Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 3: La propuesta
El 8 de septiembre amaneció frío, con una neblina espesa que envolvía el pueblo como un manto. Yo me desperté antes que el sol, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el canto lejano de mi gallina estrella, Clara.
Hoy era el día.
En mi vida anterior, este día había sido el más feliz de Elena. Había llegado a casa con un anillo en el dedo y una sonrisa boba, y yo, ingenua, había brindado por ella, sin saber que el hombre que amaba me estaba traicionando con mi propia sangre.
Hoy, yo iba a ser la más feliz.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —me preguntó Sofía por tercera vez esa mañana, mientras nos maquillábamos en su pequeño departamento.
Yo me miré en el espejo. Llevaba un vestido negro ajustado que me había comprado con los últimos pesos que tenía —nada que ver con los vestidos sencillos y de colores claros que Lucía, la campesina buena, solía usar. El cabello lo llevaba suelto, ondulado, con un labial rojo intenso que me hacía parecer otra persona.
—Completamente segura —respondí, y mi voz no tembló—. Ellos me mataron, Sofía. Literalmente. ¿Crees que voy a tener piedad?
Ella suspiró, pero asintió. Sofía no sabía lo de la reencarnación —cómo iba a explicárselo, si ni yo misma lo entendía del todo—. Solo sabía que yo había "descubierto" a Carlos y Elena, y que quería exponerlos. Para ella, esto era solo una amiga traicionada que quería justicia.
Y lo era. Pero también era mucho más.
—La cámara está lista —dijo Sofía, tocando el pequeño bolso que llevaba al hombro—. Grabo todo en 4K. Y ya le avisé a doña Rosa, la dueña del restaurante, que reserve la mesa de al lado. Ella también odia a Carlos, ¿sabes? Le debe tres meses de renta por el local del auto lavado.
Sonreí. Doña Rosa era una mujer de carácter, y su odio por Carlos era legendario en el pueblo. Tenerla de aliada era mejor que cualquier testigo.
—Vamos —dije, tomando mi bolso—. Que los novios no me esperen.
El restaurante La Rosa Negra era el lugar más elegante de la ciudad, con manteles blancos, velas en cada mesa y un violinista que recorría los pasillos. A las siete de la tarde, el local estaba medio lleno, con parejas que cenaban en voz baja.
Carlos había reservado la mesa del fondo, la más privada, con vista al jardín. Yo me senté en la mesa de al lado, de espaldas a ellos, con un menú en la mano y el corazón latiéndome con una fuerza que dolía.
Sofía estaba en la barra, con la cámara oculta en el bolso, enfocando directamente la mesa de los novios.
A las siete y quince, entraron.
Carlos llevaba un traje azul que le quedaba grande —lo había alquilado, lo sabía, porque en mi vida anterior me había reído de él cuando me lo contó, años después, borracho en una noche de confesiones—. Elena llevaba un vestido verde que...
Apreté los dientes. Era mi vestido. El que me había regalado mi madre antes de morir. Elena se lo había llevado de mi armario, como se llevaba todo lo mío.
Se sentaron. Carlos estaba nervioso, moviendo la servilleta cada dos segundos. Elena estaba radiante, con esos ojos grandes e inocentes que usaba para conseguir lo que quería.
—¿Y por qué tan elegante hoy, Carlitos? —le preguntó ella con voz dulce, haciéndose la tonta. Él le había dicho que era una "cena de negocios".
—Porque... —Carlos se aclaró la garganta—. Porque tengo algo muy importante que decirte.
Yo sonreí contra mi copa de agua. El guion era exactamente el mismo que recordaba. Palabra por palabra.
—Elena —dijo Carlos, poniéndose de pie—. Te conocí hace dos años, y desde el primer momento supe que eras tú. La mujer de mi vida. Tú me entiendes. Tú me apoyas. Tú... tú no eres como tu hermana.
Sentí que el aire se condensaba a mi alrededor. No eres como tu hermana. En mi vida anterior, cuando me enteré de esa frase, había llorado durante tres días. Ahora, solo sentí una frialdad absoluta.
Carlos se arrodilló. Sacó una pequeña cajita de terciopelo negro de su bolsillo interior. La abrió. Dentro, un anillo de plata con una piedrita diminuta.
El anillo que había comprado con el dinero de la venta de mis gallinas.
—Elena Fernández —dijo Carlos, con la voz temblorosa de quien ha practicado demasiado—. ¿Quieres casarte conmigo?
Elena se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Asintió con la cabeza, una y otra vez.
—¡Sí, sí, sí! —gritó, y se lanzó a sus brazos.
El restaurante entero aplaudió. Algunas parejas cercanas se pusieron de pie. El violinista empezó a tocar una melodía romántica.
Y yo me levanté.
—Qué bonito —dije en voz alta, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, caminando hacia su mesa—. De verdad, qué escena más hermosa.
Carlos se puso pálido al verme. Elena soltó un grito ahogado.
—L-Lucía —tartamudeó Carlos, poniéndose de pie de un salto—. ¿Qué... qué haces aquí?
—¿Yo? —Me acerqué más, hasta estar a un metro de ellos. Todo el restaurante había dejado de hablar. Todos nos miraban—. Vengo a felicitar a mi hermanita, por supuesto. ¿O es que no ibas a invitarme a tu boda, Elena?
