Una venganza despiadada cambiaron el destino de Ania para siempre. Convertida en víctima de una inseminación artificial, se descubrió embarazada de un completo desconocido, sin comprender cómo la crueldad humana había llegado tan lejos.
Rechazada y repudiada por su familia, no tuvo más opción que huir hacia las sombras.
Años después, el tiempo ha borrado a la joven indefensa: Ania regresa transformada en una mujer inquebrantable, sin saber que el destino le tiene preparado es un giro inesperado, en su camino se cruzará con el del verdadero padre de sus gemelos, un hombre de un poder inimaginable que jurará hacer arder a quienes se atrevieron a lastimarla.
Jairo Velarde jamás imaginó que la sangre de su sangre corría por las venas de dos pequeños inocentes. Sin embargo, al caer rendido ante el misterio y la belleza de Ania, descubrirá una verdad tan impactante que sacudirá los cimientos de su vida.
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CAPITULO 21: Pequeños celosos
Al cruzar el umbral de la villa Ania, se topó de frente con un comité de bienvenida sumamente riguroso: varias miradas sospechosas y cargadas de juicios silenciosos la recibieron desde el centro del salón.
“Hola... muy buen día a todos” saludó Ania, forzando un tono de ligereza e intentando actuar con la mayor normalidad posible, aunque sentía las mejillas tibias.
Para desviar la atención, se dirigió a toda prisa hacia el área de juego de sus hijos y se puso en cuclillas sobre la alfombra, quedando a la altura de sus pequeños.
“Hola, mis amorcitos hermosos... ¿Por qué tienen esa carita tan seria hoy?”, preguntó con voz dulce, estirando las manos para acariciar con extrema ternura esas mejillas que tanto adoraba.
En respuesta, los gemelos inflaron las mejillas y cruzaron los brazos sobre sus pequeños pechos en una sincronía idéntica.
“Mamá... ¿A dónde fuiste?”, cuestionó Adriel, entornando sus ojitos claros con una molestia.
Ania tuvo que morderse el labio inferior para contener una carcajada. El puchero y el tono de minúsculo tirano de su hijo lo hacían verse todavía más adorable de lo común.
Sin embargo, su instinto de madre le advirtió que si se atrevía a soltar una sola risa, el niño se ofendería profundamente.
“Mi amor, mamá solo salió a divertirse un ratito con Pía y Mabel” explicó, suavizando el semblante.
Ania conocía al dedillo el carácter de su hijo; Adriel era un guardián extremadamente celoso de su territorio afectivo y le desagradaba sobremanera que cualquier figura masculina se aproximara a menos de un metro de su madre.
En contraste, Lía, dotada de una dulzura conciliadora, estiró su manita y acarició el rostro de Ania con devoción “Te extrañé muchísimo, mami...”
“Yo también los extrañé con toda mi alma, mis bebés hermosos” respondió Ania, estrechándolos contra sí y depositando besos sonoros en sus cabecitas.
“Está bien, puedes salir, mamá...” sentenció Adriel, aflojando los brazos, pero manteniendo la mirada fija y severa “Pero nada de hombres. Ninguno”
Ania sintió que el rubor se le disparaba hasta la raíz del cabello, recordando con una punzada de culpa y delicia todo lo que había consumado la noche anterior en la suite del hotel.
Sus hijos poseían una agudeza mental y una madurez que muchas veces sobrepasaba la norma para su corta edad.
En más de una ocasión, en la intimidad de su alcoba, Ania sospechaba que ese temperamento indomable y calculador debía ser una herencia directa del ADN de su padre biológico; en secreto, agradecía al universo la genética impecable del hombre, pues los niños eran físicamente deslumbrantes, siendo Lía la única que guardaba un vago parecido con sus propias facciones.
“Está bien, mi rey... mi corazón y mi vida entera son y serán siempre solo de ustedes dos” prometió, envolviéndolos en un abrazo.
Los pequeños se aferraron a su cuello como koalas, negándose a romper el contacto.
“Mmm... a mí no me engañas. Tremendo revolcón le dieron a alguien anoche, se te nota de lejos” la voz mordaz de Pía, quien descendía las escaleras luciendo una bata de seda y una sonrisa cargada de puro sarcasmo.
“¡Cállate la boca, Pía!”, le siseó Ania, con el rostro encendido de absoluta vergüenza “Me voy a descansar un rato junto a mis bebes”
Sin darles espacio a más réplicas, Ania se puso en pie y subió las escaleras a toda prisa, cargando a los gemelos en brazos, ante las burlas de su hermana.
Tras compartir varias horas de sueño reparador y mimos en la cama con los pequeños, Ania se deslizó fuera de las sábanas con sigilo, dejando a Adriel y a Lía sumidos en una profunda siesta.
Su plan era bajar a la cocina por un vaso de agua, pero apenas cerró la puerta de su alcoba, una mano la tomó del antebrazo con la fuerza de una tenaza.
Pía la jaló sin contemplaciones y la arrastró literalmente por el pasillo hasta el interior de su propia habitación, cerrando el cerrojo de un golpe seco.
