Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
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Capítulo 13
Capítulo 13 — Una línea que comienza a romperse
El miércoles por la mañana, Mateo llegó a la universidad antes de lo habitual. Había dormido poco, aunque no sabía exactamente por qué. Desde la conversación que había tenido con Alexander dos días atrás, había estado pensando demasiado.
“No sé qué significa eso.”
Aquellas palabras seguían repitiéndose en su cabeza.
Alexander había admitido que cada vez quería que Mateo estuviera más cerca.
Y Mateo había sentido exactamente lo mismo.
El problema era que ninguno sabía qué hacer con aquello.
Mateo caminó por el campus con su mochila al hombro. Cuando llegó al edificio de Arquitectura, encontró a Daniel esperándolo.
—Buenos días.
—Buenos días.
Daniel lo observó.
—Tienes cara de no haber dormido.
—Dormí.
—¿Cuánto?
Mateo dudó.
—Lo suficiente.
—Eso significa que no dormiste.
Mateo sonrió.
—¿Y tú?
—Yo sí.
Daniel levantó su café.
—Tengo café, así que estoy funcionando.
Mateo soltó una pequeña risa.
—¿Y Sophie?
—Todavía no llega.
—¿Todo bien entre ustedes?
Daniel se quedó pensando.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Mateo sonrió.
—Estás raro.
—Tú no puedes decirme eso.
Ambos comenzaron a reír.
⸻
Unos minutos después, Sophie apareció.
—Hola.
—Hola —respondieron ambos.
Sophie dejó su mochila.
—Tengo algo que contarles.
Daniel levantó una ceja.
—¿Michael?
Sophie sonrió.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Me invitó a salir otra vez.
Daniel sonrió.
—Bien.
—Pero…
—¿Pero qué?
Sophie miró a Mateo.
—No estoy segura de querer aceptar.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque me di cuenta de algo.
Daniel la observó.
—¿Qué?
Sophie respiró profundamente.
—Creo que me gusta alguien más.
Daniel se quedó completamente quieto.
Mateo abrió los ojos.
—¿Quién?
Sophie negó con la cabeza.
—Todavía no quiero decirlo.
Daniel intentó sonreír.
—Está bien.
Pero algo en su expresión había cambiado.
Mateo lo notó.
⸻
Durante la primera clase, Daniel estuvo más callado de lo normal.
Sophie también.
Mateo los observó desde su asiento.
Algo había cambiado después de aquella conversación.
No sabía qué.
Pero podía sentirlo.
Cuando terminó la clase, Sophie se acercó a Daniel.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
—Estoy bien.
Sophie lo miró.
—¿Estás molesto por lo que dije?
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Daniel sonrió.
—Nada.
Sophie suspiró.
—No tienes que fingir conmigo.
Daniel la miró.
—No estoy fingiendo.
Ella asintió.
—Está bien.
Se alejó.
Daniel la observó.
Por primera vez comenzó a preguntarse si quizá había entendido demasiado tarde lo que sentía.
⸻
Al mediodía, Alexander apareció en la cafetería.
—Hola.
Mateo sonrió.
—Hola.
Alexander se sentó junto a él.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí.
Alexander sonrió.
—Te extrañé.
Mateo levantó la mirada.
Alexander pareció darse cuenta de lo que había dicho.
—Quiero decir…
Mateo sonrió.
—Entendí.
Alexander también sonrió.
Daniel y Sophie se miraron.
—Nosotros vamos por comida —dijo Daniel.
—Ya tenemos comida —respondió Mateo.
—Quiero otra cosa.
Sophie se levantó.
—Yo también.
Los dos se alejaron.
Alexander los observó.
—¿Qué les pasa?
Mateo se encogió de hombros.
—No sé.
—Están raros.
—Sí.
⸻
Cuando se quedaron solos, Alexander bajó la voz.
—Tengo que decirte algo.
Mateo lo miró.
—¿Qué?
—Voy a empezar a trabajar con mi padre.
Mateo suspiró.
—¿Cuándo?
—Esta semana.
—¿Y tus clases?
—Voy a intentar hacer ambas cosas.
