En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 21: La ceremonia imperial
El día de la boda comenzó con campanas.
Su sonido recorrió todo el palacio antes del amanecer y despertó a Seraphina cuando todavía la luna brillaba sobre las torres. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo, intentando recordar que aquella sería su última mañana como una joven sin corona.
Mireya y Clara entraron poco después. Traían el vestido dorado, el velo y una caja de joyas.
—Ha llegado el momento —dijo Mireya.
Seraphina se levantó sin responder.
Las doncellas la ayudaron a vestirse. La seda cayó sobre su cuerpo con suavidad y los bordados de rosas doradas resplandecieron bajo la luz de las velas. Su cabello fue recogido en un peinado elegante, adornado con pequeñas flores blancas.
Cuando se miró al espejo, apenas se reconoció.
—Parezco una emperatriz —murmuró.
—Sois hermosa —dijo Clara.
Seraphina tocó la medalla de su abuela, escondida bajo el vestido. No llevaría las joyas imperiales sobre la piel. No quería olvidar quién era.
El camino hasta el templo fue cubierto de pétalos dorados. La ceremonia se celebraría en el santuario imperial, un edificio antiguo construido sobre una colina. Miles de personas llenaban las calles de la capital y observaban el carruaje con curiosidad.
Seraphina mantuvo la espalda recta, aunque por dentro sentía que se dirigía hacia un destino del que no podría escapar.
Al llegar al templo, las puertas se abrieron.
Aurelius esperaba frente al altar.
Llevaba una túnica negra bordada con oro y una corona sencilla sobre su cabello oscuro. Su expresión era seria, pero sus ojos cambiaron cuando la vio. Durante un instante pareció olvidar a los nobles, los sacerdotes y el imperio entero.
Seraphina avanzó hacia él.
Aurelius extendió la mano.
Ella la aceptó.
Sus dedos estaban cálidos. Él los sostuvo con firmeza, pero sin apretar.
—Todavía puedes negarte —susurró.
Seraphina lo miró de reojo.
—¿Y usted todavía puede cancelar la boda?
—Sí.
—Entonces ninguno de los dos lo hará.
Una expresión difícil de descifrar cruzó el rostro del emperador.
El sacerdote comenzó el ritual. Habló sobre el imperio, los linajes y el pacto antiguo que unía sus familias. Seraphina escuchó cada palabra con el corazón acelerado.
Cuando llegó el momento de pronunciar los votos, Aurelius fue el primero.
—Prometo proteger este reino y respetar a la mujer que caminará a mi lado. No reclamaré su corazón por la fuerza ni convertiré su vida en una prisión.
Los murmullos comenzaron entre los nobles. Aquellas palabras no formaban parte del ritual tradicional.
Seraphina lo miró sorprendida.
Luego llegó su turno.
—Prometo permanecer a su lado mientras mi voluntad me lo permita. No aceptaré el silencio ni obedeceré una mentira. Si voy a ser su esposa, también seré su igual.
Aurelius sostuvo su mirada.
—Lo acepto.
El sacerdote levantó una copa de cristal llena de agua y pétalos dorados. Una gota cayó sobre la mano de Seraphina.
La medalla bajo su vestido ardió.
Aurelius se estremeció al mismo tiempo.
Las rosas talladas en las paredes comenzaron a florecer. Una luz dorada cubrió el templo y las campanas dejaron de sonar.
El sacerdote palideció.
—La magia ha reconocido la unión —susurró.
Aurelius tomó el rostro de Seraphina entre sus manos. Sus ojos se encontraron en medio del resplandor.
—¿Puedo besarte? —preguntó en voz baja.
Seraphina sintió que el corazón se le detenía.
Después de un instante, asintió.
Aurelius se inclinó y la besó suavemente. No fue un beso posesivo ni desesperado. Fue lento, cuidadoso y lleno de una emoción que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.
Cuando se separaron, las rosas doradas se cerraron.
Y bajo el templo, algo respondió con un rugido.