Sentada en el diván central se encontraba Mabel, quien custodiaba una sonrisa de complicidad absoluta.
“Muy bien, señorita, suéltalo todo ahora mismo. Somos todo oídos y no te vas a mover de ese asiento hasta que des detalles” ordenó Pía, frotándose las manos con una emoción desbordante.
Mabel asintió con la cabeza, divertida, observando a sus jefas.
Ania, viéndose acorralada, se dejó caer en uno de los sillones individuales y, suspirando hondo, comenzó a relatar la cronología de lo sucedido en el hotel... aplicando una estricta censura sobre el pacto definitivo donde ella y Jairo habían acordado darse una oportunidad real para conocerse en secreto.
Pía abrió los ojos como platos y se puso en pie de un salto limpio, interrumpiendo el relato “¡O sea que finalmente te comiste a ese bombón de alta sociedad! ¡No lo puedo creer!”
Mabel no pudo contenerse y soltó una carcajada limpia que resonó en las paredes, mientras Ania escondía el rostro entre las manos, deseando que la tierra se la tragara de la pura vergüenza.
“¡Por favor, ya cállate, Pía! No lo digas de esa manera tan vulgar” suplicó Ania con la voz ahogada.
“A ver, yo tengo una duda... y disculpa si parezco un poco atrevida” intervino Mabel, inclinándose hacia adelante con timidez, pero con los ojos encendidos de curiosidad “¿Cómo es el gran Jairo Velarde en la cama?”
“¡Exacto! Excelente y fundamental pregunta, Mabel” secundó Pía de inmediato, cruzándose de brazos con aire de jueza.
Ania las observó durante unos segundos de silencio sepulcral, debatiéndose entre la discreción y la abrumadora realidad de sus recuerdos.
Finalmente, exhaló un suspiro de total derrota, dejando caer los hombros.
“Solo les voy a decir una sola cosa... Ese hombre es un absoluto diez de diez” confesó en un susurro.
Las dos cómplices estallaron en gritos de euforia y aplausos emocionados.
Aprovechando el alboroto y la distracción del festejo, Ania se puso en pie de un salto y escapó del cuarto a toda velocidad, refugiándose en el suyo.
Esa tarde, pensaba dedicarla exclusivamente a llevar a sus pequeños a un parque infantil de la zona para respirar aire fresco.
……….
Por su parte, tras dejar a Ania en la residencia, Jairo Velarde condujo de regreso a la mansión familiar.
“Vaya, vaya... Hasta que el ilustre y ocupado CEO del Grupo Velarde se digna a recordar el camino de regreso y viene a dormir a su casa” comentó Orlando Velarde desde su sillón ortopédico, apenas divisó la silueta de su nieto cruzar el umbral del salón principal.
“Viejito de mi vida, muy buen día. ¿Cómo amaneciste hoy?”, respondió Jairo, portando una sonrisa idílica y boba que le resultaba imposible de camuflar bajo su habitual máscara de frialdad ejecutiva.
El anciano patriarca lo escaneó con sus ojos cansados pero agudos.
Su nieto jamás, en todos sus años de soltería y conquistas, había exhibido ese brillo místico y especial en la mirada. Era una luz que Orlando reconocía a la perfección.
“Ay, abuelo... te lo digo de una vez: aunque me grites, me sermonees o me agarres a golpes con tu bastón, no cambiaría absolutamente nada de lo que viví la noche de anoche” confesó Jairo, dejándose caer en el mueble contiguo, completamente suspendido en las nubes del recuerdo de Ania.
Los suspiros desbordantes de romanticismo hicieron que Orlando descifrara el panorama en un segundo. «Creo que, más pronto de lo que mis viejos huesos imaginaban, voy a tener más bisnietos corriendo por los pasillos de esta casa», pensó el anciano con una oleada de profunda felicidad interna.
Los ojos de Jairo destellaban con una intensidad que solo el amor verdadero e indomable era capaz de provocar.
Orlando ya sentía el peso de los años en los hombros y su mayor anhelo antes de partir de este mundo era contemplar a su nieto encontrando a una compañera de vida real, una mujer íntegra que sanara su soledad.
“Ya no te voy a decir nada, hijo. Ya estás bastante grande” dictaminó el anciano con voz mansa “Solo te pido que hagas las cosas bien, con honor. Mateo se fue muy molesto al colegio esta mañana; el pobre pensó que habías vuelto a tus antiguas andadas de la vida nocturna y que lo habías dejado de lado”
Jairo sintió una ligera punzada de culpa.
Asintió con seriedad, le dio un abrazo protector a su abuelo y salió de inmediato del salón para alistar sus cosas e ir a buscar a su hijo para enmendar la ausencia.
Elena y Antonia por andar humillando a Ania Juan Gallego les tendrá su buena sorpresa 😮😮
Orlando y Jairo la traición la tienen metida en su casa Olga la marioneta de Vidal será la involucrada en todo lo que hagan.
Vidal vil, asqueroso y manipulador y Rachel una putizorra, desnaturalizada y putizorra tener relaciones con ese monstruo que asco.