Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 16. FANTASMAS DE ETIQUETA
Sostuve la mirada de Héctor mientras mis dedos se cerraban alrededor del hierro frío de la llave vintage. No me levanté del suelo; no lo necesitaba para demostrar mi autoridad. Le dediqué una sonrisa lenta, afilada y cargada de una promesa que hizo que su postura de suficiencia flaqueara por un momento.
—Tú lo quisiste, de la Vega —le solté, arrastrando las palabras con un tono peligrosamente suave—. Ahora atente a las consecuencias de lo que esta llave pueda abrir. Porque cuando decida usarla, no habrá jaula, ni contrato, ni farsa mediática que pueda protegerte de mí. Disfruta de tu libertad mientras puedas, esposo.
Su sonrisa ladina se congeló y un destello de pura expectación brilló en sus ojos grises antes de dar la vuelta y salir de mi habitación. Guardé la llave en el cajón de mi mesita de noche, justo debajo de mis informes financieros, sabiendo que el equilibrio de poder en el ático acababa de cambiar para siempre.
El resto de la semana pasó volando en un torbellino de balances, visitas de incógnito a mis cocinas y llamadas de auditoría para la nueva sede norte de Índigo Gastronómica. Héctor y yo apenas coincidíamos en el departamento; cuando lo hacíamos, cruzábamos saludos corteses y tazas de café mañaneras, pero la tensión del ascensor seguía flotando entre nosotros como una mecha encendida esperando la mínima chispa.
La chispa llegó el viernes por la noche.
La Fundación Benéfica Metropolitana organizaba su gala anual en el Palacio de Cristal, un evento donde la crema y nata del sector empresarial se reunía para donar dinero, lucir joyas y, sobre todo, destripar al prójimo con sonrisas hipócritas. Era nuestra primera aparición formal como matrimonio en la alta sociedad.
Terminé de retocarme el labial rojo frente al espejo de mi suite de invitados. Vestía un diseño de alta costura color azul medianoche, de corte sirena, con un escote palabra de honor que acentuaba mis clavículas y una apertura de infarto en la pierna izquierda que dejaba ver mis tacones de diseñador. Me colgué unos pendientes de diamantes discretos y salí al salón principal.
Héctor ya estaba esperándome junto al ascensor privado. Se giró al escuchar el sonido de mis tacones y se quedó completamente mudo, paralizado en mitad del salón. Llevaba un esmoquin negro clásico hecho a medida que se ajustaba a la perfección a sus hombros anchos, una camisa blanca impecable y una pajarita de seda negra. Estaba ridículamente guapo. Tenía el aspecto de un príncipe oscuro sacado de una fantasía moderna.
Nos quedamos embobados el uno con el otro durante lo que parecieron siglos, escaneándonos de arriba abajo en un silencio absoluto. Sus ojos grises se oscurecieron por completo mientras recorrían las curvas de mi vestido, y admito que mi respiración se cortó al ver lo imponente que lucía con esa ropa de gala. El aire del ático volvió a volverse irrespirable.
—Estás... jodidamente espectacular, Claudia —susurró Héctor, su voz saliendo más grave y rota de lo habitual mientras daba un paso hacia mí, ofreciéndome su brazo.
—Tú tampoco limpias mal, de la Vega —respondí, forzando una sonrisa ligera para ocultar el vuelco que acababa de dar mi corazón. Apoyé mi mano sobre su antebrazo, sintiendo el músculo firme bajo la tela del esmoquin—. Intentemos que las solteras de la gala no te arranquen el traje con la mirada. Recuerda que eres un hombre casado.
—Solo tengo ojos para mi esposa esta noche —respondió con un brillo de genuina sinceridad que me hizo desviar la mirada, nerviosa.
El Palacio de Cristal estaba iluminado por miles de velas y lámparas de araña. En cuanto entramos, los fotógrafos nos rodearon de inmediato y las conversaciones de las mesas VIP disminuyeron de volumen. Héctor me guió con una caballerosidad innata, manteniendo su mano firme en mi cintura baja, presentándome a los inversores más importantes con un orgullo que no parecía fingido para las cámaras. Por unas horas, casi me creí el cuento de hadas.
Hasta que la música clásica del salón cambió de ritmo y una voz del pasado me congeló la sangre en las venas.
—Vaya, vaya. Pero si es la pequeña Claudia jugando a ser la reina de la hostelería.
Me giré lentamente, sintiendo cómo el estómago se me caía a los pies. Frente a nosotros, sosteniendo una copa de champán y luciendo una sonrisa llena de arrogancia barata, estaba Richard.