Elena estaba blanca como la cera. Su mano, con el anillo recién puesto, temblaba.
—Lucía, por favor, podemos hablar... —empezó Carlos, intentando tomarme del brazo.
Me aparté de su contacto como si me quemara.
—No me toques —dije, fría, y él retrocedió como si le hubiera dado una bofetada—. ¿Sabéis lo que me divierte? —continué, alzando la voz para que todo el restaurante me oyera—. Este hombre aquí presente, Carlos Méndez, es mi prometido. Sí, el mío. Llevamos cuatro años comprometidos. Cuatro años en los que yo le he dado todo: mi dinero, mi trabajo, mis gallinas, mi cama.
Un murmullo recorrió el local.
—Y ella —señalé a Elena con la cabeza, sin mirarla—. Ella es mi hermana menor. A la que yo crié desde que murió nuestra madre. A la que le compro la ropa, los libros, los zapatos. Incluso el vestido que lleva puesto hoy es mío. ¿Verdad que sí, Elena?
Elena abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Sus ojos se llenaron de lágrimas, las lágrimas de siempre, las que usaba para que todos la compadecieran.
—No llores, hermanita —le dije, y esta vez mi voz se quebró un poco, a pesar de mí—. No llores ahora. Tú no lloraste cuando te acostaste con él en mi cama. No lloraste cuando gastaste mi dinero en cenas como esta. Así que no llores ahora, que te ves muy mal.
—¡Esto es una mentira! —gritó Carlos de repente, encontrando coraje—. ¡Ella está celosa! ¡Lucía está obsesionada conmigo y no acepta que la dejé!
Ah, el guion de siempre. El hombre traicionero que llama loca a la mujer.
—¿Celosa? —Me reí, una risa clara y fuerte que resonó en todo el restaurante—. Mira esto.
Saqué mi celular y lo conecté al pequeño altavoz portátil que llevaba en el bolso —Sofía me había ayudado a prepararlo—. A los tres segundos, una voz sonó por todo el local:
"...sí, mi amor, en cuanto se lo diga a Lucía nos vamos de aquí. La vieja tonta todavía cree que me caso con ella. En cuanto venda la granja, tenemos dinero para la casa que quieres..."
Era la voz de Carlos. Una grabación de una llamada que él había tenido con Elena, tres semanas atrás. En mi vida anterior, yo la había encontrado en su celular años después, cuando ya era demasiado tarde. Esta vez, la había grabado yo misma, esperando afuera de su casa con el celular en la mano, sabiendo exactamente cuándo llamaría.
Carlos se quedó mudo. El color le desapareció por completo del rostro.
—Y hay más —dije, mientras la grabación seguía sonando—. Fotografías. Mensajes. Recibos de hotel. Todo está en este celular. Y mañana, todo llega al correo de todo el pueblo. Al del trabajo de Carlos. Al de la familia de Elena. Al de la iglesia donde querían casarse.
Me volví hacia los clientes del restaurante, que miraban boquiabiertos.
—Disculpen la interrupción —dije con una sonrisa cortés—. Sigan cenando. Y felicidades a los novios. Que sean muy felices. Se lo merecen.
Giré sobre mis talones y caminé hacia la salida. Podía sentir las miradas en mi espalda, podía oír los murmullos, podía oír a Elena llorando a gritos y a Carlos intentando explicarle a la gente que no era cierto.
No me detuve. No miré atrás.
Sofía me esperaba afuera, en la acera, con la cámara aún grabando.
—Lo lograste —susurró, con los ojos como platos—. Lo grabamos todo. Va a ser viral.
—Lo sé —respondí, respirando el aire frío de la noche.
Miré el cielo. Estaba despejado, lleno de estrellas. En mi vida anterior, esta noche me había pasado llorando en la cama de Sofía, preguntándome qué había hecho mal.
Esta noche, estaba en la calle, con el viento en el cabello y una sonrisa en los labios.
Esta noche, por primera vez en dos vidas, me sentía libre.
—Vamos —le dije a Sofía, enganchando mi brazo con el suyo—. Mañana hay trabajo. Y tengo un imperio que construir.
Lo que no sabía mientras caminábamos hacia el autobús, riendo y planeando el futuro, es que en un restaurante de la ciudad, en una mesa privada del piso superior, un hombre de traje negro y ojos oscuros había visto toda la escena desde el balcón.
Alejandro Montenegro había estado allí, cenando con un inversionista, y había presenciado cada palabra, cada gesto, cada mirada.
Y cuando yo me di la vuelta para irme, él había visto mi rostro.
Y lo había reconocido.
—¿Señor Montenegro? —dijo el inversionista, confundido al verlo de pie, mirando hacia la calle—. ¿Pasa algo?
Alejandro no respondió. Seguía mirando la puerta del restaurante, por donde yo acababa de salir, con una expresión de absoluta sorpresa mezclada con algo más.
Algo que no podía nombrar.
—Nada —dijo finalmente, sentándose de nuevo, pero su mente ya no estaba en la cena—. Nada. Continúe.
Pero en su cabeza, una sola imagen daba vueltas: el rostro de la mujer de vestido negro y labios rojos que acababa de destruir a su prometido en público.
Y la certeza, absoluta e irrefutable, de que la había visto antes.
En una fiesta. Hace tres meses. En su cama.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