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Capítulo 10
Capítulo 10: El brazo herido
Sebastián no respondió de inmediato. Dejó la cucharita a un lado del plato, se quitó los lentes de armazón fino y los puso sobre la mesa, y se pasó dos dedos por el puente de la nariz, con los ojos cerrados un instante, como si midiera cada palabra antes de dejarla salir.
—No es que no quiera —dijo al fin, y su voz salió más baja, más despojada de su dureza habitual—. Es que estás en pleno despegue. El estudio apenas está encontrando su forma, tu nombre empieza a sonar en la plataforma, la gente empieza a buscarte por tu trabajo, no por ser mi esposa. Un hijo, ahora, te frenaría todo eso de tajo. —Alargó la mano por encima de la mesa y tomó las de ella, envolviéndolas—. Y yo no quiero ser el que te ponga el freno. No a ti.
Renata lo miró sin parpadear. En dos años de matrimonio, era lo más cercano a una confesión que había escuchado salir de esa boca parca.
—No le hagas caso a mi mamá —siguió Sebastián, sobándole los nudillos con el pulgar, despacio, un movimiento que en él era casi ternura—. Con toda su presión, con lo de los nietos, con las comparaciones. Los dos estamos jóvenes, tenemos tiempo de sobra. El hijo no es lo urgente. Lo urgente eres tú, lo que estás construyendo con tus propias manos. —Hizo una pausa, buscándole los ojos—. Y de ahora en adelante… si algo te pesa, si sientes cualquier cosa, dímelo. No te lo guardes hasta que se te hace piedra. No sé leerte cuando te callas, Jenny. Nunca he sabido.
A Renata se le aflojó algo en el pecho, un nudo viejo de dos años, y sintió que los ojos le picaban. Le apretó la mano de vuelta, fuerte.
—Está bien —dijo, con la voz un poco ronca—. Te lo voy a decir. Todo.
—¿Me lo prometes? —insistió Renata, con una vulnerabilidad que rara vez se permitía frente a él—. ¿No es que te dé… que no quieras un hijo mío en específico? Dime la verdad.
—Te lo prometo. —Sebastián le sostuvo la cara con las dos manos, algo insólito en él—. El día que tú lo quieras, y solo cuando tú lo quieras, lo tenemos. Pero que sea porque tú lo decidiste, no porque mi mamá te lo gritó en una comida. ¿Me entiendes?
Renata asintió despacio, y por primera vez en dos años sintió que ese hombre gélido no era una pared, sino alguien que también tenía miedo de romper algo.
Esa noche durmieron, por primera vez en mucho tiempo, en la misma cama y con el hielo derretido entre los dos. Sebastián se quedó del otro lado del colchón, sin cruzar la frontera invisible, respetuoso, pero antes de apagar la luz estiró el brazo y le acomodó un mechón detrás de la oreja, con la yema de los dedos, y ella lo dejó, y hasta cerró los ojos.
A la mañana siguiente, el estudio amaneció con jaleo. Tocaba la revisión anual de seguridad del aire acondicionado central: el administrador del edificio llegó temprano con dos trabajadores, escaleras de aluminio al hombro y cajas de herramientas que dejaron caer con estruendo sobre el piso. Los hombres treparon a revisar los ductos que corrían pegados al techo alto del estudio.
—Falta la broca del número dos —refunfuñó uno de los trabajadores desde arriba, escarbando sin suerte en la caja abierta—. Y un clavo de expansión. ¿Los subieron o no?
—Aquí están. —Lucas, que andaba cerca con un café en la mano, dejó la taza, se agachó al cajón de herramientas y sacó exactamente las dos piezas sin dudar un segundo, como si supiera de memoria dónde estaba cada cosa. Se las tendió al hombre y, de paso, sujetó con firmeza los dos largueros de la escalera para estabilizarla—. Yo la detengo. Súbase con confianza.
—Qué mañoso saliste, muchacho —comentó Ximena desde su mesa, divertida, sin dejar de dibujar—. ¿Dónde aprendiste todo eso? Pareces de mantenimiento.
—Desde chico —dijo Lucas, sin soltar la escalera, con la vista fija en lo alto donde el trabajador maniobraba—. Me fui solo al extranjero de adolescente, a los catorce. Ahí uno aprende de todo, por necesidad: a cocinar, a coserse un botón, a arreglar la llave que gotea, a poner un fusible. Nadie lo hace por ti cuando estás solo. —Lo dijo con una serenidad rara, plana, sin una sola gota de lástima de sí mismo, como quien recita el pronóstico del clima de una ciudad lejana.
Renata, en su mesa, se quedó con la mano quieta a medio guardar una bolsa de papel en el cajón. El lineart que tenía enfrente llevaba un buen rato sin recibir color. Lo escuchaba fingiendo que revisaba su trabajo, sin levantar la cara: ese muchacho de veinte años que hablaba de su soledad de niño como de una cuenta ya saldada, guardada bajo llave. Sin querer, dejó el pincel sobre la mesa y se olvidó de él. Se lo imaginó a los catorce, en una ciudad que no hablaba su idioma, cosiéndose un botón bajo una lámpara ajena, y algo se le apretó en el pecho, una ternura que no debía sentir y que no supo de dónde le brotaba.
—¿Y tu familia? —se oyó preguntar, en voz baja—. ¿No te acompañó nadie?
