras visibles.
Era simplemente una casa antigua rodeada de árboles.
—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Damián.
Isabella mostró el mensaje.
—La dirección coincide.
Adrián observó la casa desde el automóvil.
—Yo me quedaré aquí.
Isabella lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque si ella realmente está aquí, probablemente quiera hablar contigo a solas.
Damián no parecía convencido.
—No me gusta.
Adrián sonrió ligeramente.
—A mí tampoco.
Isabella bajó del automóvil.
Damián la acompañó hasta la puerta.
—Si ocurre algo extraño, me llamas.
—Lo haré.
La puerta se abrió antes de que Isabella pudiera tocar.
Una mujer mayor apareció frente a ella.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco.
La mujer la observó durante varios segundos.
Después sonrió.
—Tienes los ojos de tu madre.
Isabella apenas pudo hablar.
—¿Quién eres?
La mujer abrió completamente la puerta.
—Entra.
Isabella dio un paso.
—¿Eres mi abuela?
La mujer la miró directamente.
—Sí.
Isabella quedó inmóvil.
Había imaginado ese momento muchas veces.
Pero ninguna de sus imaginaciones se parecía a la realidad.
—Creí que habías muerto.
—Eso era lo que necesitaban que creyeras.
—¿Quiénes?
Su abuela cerró la puerta.
—Los mismos que llevan años intentando controlar a tu familia.
Isabella sintió que la garganta se le cerraba.
—Necesito saberlo todo.
—Lo sé.
Su abuela caminó hacia una mesa y tomó una caja de madera.
La colocó frente a Isabella.
—Esto pertenecía a Adrián.
Isabella abrió la caja.
Dentro había fotografías, documentos y un pequeño medallón.
Pero había algo más.
Un contrato.
Isabella tomó el documento.
Reconoció inmediatamente el símbolo de la familia.
—¿Qué es esto?
Su abuela respondió:
—El primer contrato de protección.
—¿Quién lo firmó?
La mujer señaló una de las firmas.
Adrián Blackwood.
Debajo aparecía otra.
Elena Blackwood.
Y una tercera.
Isabella frunció el ceño.
—¿Quién es esta persona?
Su abuela no respondió.
Isabella volvió a mirar.
La tercera firma estaba casi completamente cubierta por tinta.
Solo podían distinguirse dos iniciales:
G. M.
Isabella sintió un escalofrío.
—Gabriel Montgomery.
Su abuela asintió.
—Él estuvo presente desde el principio.
—Entonces Gabriel no empezó a trabajar para la organización después.
—No.
—Estuvo desde antes de que yo naciera.
—Exactamente.
Isabella dejó el documento sobre la mesa.
—¿Y qué quería?
Su abuela la miró con tristeza.
—Lo mismo que quiere ahora.
—¿El archivo?
—No.
Hizo una pausa.
—Quiere controlarte a ti.
Isabella retrocedió un paso.
—¿Por qué?
Su abuela abrió la caja una segunda vez y sacó una pequeña llave metálica.
Tenía exactamente la misma forma que el símbolo del archivo.
—Porque tú no eres solamente la protectora.
Isabella miró la llave.
—Entonces, ¿qué soy?
Su abuela la observó fijamente.
—La única persona capaz de decidir quién heredará todo el patrimonio Blackwood.
Isabella quedó en silencio.
—Pero el registro decía que los tres herederos…
—El registro decía lo que necesitaba decir para mantenerlos protegidos.
—¿Entonces era falso?
—No completamente.
Su abuela colocó la llave en la mano de Isabella.
—Los tres son herederos.
—¿Y yo?
La mujer sonrió tristemente.
—Tú eres quien puede decidir qué heredero tiene derecho a reclamarlo.
Isabella miró la llave.
Entonces escucharon un ruido afuera.
Un automóvil acababa de detenerse frente a la casa.
Su abuela se puso de pie de inmediato.
—No.
—¿Qué sucede?
La mujer miró hacia la ventana.
—Nos encontraron.
Isabella se acercó.
Un automóvil negro estaba estacionado frente a la casa.
La puerta se abrió.
Y alguien bajó.
Su abuela tomó a Isabella del brazo.
—Escúchame con atención.
—¿Quién es?
La mujer palideció.
—No es Gabriel.
Isabella miró por la ventana.
La persona levantó la cabeza.
Y entonces su abuela susurró:
—Es alguien de tu propia familia.