Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 17
Camila
Nuestro acuerdo estaba funcionando. Mejor de lo que ambos habíamos anticipado.
Maximilian y yo habíamos delimitado reglas claras: independencia absoluta, cero escenas innecesarias y cooperación estratégica. Podíamos hacer nuestras vidas, pero compartíamos información relevante. No emociones. No reclamos. No preguntas incómodas. Al menos, esa era la teoría.
Yo sabía que la jugada de la prueba falsa iba a funcionar. Se lo había dicho a Max con absoluta seguridad. Enviaríamos una evaluación “filtrable”, diseñada para detectar traiciones internas. Él no estaba convencido del todo; confiaba más en los números que en la intuición. Yo, en cambio, conocía demasiado bien a Sebastián y a quienes orbitaban a su alrededor.
—En unas semanas lo verás —le dije—. Cuando llegue el día real de la prueba, algunos ya la tendrán. Y no por mérito.
Max solo me observó en silencio, con esa expresión suya que parecía juzgarlo todo sin emitir una sola palabra.
Ese sábado necesitaba despejar la cabeza.
Había quedado con mis amigas de la universidad para conocer un nuevo bar que acababan de abrir en Manhattan. En realidad, no estaba en el corazón financiero, sino en el Lower East Side, una zona mucho más vibrante para salir de noche. El lugar era un speakeasy moderno, escondido tras una falsa tienda de discos: luces tenues, sillones de terciopelo, barra de mármol negro y cócteles de autor. Nueva York sabía hacer eso mejor que nadie.
Me emocionaba salir. Reír. Bailar. Olvidarme por unas horas de estrategias, traiciones y alemanes demasiado atractivos para mi paz mental.
Esa noche me puse un vestido negro corto, ajustado pero elegante, con espalda descubierta; botas altas y un abrigo largo. El tipo de outfit que en Nueva York es casi un uniforme para ir de copas, pero que a mí siempre me hacía sentir poderosa.
Me despedí de Max rápidamente. Estaba en una videollamada con su socio en Alemania, hablando en un alemán tan cerrado que apenas entendía palabras sueltas. Mi papá se habría llevado las manos a la cabeza al escuchar mi pronunciación mentalmente oxidada.
—Diviértete —me dijo, sin levantar la vista de la pantalla.
—Eso planeo —respondí, sonriendo.
El bar estaba lleno. Música envolvente. Risas. Reencuentros. Empezamos con cosmopolitans, uno tras otro, entre historias antiguas y chismes nuevos. Para el cuarto trago, algo no estaba bien.
Un mareo seco me golpeó de repente.
—Voy al baño —le dije a Mary, una de mis amigas—. No me siento bien.
Ella me acompañó hasta el cubículo. Me apoyé contra la pared fría.
—Mary… no me siento nada bien —susurré.
—El cosmopolitan aquí es fuerte —respondió—. Te dije que no tomaras tantos.
—Solo fueron cuatro…
—Voy por agua. Espérame aquí.
Asentí, aunque todo empezaba a girar. El frío me atravesaba el cuerpo, los dientes me castañeteaban y mis manos temblaban sin control. Llamé a Mary, pero no respondió. Intenté salir del cubículo y mis piernas cedieron.
Caí.
Lo último que vi fueron unos pies acercándose.
Desperté con un dolor de cabeza insoportable.
El estómago revuelto. La garganta ardiendo.
No estaba en mi habitación.
Estaba en la habitación de Max.
Había una botella de agua en la mesa de noche, una toalla doblada y mi celular cargando. Vomité de nuevo y me dejé caer sobre la almohada, exhausta.
Escuché su voz desde la puerta.
—¿Cómo sigues?
—Mal… —murmuré—. ¿Qué pasó?
Se acercó despacio.
—Eso iba a preguntarte yo —dijo—. Recibí un mensaje tuyo con tu ubicación y uno que decía “ayúdame”.
Fruncí el ceño.
—No recuerdo haber enviado eso.
—No es lo peor —continuó—. Cuando llegué, estabas en el piso. Tenías el vestido desajustado y un tipo estaba intentando levantarte. No te pasó nada. Tranquila.
Sentí el calor subir por mis mejillas.
—Solo tomé cuatro cosmopolitans… —susurré—. No tiene sentido.
—Lo sé —respondió—. Has vomitado mucho. Necesitas comer y descansar.
—¿Por qué estoy en tu habitación?
Me miró con una mezcla de paciencia y reproche.
—¿No escuchaste nada de lo que acabo de decir? Además… no me soltabas.
—Perdón…
El médico llegó en la tarde. Me dio incapacidad por tres días. Dijo que probablemente había sido una droga nueva, cada vez más común en bares concurridos: provocaba mareo, vómitos, pérdida de memoria.
Respiré con alivio y rabia a partes iguales.
—Debes descansar —dijo Max con firmeza.
Todo el fin de semana estuvo ahí. Silencioso. Presente. Mis amigas no dejaban de escribir preguntando quién era el hombre que me había sacado cargada del bar.
No supe qué responder.
—Un amigo —dije finalmente.
Pero en el fondo sabía que ya no era solo eso.