¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 9: El encuentro
Adrián no volvió a buscar a Valeria.
Pasaron los días y después las semanas. Cada vez que sentía el impulso de regresar a aquella calle, pensaba en Elena. En su respiración débil, en sus manos frías y en la forma en que sus hijos se aferraban a cualquier señal de esperanza.
Mientras Elena estuviera viva, Adrián había decidido permanecer a su lado.
No importaba cuánto extrañara a Valeria.
No importaba cuántas noches despertara pensando en ella.
No volvería a verla por voluntad propia.
Aquella mañana, Adrián llegó temprano al edificio donde funcionaba la empresa. Tenía una reunión importante con el departamento legal y varios documentos pendientes sobre su escritorio.
Intentaba concentrarse cuando su asistente le informó que una mujer había llegado para revisar los papeles de un apartamento.
—Dice que tiene una cita con el área administrativa —explicó—. Está esperando en recepción.
—Que la atiendan allí.
Adrián volvió la mirada hacia la computadora.
Entonces escuchó una voz.
—Buenos días. Vengo por la documentación del apartamento 8-B.
El cuerpo de Adrián se quedó inmóvil.
No necesitó verla para reconocerla.
Era ella.
Valeria.
Adrián salió de su oficina antes de poder pensarlo demasiado.
La encontró en el vestíbulo, de pie frente al mostrador de recepción. No llevaba la peluca roja ni los lentes de contacto verdes. Su cabello natural, largo y color miel, caía suavemente sobre su espalda.
Vestía un vestido sencillo y elegante de color azul oscuro, ceñido a la cintura, con mangas cortas y zapatos bajos. No había nada provocativo en su apariencia. Se veía serena, femenina y hermosa de una forma que lo desarmó por completo.
Valeria levantó la mirada.
Sus ojos cafés se encontraron con los de él.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
El ruido del vestíbulo pareció alejarse.
—Adrián —dijo ella finalmente.
Su nombre en la voz de Valeria le produjo una sensación dolorosa.
—Valeria.
Ella miró alrededor.
—¿Trabajas aquí?
—Soy uno de los directores.
—No lo sabía.
—Tú tampoco me habías dicho que vivías en este edificio.
—No vivo aquí todavía. Estoy intentando alquilar el apartamento.
Adrián miró los documentos que ella sostenía.
—¿Necesitas ayuda?
Valeria sonrió con cierta incomodidad.
—No vine a buscarte.
La frase no fue cruel, pero sí necesaria.
—Lo sé.
—Solo tengo que entregar unos papeles. El apartamento queda cerca del trabajo y de la escuela de Alma.
Adrián asintió.
—Es una buena zona.
—Eso me dijeron.
A pocos metros de ellos, la recepcionista fingía revisar unos documentos, aunque era evidente que escuchaba la conversación.
—Puedo pedir que te atiendan en una oficina privada —dijo Adrián.
—No hace falta.
—Valeria.
Ella lo observó con atención.
—¿Cómo está tu esposa?
La pregunta llegó antes que cualquier otra.
Adrián bajó la mirada.
—Muy débil.
—Lo siento.
—Gracias.
—¿Y tus hijos?
—Intentan acostumbrarse a algo a lo que nadie debería acostumbrarse.
Valeria apretó los documentos contra su pecho.
—No debiste venir aquella noche.
—Lo sé.
—Pero viniste.
—Sí.
—Y después desapareciste.
Adrián sintió el peso de esas palabras.
—Fue por respeto a Elena.
Valeria apartó la mirada.
—Lo imaginé.
—No quería que pensaras que te estaba utilizando.
—¿Y qué quieres que piense?
Adrián no respondió.
No podía decirle que la extrañaba. No podía decirle que había memorizado cada detalle de su rostro y que su ausencia le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No mientras Elena siguiera viva.
—No he dejado de pensar en ti —dijo finalmente.
Valeria cerró los ojos por un instante.
—No me digas eso aquí.
—Perdón.
—No quiero convertirme en una historia de pasillo.
—No lo eres.
—Pero sí soy una historia que llevas escondida.
Adrián aceptó la verdad.
La recepcionista se acercó con una carpeta.
—Señorita, el administrador puede recibirla ahora.
Valeria tomó los documentos.
Antes de marcharse, volvió a mirar a Adrián.
—No voy a esperarte.
Él asintió.
—No te lo pediría.
—Pero si algún día vuelves, no vengas buscando olvidar a tu esposa.
—No quiero olvidarla.
—Entonces ven sabiendo lo que sientes.
Valeria se alejó hacia el ascensor.
Adrián permaneció inmóvil hasta que las puertas se cerraron.
No la había buscado.
No había roto su promesa.
Pero verla de nuevo había sido suficiente para recordarle que el amor no siempre desaparece cuando uno decide mantenerse lejos.
A veces solo aprende a esperar.
Si quieres, continúo con el capítulo 10, donde Valeria comienza a mudarse al edificio y Adrián tiene que verla con frecuencia sin poder acercarse.
VALERIA
ADRIAN