Lucía lleva veinte años casada con Mariano. Juntos construyeron un hogar, criaron dos hijos y compartieron una vida llena de sacrificios, sueños y momentos inolvidables. Pero cuando él comienza a distanciarse y aparece Sofía, su joven asistente, Lucía descubre la dolorosa verdad: su marido le es infiel.
Destrozada, pero pensando en sus hijos, en su familia y en los años compartidos, decide darle una segunda oportunidad. Mariano promete cambiar. Ella vuelve a confiar en él y lucha por reconstruir su matrimonio.
Pero algunas promesas duran menos que las lágrimas que provocan.
Cuando Lucía descubre que Mariano nunca terminó realmente su relación con Sofía, comprende que ya no puede seguir viviendo entre mentiras. Esta vez no habrá otra oportunidad.
Frente a la traición, tendrá que elegir entre seguir siendo la mujer que sostiene un matrimonio roto o convertirse en la mujer que finalmente se elige a sí misma.
Porque cuando la confianza muere, el amor ya no puede salvarlo todo.
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Sonreír… aunque se rompa por dentro
Todo en casa parecía estar en su lugar: las cortinas bien puestas, los platos limpios brillando en la repisa, las fotos de las vacaciones familiares colgadas en las paredes mostrando sonrisas perfectas, la mesa puesta con esmero como siempre hacía desde que se casaron. Cualquier extraño que entrara diría que allí vivía la felicidad completa, esa que todos envidian y pocos consiguen. Solo Lucía sabía la verdad terrible: que por fuera todo seguía igual… mientras por dentro ella se desmoronaba pedazo a pedazo, sin ruido, sin que nadie lo notara, ahogándose en su propio dolor cada hora que pasaba.
Lo más duro de todo no eran las ausencias, ni las mentiras descubiertas, ni el perfume extraño que quedaba pegado a su ropa: lo más cruel era tener que fingir que nada ocurría delante de sus propios hijos, de la gente que los conocía como la pareja que nunca se separaría. Cada mañana se levantaba antes que el sol para lavarse las lágrimas antes de que alguien pudiera verlas; se ponía la mejor de sus sonrisas, esa que aprendió a usar para ocultar las tormentas; y hablaba con voz tranquila, serena, como si su corazón no estuviera hecho trizas minuto tras minuto.
—¿Estás bien, mamá? —le preguntaba su hija, acercándose a veces con esa mirada atenta que solo tienen los hijos cuando algo cambia en el aire—. Te veo… como más callada últimamente.
Y ella debía tragarse el nudo gigante que le cerraba la garganta hasta doler físicamente, acariciarle el cabello con manos que le temblaban por dentro y contestar suavemente: —Claro que sí, mi vida. Solo estoy un poquito cansada, nada más. El trabajo de la casa, ya sabes cómo es. No te preocupes por mí.
Decía esas palabras mientras sentía que el pecho le estallaba: ¿Cansada? No estoy cansada… estoy rota. Estoy herida hasta lo más hondo del alma y nadie lo ve. Estoy viendo cómo se nos va todo entre los dedos y debo callarme para no romperles el mundo a vosotros también.
Por las noches, cuando todos dormían profundamente y la casa caía en ese silencio absoluto que pesa más que cualquier grito, ahí sí se le caía la máscara sin remedio. Se quedaba sola en la oscuridad, sentada en el borde de la cama que compartía con un extraño, llorando sin hacer ruido para que nadie la oyera: lloraba hasta dolerle todo el cuerpo, hasta que le ardían los ojos y le faltaba el aire, abrazando su propio cuerpo porque ya nadie lo hacía. Se preguntaba una y otra vez hasta perder la noción del tiempo: ¿Cómo puede ser cierto? ¿El hombre que juró amarme hasta el último suspiro, el que me tomó de la mano en los momentos más difíciles, el padre de mis hijos… es el mismo que me apuñala por la espalda cuando yo no miro? ¿De verdad vale menos todo lo que construimos juntos que unos meses de risas nuevas y fáciles? ¿Dónde quedaron veinte años de lealtad jurada ante todos?
El miedo la paralizaba entera: miedo a hablar claro y que él se fuera para siempre; miedo a callar y que se vaya igual, pero despacio, llevándose todo sin decir palabra; miedo a destrozar esta familia que fue su única obsesión proteger por encima de su propia felicidad. Se decía que aguantar era ser valiente, que callar por el bien de todos era su mayor sacrificio digno… pero cada día que pasaba callando sentía que se moría un poco más, que perdía pedazos de sí misma que ya jamás recuperaría.
Lo que más dolía, lo que le hacía sangrar el alma sin cura posible, era pensar: él sabe cuánto lo amo, conoce cada debilidad mía, vio cómo di la vida entera por él… y aun así decidió herirme justo donde más duele. Lo hizo sabiendo perfectamente que me destrozaría. ¿Tan poco valgo para él después de todo? ¿Tan poca cosa soy que cree que puede traer otra vida a la nuestra y yo seguiré aquí calladita, sumisa, aceptando las migajas que le sobren?
Se abrazaba fuerte las rodillas contra el pecho, temblando de soledad aun estando rodeada de gente que supuestamente amaba: Me estoy haciendo la ciega… sí, me digo que es por vosotros, mis hijos, por todo lo que nos costó… pero en el fondo tengo miedo de ver la verdad completa. Tengo terror de confirmar que ya no soy nada para él, que alguien más joven ya ocupó mi sitio sin esfuerzo, que veinte años no bastaron para que valga la pena quedarse conmigo.
A veces entraba al dormitorio y lo veía dormir tranquilo, sin remordimientos aparentes, y sentía celos amargos: ¿cómo puede descansar quien rompe el corazón de quien le entregó el suyo entero? ¿Cómo duerme sabiendo que ella pasa las noches contando las lágrimas en lugar de ovejas? ¿No le pesa siquiera un poco destruir a quien siempre creyó en él cuando nadie más lo hacía?
—Tengo que callar… un poco más —se susurraba a sí misma con voz quebrada entre sollozos ahogados—. Solo aguanta un poco más, Lucía… por ellos… por todo lo que fuimos… quizás todavía se le pase… quizás vuelva… quizás solo estoy exagerando todo…
Pero por dentro lo sabía bien: no era miedo solo perderlo. Era el terror mucho más grande: el de perderse a sí misma en el intento de conservar algo que ya se marchitó hace tiempo, y seguir sonriendo para todos mientras su propia alma se consume lentamente en silencio absoluto, sin que nadie escuche nunca su verdadero grito.
MUCHO RELATO, MUCHA EXPLICACION. ABURRE TANTA LETRA, ESCRITORA HAGA MAS CORTA LAS SECUENCIAS..!!!