—Eso va a ser difícil.
—Lo sé.
Mateo lo observó.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo?
Alexander negó con la cabeza.
—No.
—Entonces…
—Pero no quiero seguir peleando con él.
Mateo guardó silencio.
—Tal vez necesito demostrarle que puedo hacerlo.
—¿Y si después no te deja salir?
Alexander sonrió.
—Entonces necesitaré que me recuerdes quién soy.
Mateo lo miró.
—Siempre.
Alexander sostuvo su mirada.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
⸻
Por la tarde, Alexander tuvo su primer día en la oficina.
Richard le asignó un despacho pequeño.
No era el suyo.
No era el de Ethan.
Era una oficina preparada específicamente para él.
—Aquí trabajarás —dijo Richard.
Alexander dejó su mochila.
—Está bien.
—Ethan te ayudará.
Ethan apareció detrás de ellos.
—Bienvenido al mundo real.
Alexander sonrió.
—Qué emocionante.
Ethan soltó una risa.
—No te preocupes. Yo también odiaba esto al principio.
Alexander lo miró.
—¿Y ahora?
Ethan se encogió de hombros.
—Ahora lo entiendo.
—¿Te gusta?
Ethan tardó en responder.
—Eso es más complicado.
Alexander lo observó.
—¿Tú tampoco querías esto?
Ethan negó con la cabeza.
—No exactamente.
Alexander se sorprendió.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque no importa.
—Claro que importa.
Ethan se sentó.
—Nuestro padre espera ciertas cosas de nosotros.
Alexander asintió.
—Lo sé.
—Entonces aprende a vivir con eso.
Alexander lo miró.
—No quiero aprender a vivir con algo que me hace infeliz.
Ethan se quedó callado.
—Tal vez tengas razón.
⸻
Horas después, Alexander estaba agotado.
Había pasado todo el día revisando documentos y escuchando conversaciones sobre negocios.
Cuando finalmente salió de la oficina, revisó su teléfono.
Tenía un mensaje de Mateo.
Mateo: ¿Cómo te fue?
Alexander sonrió.
Alexander: Terrible.
Mateo: ¿Tan mal?
Alexander: Mucho.
Mateo: ¿Quieres hablar?
Alexander miró la pantalla.
Alexander: Sí.
⸻
Se encontraron en una pequeña cafetería cerca de la universidad.
Mateo ya estaba ahí cuando Alexander llegó.
—Hola.
—Hola.
Alexander se sentó.
—Estoy cansado.
—Se nota.
—¿Tanto?
—Sí.
Mateo empujó una bebida hacia él.
—Te traje esto.
Alexander lo miró.
—¿Café?
—Sí.
Alexander sonrió.
—Sabes cómo hacerme feliz.
Mateo sonrió.
—No es tan difícil.
Alexander tomó un sorbo.
—Gracias.
Durante unos minutos hablaron de la oficina.
Alexander contó algunas cosas divertidas que habían ocurrido.
Mateo se rio.
Por primera vez desde que había salido del trabajo, Alexander parecía relajarse.
—Me gusta esto —dijo.
—¿El café?
—Estar contigo después de un día horrible.
Mateo bajó la mirada.
—Me gusta que puedas relajarte conmigo.
Alexander lo observó.
—Porque contigo no tengo que demostrar nada.
Mateo levantó la mirada.
—Tampoco conmigo tienes que hacerlo.
⸻
Al salir de la cafetería, comenzaron a caminar.
La noche había caído sobre la ciudad.
Las luces de los edificios iluminaban las calles.
—¿Quieres caminar un poco? —preguntó Alexander.
—Sí.
Caminaron sin rumbo durante varios minutos.
En cierto momento, Alexander rozó accidentalmente la mano de Mateo.
Ambos lo notaron.
Ninguno apartó la mano inmediatamente.
Sus dedos quedaron muy cerca.
Mateo sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Alexander también.
Finalmente, sus manos se separaron.
Ninguno comentó nada.
Pero los dos habían sentido lo mismo.
⸻
Mientras tanto, Daniel y Sophie estaban sentados frente a frente en una mesa de la biblioteca.
