Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.
Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.
Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.
Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.
Hasta que Dante Varela aparece.
Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.
Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.
Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.
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— Serás mi amante mantenida
Bajé las escaleras despacio, con las piernas todavía temblando, sintiendo que cada paso me alejaba un poco más de la chica que era ayer. La planta baja de la mansión era inmensa, fría, de suelos de mármol negro y paredes decoradas con cuadros caros que no entendía. El comedor era un salón aparte, con una mesa de madera oscura tan larga que parecía interminable, y al fondo, junto a la ventana panorámica que daba a los jardines, él ya estaba sentado, esperándome.
Me indicó la silla frente a él con un gesto de la mano, como si fuera lo más natural del mundo. En la mesa había fruta fresca, café recién hecho, pan, todo dispuesto con una perfección que parecía de película. Dante estaba vestido con una camisa negra impecable, el cuello desabotonado, y en su dedo anular brillaba la argolla de oro, visible, pesada, una advertencia silenciosa que no podía dejar de mirar.
—Siéntate, Lía —dijo, sirviéndose café sin levantar mucho la vista—. Desayuna. Vas a necesitar energía. Tienes una vida nueva que aprender, y no será sencilla.
Me senté en el borde de la silla, con las manos entrelazadas sobre el regazo, sin tocar nada. Lo miré, esperando, sabiendo que tenía algo más que decirme. Él tomó un sorbo de café, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco y me miró directamente a los ojos, con esa calma que me ponía los nervios de punta.
—Vamos a dejar las cosas claras desde el principio —empezó, con voz firme, como si estuviera dictando un contrato—. Serás mi amante. Y serás mi amante mantenida. Quiero que no te falte de nada. Quiero que vivas bien, que tengas ropa, que tengas dinero, todo lo que necesites. No voy a permitir que mi mujer… —hizo una pausa, corrigiéndose con una mueca de desprecio—, que mi amante tenga que trabajar ni preocuparse por facturas. Tu única obligación será estar disponible cuando yo te llame, estar aquí cuando venga, y darme lo que yo pida. A cambio, te daré una vida de lujos que ni en tus mejores sueños podrías imaginar. ¿Entendido?
Se quedó esperando. Seguro de sí mismo. Convencido de que asentiría, de que aceptaría, de que cualquier chica en mi lugar saltaría de alegría ante esa oferta. Pero yo me enderecé, respiré hondo, y dije con voz clara y firme:
—No.
Dante parpadeó. Por primera vez, su expresión se quebró. Abrió un poco los ojos, como si no hubiera escuchado bien.
—¿Cómo dices?
—Que no —repetí, con más fuerza, apretando las manos contra el regazo para que no notara que me temblaban—. No acepto. No quiero tu dinero. No quiero que me mantengas. No quiero ser tu amante mantenida. Si voy a tener que trabajar para vivir, lo haré. Tengo mi grupo, tengo mi música, tengo mi futuro. No necesito que me des nada a cambio de… de mí misma.
Se quedó mirándome unos segundos largos, en silencio, procesando lo que acababa de decirle. Y entonces, soltó una risa. Primero baja, luego más fuerte, una risa genuina, sorprendida, como si acabara de decirle la cosa más absurda que había escuchado en su vida. Se recargó en el respaldo de la silla, sacudió la cabeza divertido, y me miró con una mezcla de asombro y diversión.
—Dios mío… —murmuró, recuperándose poco a poco—. Eres increíble. ¿Lo sabías? Lía, debes ser la primera amante en la historia que rechaza el dinero y la comodidad. Normalmente vienen corriendo cuando les digo que no les faltará de nada. Tú… tú me dices que no. Qué curioso.
—No soy como las demás —respondí, aunque mi voz empezó a temblar un poco—. No quiero ser un trofeo que compraste. Si me quedo… no será por tu dinero.
Dejó de reírse poco a poco, pero la diversión seguía ahí, en la comisura de sus labios, en la forma en que me miraba con renovado interés. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos sobre la mesa, y sus ojos oscuros me recorrieron despacio, como si estuviera viéndome por primera vez de verdad.
—Ya veo —dijo, más suavemente—. Tienes orgullo. Me gusta. Es una cualidad que escasea donde yo vivo. Pero no te confundas, niña. Esto no es una negociación. Te dije que serás mantenida, y lo serás. No porque te compre, sino porque no quiero que tengas que preocuparte por nada que no sea nosotros. Tu grupo… puede seguir. Puedes cantar, puedes ensayar, puedes hacer lo que te haga feliz. Pero no trabajarás para sobrevivir. Eso es cosa mía ahora.
—No quiero que sea tu responsabilidad —insistí—. No quiero deberte nada.
—Ya me debes todo —respondió él, cortante, sin dejar lugar a dudas—. Tu seguridad, tu tranquilidad, el que tu grupito siga existiendo. Todo eso lo doy yo. Y no te pido agradecimiento. Te pido que te dejes cuidar. Si quieres seguir cantando, hazlo. Pero no digas que rechazas lo que te doy, porque no tienes opción de rechazarlo. Es tuyo, quieras o no.
Me quedé sin palabras. Quería seguir oponiéndome, quería decirle que no, que me dejara ir, que no necesitaba nada suyo… pero tenía razón. Ya no era libre de elegir. Mi libertad terminó en el instante en que él decidió que era suya. Y sin embargo, el haberlo rechazado, el haberle dicho que no, me hizo sentir que al menos una parte de mí seguía siendo mía.
—Toma —dijo, empujándome un plato con fruta hacia mí—. Come. Y escúchame bien, porque no voy a repetir las reglas. No te prohíbo nada, siempre y cuando no me falte el respeto a mí ni a mi posición. No te verás con otros hombres, no hablarás de nosotros con nadie, y cuando yo te llame, vendrás. El resto… puedes seguir siendo tú. Esa chica valiente que me dijo que no al dinero… esa es la que quiero tener a mi lado.
Tomé una manzana con manos temblorosas, sin saber si había ganado algo o si simplemente me había dado permiso para mantener mi orgullo un rato más. Él me miraba, con esa sonrisa media, divertida, intrigada, como si de repente yo le resultara mucho más interesante de lo que esperaba.
—Eres distinta, Lía —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Eso me gusta. Eso me gusta mucho.