Lucas volteó a verla con una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Tengo a mi abuela. Con eso me basta. —Y volvió la vista al techo, dando por cerrada la conversación—. Cuidado ahí arriba, maestro, no se cuelgue del ducto.
Arriba, el trabajador terminó de apretar el último tornillo y empezó a bajar peldaño por peldaño. Al llegar al suelo, otro de los hombres fue a plegar la escalera de aluminio —casi dos metros de largo de puro metal— y, al levantarla de lado, el filo de acero del extremo superior se enganchó de golpe en la manga del overol del compañero. Un tirón seco. La escalera se venció de costado, se le soltó de las manos, y toda esa masa larga y filosa cayó, girando sobre su propio eje, directo hacia donde Renata seguía sentada de espaldas.
—¡Cuidado! —gritó Ximena, poniéndose de pie de un salto.
Renata alcanzó a levantar la vista por encima del hombro. Vio el destello del aluminio precipitándose sobre ella, oyó el silbido del aire, y no le dio tiempo ni de encoger el cuerpo.
Entonces algo se interpuso entre la escalera y ella.
Lucas se lanzó. Cruzó los tres pasos que los separaban en un parpadeo, metió el cuerpo entre el metal y la espalda de Renata, y recibió el golpe con el antebrazo derecho, encajándolo por debajo del peso completo de la escalera que caía. Se oyó un ruido sordo, feo, un crujido de algo que cede por dentro. La escalera rebotó contra su brazo, se desvió y fue a estrellarse contra el piso con un estrépito metálico que retumbó en todo el estudio.
Por un segundo entero, nadie respiró. El polvo del techo bajaba flotando en la luz.
—¡Lucas! —Renata se puso de pie de un salto, tirando la silla, que cayó a su vez con un golpe.
El antebrazo de él se estaba hinchando a ojos vistas, rojo, tenso, la piel estirándose, y por debajo del codo el brazo formaba un ángulo que la anatomía no permitía, torcido, mal. Un hilo de sangre asomaba y resbalaba desde donde el filo de acero le había rasgado la piel. Lucas apretaba los dientes, blanco como el papel, sosteniéndose el brazo herido con la mano sana, el sudor perlándole la frente de golpe. Pero cuando alzó la cara hacia ella, hizo el esfuerzo de sonreír.
—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz apretada, exprimida por el dolor—. ¿No te alcanzó? ¿Te tocó algo?
—¿Que si yo…? —A Renata se le quebró la voz en dos—. ¡Estás sangrando, Lucas! ¡Se te dobló el brazo! ¡No te muevas, por Dios, no lo muevas!
El estudio se convirtió en un caos en cuestión de segundos. Los dos trabajadores bajaron corriendo, atropellándose; el administrador del edificio empezó a disculparse a gritos, blanco del susto, hablando de reportes y de responsabilidades; Ximena volcó medio escritorio buscando el botiquín. Renata, con las manos temblorosas pero la cabeza extrañamente clara, fría de puro miedo, agarró lo primero rígido y firme que tenía a la mano: un álbum de arte de tapa dura, grueso, pesado. Con un cuidado casi rezado, casi religioso, lo deslizó por debajo del antebrazo hinchado de Lucas para darle soporte, y lo amarró alrededor con una tira que arrancó de una tela de limpiar pinceles, entablillando el brazo como pudo para que no se moviera ni un milímetro más.
—Aguántame tantito —le dijo, muy cerca de su cara, buscándole los ojos—. Ya está. Te llevo yo mismo, ahorita.
—Jenny, en serio, no es para tanto, seguro es un golpe nada más… —empezó él, entre dientes.
—Cállate. —Le tomó el brazo sano y se lo pasó por encima de los hombros—. Xime, tú quédate. Que el administrador llene el reporte del accidente delante de ti, con nombre y firma, y no dejes que se laven las manos ni de broma. Que respondan por esto. Yo lo llevo al Carmen.
—¡Voy contigo! —dijo Ximena, ya buscando sus llaves.
—No. Alguien tiene que quedarse aquí a poner orden y a cuidar que no se escapen. —Renata ya cargaba parte del peso del muchacho sobre su propio cuerpo, el brazo bueno de él sobre sus hombros, el costado de ambos pegados—. Yo puedo sola con él.
—No debiste —murmuró ella, con la voz rota, mientras avanzaban—. ¿Por qué te metiste? Te pudo haber partido la cabeza.
—Porque estabas tú —dijo él, simple, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. No lo pensé, Jenny. El cuerpo se movió solo.
Renata no supo qué contestar a eso. Sintió que la garganta se le cerraba, la culpa y algo más mezclados en un nudo caliente. Ese brazo torcido, esa sangre, eran por ella. Por protegerla a ella.
Lucas la miró desde arriba, apoyado en ella, y en el fondo de sus ojos, entre las muecas del dolor, cruzó por un instante algo que no era dolor. Algo tibio, quieto, satisfecho, casi dulce, que Renata —ocupada en sostenerlo, en no dejarlo caer, con el corazón desbocado— no alcanzó a ver. La luz del estudio se le prendía en el lunar de la esquina del ojo.
—Vamos —dijo ella, y lo guió paso a paso hacia la puerta del estudio, su hombro clavado bajo el brazo del muchacho herido, sin soltarlo ni un segundo—. Al hospital. Ya, ya, agárrate de mí. No te me vayas a desmayar.