Él había sido mi pareja formal durante mis primeros años universitarios. El hombre con el que yo, una chica ingenua, romántica y llena de inseguridades, soñaba con casarme y formar una familia. En aquel entonces, yo no era la CEO implacable de ahora; vivía locamente enamorada de él, cegada por sus palabras bonitas. No me di cuenta de que Richard solo estaba conmigo porque, como hija única, esperaba que yo heredara la fortuna tradicional de mi padre. Pero cuando terminé la carrera y decidí arriesgarme a abrir mi propia franquicia en lugar de quedarme de brazos cruzados, Richard vio que no iba a poder controlarme ni manejar mi dinero a su antojo. Me dejó de la manera más burda y dolorosa posible: engañándome en mi propia cara con la que en ese entonces era mi mejor amiga. Esa traición fue el detonante que me convirtió en la fiera sin escrúpulos que soy hoy en los negocios.
—Richard —dije, mi voz saliendo extrañamente tensa. Por un segundo, la Claudia de diecinueve años, asustada y herida, intentó asomarse detrás de mi blazer invisible.
—Me alegra ver que te has buscado un accesorio tan costoso para llamar la atención de la prensa, Claudia —dijo Richard, mirando a Héctor con un desprecio mal disimulado antes de clavar sus ojos en mí—. Aunque todos en el sector sabemos la verdad. Te casaste a la carrera en un barco de Bahamas porque tu cadena de restaurantes no es tan sólida como aparentas y necesitabas el capital de los de la Vega para no quebrar. Sigues siendo la misma chica desesperada e insegura que lloraba en los pasillos de la facultad cuando te dejé por alguien que sí valía la pena. Una mujer de negocios es un chiste si no puede retener a un hombre de verdad.
Sentí un frío glacial recorrerme la espalda. Por un instante, la fortaleza de mi imperio culinario flaqueó ante el peso de los recuerdos y las humillaciones del pasado. Di un sutil paso hacia atrás, sintiendo que el suelo se me movía.
Pero no caí.
La mano de Héctor en mi cintura se apretó con una fuerza brutal, sosteniéndome, recordándome que no estaba sola. Antes de que Richard pudiera soltar otra de sus idioteces, Héctor dio un paso al frente, interponiéndose físicamente entre ese imbécil y yo. Su estatura superaba a la de Richard por una cabeza completa, y su rostro se transformó en una máscara de pura furia aristocrática. Los ojos grises de Héctor brillaban como dos cuchillos de acero bajo las luces de la gala.
—A ver si te entiendo, muerto de hambre —la voz de Héctor sonó baja, calmada, pero cargada de una peligrosidad tan letal que varios empresarios de las mesas cercanas se giraron de inmediato—. ¿Quién te ha dado permiso para dirigirle la palabra a mi esposa?
Richard parpadeó, perdiendo un poco de su seguridad ante el aura imponente de Héctor.
—Escúchame, de la Vega, tú no sabes quién era ella antes de...
—Sé perfectamente quién es ella —lo interrumpió Héctor, dándole un empujón sutil con el hombro que obligó a Richard a retroceder dos pasos y derramar un poco de su champán—. Ella es la mujer que construyó un imperio de más de cien restaurantes mientras tú sigues mendigando invitaciones para galas benéficas a las que no perteneces. Un hombre de verdad se viste por los pies, se gana su propio dinero y respeta a la mujer que tiene al lado, no vive del recuerdo de haber lastimado a una chica universitaria para inflar su patético ego de cobarde. Si vuelves a respirar el mismo aire que mi esposa, o si te atreves a mirarla otra vez, te juro por el apellido de mi familia que mañana por la mañana tu pequeña empresa de consultoría estará en bancarrota absoluta. Ahora, lárgate de nuestra vista antes de que decida sacarte de aquí a golpes.
Richard se quedó completamente pálido, temblando de la humillación pública mientras los murmullos de los asistentes lo señalaban. Dio la vuelta a toda prisa, tragándose su orgullo, y desapareció entre la multitud de la gala como una rata asustada.
Me quedé mirando el espacio vacío, con el corazón latiéndome a mil por hora. Héctor se giró hacia mí de inmediato, ignorando por completo el circo exterior. Tomó mis dos manos entre las suyas; estaban calientes, firmes y seguras. Me miró con una ternura y una preocupación tan profundas en sus ojos grises que sentí que la última pared de mi santuario personal acababa de derrumbarse por completo. Ya no había farsa. Héctor de la Vega acababa de demostrarme que estaba dispuesto a incendiar el mundo entero solo para protegerme.