—¿Todavía estás molesto? —preguntó Sophie.
—No.
—Entonces dime qué pasa.
Daniel suspiró.
—No estoy molesto contigo.
—¿Entonces?
Daniel la miró.
—Creo que me sorprendió lo que dijiste.
—¿Que me gusta alguien?
—Sí.
Sophie bajó la mirada.
—¿Por qué?
Daniel se quedó callado.
—Porque pensé que…
Se detuvo.
—¿Qué pensaste?
—Nada.
Sophie lo miró fijamente.
—Daniel.
Él respiró profundamente.
—Pensé que quizá…
—¿Qué?
Daniel finalmente levantó la mirada.
—Quizá yo también siento algo por alguien.
Sophie sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
—¿Quién?
Daniel sonrió nerviosamente.
—Todavía no estoy seguro.
Sophie asintió.
—Está bien.
—¿Te molesta?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Pero ninguno parecía completamente convencido.
⸻
Al día siguiente, Mateo llegó temprano.
Encontró a Alexander en uno de los pasillos.
—Hola.
—Hola.
Alexander parecía cansado.
—¿Otra vez trabajo?
—Sí.
—¿Dormiste?
—Poco.
Mateo sonrió.
—Te estás acostumbrando a mí.
—¿A qué?
—A que te pregunte si estás bien.
Alexander sonrió.
—Me gusta.
Mateo bajó la mirada.
—A mí también me gusta preguntarte.
Alexander se quedó observándolo.
—Mateo.
—¿Sí?
—A veces siento que quiero decirte algo.
—¿Qué?
Alexander dudó.
—No sé cómo decirlo.
Mateo sonrió.
—Entonces no tienes que hacerlo todavía.
Alexander asintió.
—Gracias.
⸻
Ese mismo día, Richard recibió una llamada.
—Sí.
Escuchó atentamente.
Su expresión cambió.
—¿Estás seguro?
Volvió a escuchar.
—Entiendo.
Colgó.
Victoria entró al despacho.
—¿Qué pasó?
Richard la miró.
—Alexander está pasando demasiado tiempo con Mateo.
Victoria permaneció en silencio.
—¿Y?
Richard se levantó.
—Quiero saber exactamente quién es ese chico.
—Richard…
—No voy a hacer nada.
—Entonces ¿qué quieres?
—Solo saber con quién está relacionándose nuestro hijo.
Victoria suspiró.
—Alexander es adulto.
—Es mi hijo.
—Precisamente por eso.
Richard no respondió.
⸻
Esa noche, Mateo recibió un mensaje de Alexander.
Alexander: ¿Estás despierto?
Mateo: Sí.
Alexander: Quería decirte algo.
Mateo esperó.
Pasaron varios segundos.
Alexander: Hoy, cuando caminábamos…
Mateo sintió nervios.
Mateo: ¿Sí?
Alexander escribió.
Borró.
Volvió a escribir.
Finalmente envió:
Alexander: Me dieron ganas de tomarte de la mano.
Mateo se quedó inmóvil.
Leyó el mensaje varias veces.
No sabía qué responder.
Después escribió:
Mateo: A mí también.
Alexander vio el mensaje.
Sonrió.
Pero antes de responder, recibió otro mensaje.
No era de Mateo.
Era de su padre.
Richard: Mañana quiero conocer mejor a tu amigo.
Alexander dejó de sonreír.
Miró la pantalla.
Después volvió a abrir la conversación con Mateo.
Durante unos segundos no supo qué hacer.
Finalmente escribió:
Alexander: Tenemos que hablar mañana.
Mateo respondió:
Mateo: Claro. ¿Todo bien?
Alexander miró nuevamente el mensaje de su padre.
Richard: No quiero que haya secretos en esta familia.
Alexander apagó el teléfono.
Por primera vez, sintió que aquello que había comenzado como una amistad estaba entrando en un terreno donde ya no sería fácil esconderse.
Y lo que más miedo le daba no era lo que pudiera decir su padre.
Era descubrir cuánto estaba dispuesto a arriesgar por Mateo.