Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 7
Maximilian
Conseguir dónde vivir en Nueva York siempre ha sido un caos.
No importa cuántas veces lo hagas ni cuánto dinero tengas: esta ciudad se empeña en recordarte que nada es fácil. Después de varias llamadas, contratos cancelados y agentes inmobiliarios demasiado optimistas, finalmente lo logré. Un apartamento cerca de la oficina, lo suficientemente amplio, funcional y, sobre todo, bien ubicado.
No estaba dispuesto a pasar horas interminables en el tráfico infernal de Nueva York. El metro no me parecía el sistema más higiénico del mundo y, además, siempre estaba lleno de personajes… particulares. Y conseguir taxi o Uber en hora pico era casi una misión imposible.
Así que la ubicación lo era todo.
Mis cosas ya habían sido enviadas. Yo solo tenía que llegar.
El vuelo desde Berlín duró ocho horas y media. Suficiente tiempo para revisar informes, cerrar algunos pendientes y, por supuesto, no pensar en absolutamente nada personal. Eso último siempre se me daba bien.
Tomé un taxi desde el aeropuerto directo al apartamento. El conductor hablaba sin parar; yo asentía lo justo. Cuando finalmente llegamos, pagué, tomé mi maleta y subí.
Antes de poder terminar de girar la llave, la puerta se abrió de golpe desde adentro.
Me quedé inmóvil.
Frente a mí estaba ella.
La mujer con la que había pasado una noche en Berlín.
La extranjera del rave.
La desconocida que no había salido de mi cabeza… aunque me negara a admitirlo.
Sostenía un sartén como si fuera un arma letal.
Durante un segundo nos quedamos mirándonos, igual de desconcertados.
—¿Qué haces en mi casa? —dijo ella, con la voz firme y los ojos alerta.
Parpadeé una vez.
—¿Tu casa? —respondí, incrédulo—. Yo alquilé este lugar.
Ella frunció el ceño y cruzó los brazos, sin bajar el sartén.
—Pues yo también lo alquilé.
Exhalé lentamente. Esto tenía que ser una broma de muy mal gusto.
—Imposible —dije, sacando el teléfono—. Mira.
Le extendí la pantalla con el contrato firmado. Mientras lo leía, no pude evitar notar detalles que la noche no había registrado con claridad. Estaba sin sostén, los pechos que habían tocado mis manos, firmes, perfectos, su cabello recogido en un moño desordenado y llevaba una sudadera larga que le marcaba muy bien… demasiado bien… los glúteos.
Me obligué a concentrarme.
—Es igual al mío —dijo, devolviéndome el teléfono—. Llamaré al agente.
—Haré lo mismo —respondí—. Nadie me dijo que tendría roommate.
Ella soltó una risa breve, irónica.
—Créeme, tampoco es mi tipo compartir espacio con un idiota que alquila apartamentos ajenos.
Levanté una ceja.
—¿Idiota?
—Sí. El idiota que me alquiló esto —aclaró—. Aunque… la cercanía lo vale todo.
Me observó de arriba abajo, evaluándome con descaro.
—Tendrás que irte —dijo, cruzándose de brazos—. Yo llegué primero.
Sonreí de lado.
—¿Ah, sí? —respondí—. Puedo pagar más por esta pocilga si es necesario.
Ella se ofendió.
—Si es una pocilga, ¿por qué no te vas?
—Porque la necesito.
—Pues yo igual la necesito.
Silencio.
Un silencio incómodo, cargado, lleno de cosas no dichas. Ambos sacamos el teléfono al mismo tiempo y empezamos a buscar otras opciones. Apartamentos similares, misma zona, mismos precios… nada disponible de inmediato.
Genial.
—Hay otros apartamentos con las mismas características —dijo ella, sin mirarme.
—Lo sé.
Rodó los ojos, visiblemente irritada.
—Esto es ridículo.
—Coincido.
Volvió a mirarme, esta vez con una mezcla de fastidio y resignación.
—Será temporal —dijo al mismo tiempo que yo.
Nos quedamos en silencio otra vez.
No sabía qué era más absurdo: que el agente hubiera cometido semejante error… o que el destino tuviera un sentido del humor tan retorcido.
Porque de todas las ciudades del mundo…
De todos los apartamentos posibles…
De todas las personas con las que podía cruzarme…
Tenía que ser ella.
Y algo me decía que esta convivencia “temporal” iba a ser cualquier cosa menos sencilla.