Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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18
Marcia regresó a casa después del anochecer. Había pedido a su chofer que la dejara en la puerta de la casa de sus suegros. Al llegar, notó que el auto de su marido no estaba en la entrada: Rodrigo aún no volvía, seguramente andaba con Pamela.
—Así que estas son tus mañas, ¿no? Vagabundeando todo el día quién sabe dónde —la recibió doña Carmen en cuanto cruzó el umbral.
Marcia no le contestó. Caminó directo a su habitación y se dejó caer sobre la cama. Ya había ido a rezar antes de volver, así que no tenía más pendientes.
—¡Marcia, sal de ahí! —se escucharon golpes furiosos contra la puerta del cuarto.
Los gritos de doña Carmen le taladraban los oídos. Marcia sabía exactamente lo que su suegra iba a exigirle: que preparara la cena.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcia, asomando apenas la cabeza por la puerta entreabierta.
—Ponte a cocinar la cena de una vez. Tengo hambre —ordenó doña Carmen con su habitual altanería.
—Todavía tiene manos y pies, ¿no? Cocínese usted misma —le espetó Marcia con frialdad, y cerró la puerta de un golpe.
¡PAAAAM!
El portazo retumbó por toda la casa. Doña Carmen se quedó petrificada. No podía creer que la nuera sumisa de siempre se hubiera transformado en una fiera.
—Nuera insolente. Ya verás, le voy a contar todo a Rodrigo —bufó doña Carmen mientras se alejaba.
Volvió a la sala y se desplomó en el sofá a esperar que Rodrigo apareciera. Isabella tampoco había regresado, y don Alfonso había salido a una reunión de oración en la colonia de al lado.
A las diez de la noche, Isabella por fin llegó. Encontró a su madre con cara de pocos amigos en la sala y se sentó junto a ella.
—¿Qué te pasa, mamá? —le preguntó.
—Estoy furiosa con la sirvienta de Marcia. Se negó a cocinar la cena. ¡No he comido nada! —se quejó doña Carmen.
—¿Y Rodrigo? ¿No ha llegado? —quiso saber Isabella.
—No —respondió doña Carmen encogiéndose de hombros.
Justo en ese instante se oyó el motor de un auto afuera. Rodrigo acababa de llegar, y doña Carmen salió disparada a recibirlo.
—¿Dónde te habías metido, Rodrigo? Mira lo que hace tu esposa: se negó a cocinar. Me dejó muriéndome de hambre a propósito —doña Carmen fue directo al grano.
—¿Dónde está Marcia? —preguntó Rodrigo.
—Ahí, encerrada en su cuarto —respondió doña Carmen señalando con un gesto despectivo.
Rodrigo fue hasta la habitación e intentó girar la perilla, pero la puerta estaba cerrada con llave por dentro.
—¡Marcia, abre la puerta! —gritó.
Clic. La cerradura se abrió y Marcia apareció en el marco.
—¿Qué pasa? Llegas y te pones a gritar como un loco —le soltó Marcia sin inmutarse.
—¿Qué te pasa a ti, Marcia? ¿Por qué no cocinaste? —la encaró Rodrigo con la mirada gélida.
—No soy la empleada doméstica de esta casa. Si quieren comer, cocinen ustedes —respondió Marcia sin ceder un milímetro.
—No seas insolente, Marcia. Es tu obligación atender a mi familia —le ladró Rodrigo.
—Tú también tienes la obligación de mantenerme. Si no me das lo que me corresponde, no esperes que yo los atienda a ti ni a tu familia —replicó Marcia con aplomo.
—¡Marcia...! —bramó Rodrigo alzando la mano en el aire.
Marcia cerró los ojos, esperando que la mano de Rodrigo le cruzara la cara. Pero el golpe no llegó. La mano de Rodrigo se congeló a medio camino.
—¿Por qué te detienes? Anda, pégame. Y te juro que esto se convierte en mi prueba de violencia doméstica —lo amenazó Marcia sin un rastro de miedo en la voz.
—Escúchame bien, Marcia. Voy a casarme con Pamela, y una muerta de hambre como tú va a seguir siendo la criada de mi casa —le escupió Rodrigo con una sonrisa torcida.
—Te aseguro que vas a arrepentirte, Rodrigo. Voy a hacer que lo pierdas todo —le devolvió Marcia sin bajar la mirada.
—¿Qué puede hacer una mujer miserable como tú? —se burló Rodrigo.
—Ya lo verás. Ya verás de lo que es capaz esta mujer miserable —dijo Marcia, y le dio la espalda para entrar a su cuarto.
* * *
Cuando las primeras luces del alba se filtraron por la ventana, Marcia se levantó y rezó sus oraciones. Rodrigo no había dormido en la habitación esa noche; probablemente se había quedado en el cuarto de huéspedes. Pero a Marcia le daba igual. Se aseó, se vistió y se preparó para salir rumbo a la pastelería antes de que alguien en la casa despertara.
Se marchó cuando todos seguían dormidos. No dejó desayuno. Tampoco planchó la ropa de Rodrigo; las camisas y los pantalones seguían arrugados en el canasto. Marcia quería ver cómo se las arreglaban sin ella.
A las siete de la mañana, Rodrigo despertó. La luz del sol se colaba por las rendijas de las cortinas del cuarto de huéspedes. Se incorporó de golpe al descubrir que ya eran las siete.
—¡Marcia...! —vociferó.
Salió del cuarto y se topó con su madre, que también acababa de levantarse.
—Mamá, ¿dónde está Marcia? ¿Por qué no me despertó? —le preguntó a doña Carmen.
—No sé, acabo de abrir los ojos —respondió doña Carmen con la cara todavía hinchada de sueño.
Rodrigo irrumpió en su propia habitación. No había rastro de Marcia. Sin perder un segundo, corrió al baño. Se duchó a una velocidad récord, pero cuando salió no encontró su ropa de trabajo sobre la cama.
—Esposa inútil. Debería haberme dejado la ropa lista —refunfuñó mientras abría el clóset de par en par.
Sacó toda la ropa, prenda por prenda, pero la camisa que buscaba no aparecía. Revolvió cada percha, desparramó todo sobre la cama, y nada. Salió del cuarto hecho una tromba y llamó a su madre.
—Mamá, ¿dónde está mi ropa de trabajo? —preguntó al borde del pánico, porque se le hacía tardísimo.
—¿Y yo qué voy a saber? Pregúntale a tu esposa —le contestó doña Carmen con sequedad.
—Marcia ya se fue, mamá. No me preparó nada —respondió Rodrigo, y salió corriendo hacia el cuarto donde Marcia solía guardar la ropa sin planchar.
Volcó el canasto entero. Entre el montón de prendas limpias pero arrugadas encontró el pantalón de vestir y la camisa que necesitaba. Todo hecho un desastre, sin una sola pasada de plancha. Rodrigo sintió que las piernas le flaqueaban. Su vida era un caos sin Marcia: la esposa a la que humillaba y despreciaba a diario, junto con toda su familia.