Tras años de haber estado perdida, Valentina Rojas aparece misteriosamente en la estación de policía asegurando que apenas recordó quien era. Ante esto sus tíos, quienes se habían quedado con toda la fortuna de sus padres, la buscan, pero solo para ser el reemplazo de su hija en un matrimonio acordado con los Alcorta, ya que todos saben que Dante Alcorta, su futuro esposo, se había vuelto loco después de un accidente.
Valentina acepta el matrimonio y al llegar a la mansión lo primero que hace es descubrir que en realidad Dante no está loco como todos creen y que todo se trata de una conspiración para apoderarse de toda la herencia Alcorta, pero valentina no permitirá esto, porque lo que nadie sabe, es que Valentina desde un inicio tenía planeado aceptar ese matrimonio y su regreso no fue una coincidencia. ¿Quién es realmente Valentina? ¿Por qué acepto el matrimonio con Dante?
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Capítulo 14
El video estaba cortado con mala intención.
Solo se oían dos frases de Valenntina:
—Si quisiera humillarte, ¿qué podrías hacer?
—¿Gateás o no? No tengo tanta paciencia.
La gente se prendió fuego.
Que los ricos eran basura. Que Galerías del Plata debía quebrar. Que una mantenida no podía tratar así a nadie. Alguien reconoció a Sofía Sanmartín y el escándalo creció.
Dante vio el video en su notebook.
No necesitó pensar mucho. Sabía de qué día era.
Entonces Marta anunció visita.
—Sebastián Sanmartín.
Sebastián entró con traje oscuro y sonrisa de rival antiguo.
—Tanto tiempo, Alcorta. Parece que resucitaste.
—Y yo pensé que, con tres años de ventaja, ya habrías logrado pisar al Grupo Alcorta. Qué decepción.
—No quise destruirlo tan rápido. Me daba pena dejarte sin techo si volvías.
—Tranquilo. Ahora que volví, los Alcorta van a pasarles por arriba.
Se miraron. Después los dos sonrieron.
Eran enemigos de mercado. También de esos hombres que se entienden demasiado bien como para fingir indiferencia.
Sebastián tendió la mano.
—Me alegra verte de pie. Competir solo aburre.
Dante le apartó la mano.
—Andá al grano. Viniste por el video.
—Eso y a comprobar si estabas entero. Pero sí, tu mujer humilló a una Sanmartín en público.
—Tu familia provocó primero. Que la haya hecho gatear y no ladrar ya fue cortesía.
La sonrisa de Sebastián se apagó.
—Le pisó la cara a mi apellido.
—Entonces explicame por qué tu apellido subió el video.
—¿Creés que soy idiota? Sofía es hija no reconocida de mi tío. No voy a incendiar a los Sanmartín por ella. Esa noche fue a llorarle a mi hermana. Yo la mandé afuera del país para evitar quilombo. Iba a hablarlo con vos en privado, pero el video apareció antes.
Dante entrecerró los ojos.
—O sea que alguien quiere que nos peleemos.
—Eso parece.
—Sacalo de redes.
—¿Yo?
—La que empezó fue tu gente.
—Si me probás que Sofía provocó primero, me encargo y además le pido disculpas a tu esposa.
Dante giró la pantalla.
El video completo acababa de aparecer en la cuenta que había difundido el recorte. Mostraba a Sofía maltratando a la empleada, quitándole una prenda a Valenntina y proponiendo la apuesta: quien perdiera debía salir casi desnuda o gatear.
Los comentarios cambiaron en minutos.
Ahora Sofía era la abusiva. Valenntina, la que la había puesto en su lugar.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Me hiciste hablar sabiendo que ya estaba resuelto.
—Uno debe cumplir su palabra.
—La voy a cumplir.
Se fue con la cara dura.
Dante, en cambio, no entendía quién había dado vuelta la tormenta tan rápido.
Valenntina entró tarareando.
Vio el video en la pantalla.
—Ah, ya lo viste.
—Está solucionado. No te preocupes.
—¿Preocuparme? Lo solucioné yo.
Dante levantó la vista.
—¿Vos?
—Entré al sitio, bajé los videos editados y subí el original. La gente puede decidir sola. No hace falta llorar en cámara.
Ese día había grabado con el broche. No porque tuviera miedo. Porque no le gustaba dejar cabos sueltos.
Dante la miró con una mezcla de orgullo y peligro.
—Mi esposa es médica de élite y encima hacker.
—Un jueguito.
Para ella lo era. Había entrado a redes internas de países enteros; una plataforma social no le movía un pelo.
—También rastreé al que mandó el video al influencer. Usaron un mail privado cifrado. La IP sale de la Costa Oeste de Estados Unidos. ¿Tenés enemigos ahí?
Dante no dudó.
—Iván Alcorta.
Iván era hijo de Patricia. Veintitrés años. Cuando Dante cayó, Bruno tomó parte del negocio local e Iván se quedó con la operación exterior. La recuperación de Dante los dejaba a todos en peligro.
Ricardo, su padre, había sido infiel desde que su madre estaba embarazada. Ella perdonó una vez, dos, veinte. Terminó hundida en tristeza. Patricia, amante paciente y conveniente, no reclamaba las escapadas de Ricardo. Por eso logró casarse con él.
Ahora su hijo pegaba desde afuera.
Patricia recibió esa mañana una llamada que le devolvió el ánimo.
—Mamá, vuelvo la semana que viene para tu cumpleaños.
—¿De verdad, Iván?
—Papá reservó el Club Dársena. Vas a tener una fiesta como corresponde. Arreglate linda.
Patricia lloró de alegría.
Tenía un hijo. Tenía respaldo. La casa no era de Valenntina.
Esa tarde volvió de compras, cargada de bolsas. Al entrar al living encontró a Valenntina en el sillón, comiendo papas fritas frente a una novela. Dante estaba a su lado.
Valenntina se rio de la pantalla.
—Mirá esa señora. Se compró medio shopping para parecer de dieciocho. Ni con milagro.
Patricia miró sus propias bolsas.
Dante ni se inmutó.
—Hay gente que adora hacer papelones.
Patricia respiró hondo.
Después notó el sofá.
—¿Dónde está el sillón que compré?
—Tirado —respondió Dante.
La casa había sido diseñada por la madre de Dante. Patricia, durante los tres años de enfermedad, había cambiado muebles y adornos como si todo fuera suyo.
—¿Y por qué están mirando la tele acá? Arriba también tienen.
—La pantalla de abajo es más grande —dijo Valenntina—. Corré un poco, me tapás.
Patricia se fue sin gritar. Pero arriba llamó al investigador privado.
—Quiero saber dónde vivió Valenntina esos diez años. Quién la crió. El pueblo, la casa, todo.
—Señora, no aparece nada más que la versión oficial: una pareja mayor de una zona rural.
—Inútil.
Si no podía encontrar pasado, lo iba a fabricar.