Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Por elección
Nino
Fabiano está frente a la iglesia cuando llego.
No dentro.
Fuera. Esperándome.
Eso es peor.
Mattheo está a su lado.
Mi padre llega detrás de mí.
Remo también.
Cuatro hombres.
Cuatro expresiones diferentes de homicidio.
Excelente.
Bajo del coche.
Fabiano mira el reloj.
Después me mira.
—Antes de que digas nada…—empiezo.
—Voy a matarte.
—Hazlo después.
Mattheo se acerca.
—¿Dónde estabas?
—Trabajando.
—¡TE CASAS HOY!
—Lo recordé.
—¿CUÁNDO?
No contesto.
Remo empieza a reír otra vez.
Traidor.
Mattheo me señala.
—¿Cuándo, Nino?
—Con el tiempo suficiente.
Fabiano me observa. Después baja la mirada.
—¿Estás sangrando?
Mierda.
La mancha atravesó la camisa.
—No.
—Tienes sangre en el pantalón.
—Eso puede ser de otro.
—Y en la camisa.
—Esa sí es mía.
Mattheo cierra los ojos.
—Te dispararon.
—Parece que hoy todos detectan muy bien la sangre.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
Fabiano mira hacia la calle.
—Arianna todavía no llegó.
El pecho se me afloja.
No sabía que estaba tenso.
—Bien.
Fabiano me mira.
—¿Bien?
—No la hice esperar.
Todos quedan en silencio.
Mattheo niega lentamente con la cabeza.
Mi padre sonríe.
Remo también.
Fabiano parece debatirse entre golpearme o reírse.
—Entra —dice finalmente. Subo el primer escalón—. Nino. —Me giro. Fabiano está serio—. No olvides qué es esto.
Sé exactamente a qué se refiere.
No es una boda normal.
Arianna no me pertenece.
No existe una noche de bodas esperando al final.
No hay promesas que ella no haya elegido.
Hay un contrato.
Una fecha de término.
Una estrategia.
Seis meses.
—No lo olvido.
Entro.
La iglesia está casi vacía.
Así lo pidió Arianna.
Familia.
Los imprescindibles. Nadie más.
Mucho mejor.
Camino hacia el frente.
El costado me arde con cada paso.
Me coloco junto al altar.
Miro mi reloj.
Falta un minuto.
Perfecto.
Llegué.
Mattheo ocupa su lugar detrás de mí.
Se inclina.
—Hueles a pólvora.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Deberías ser más específico.
—¿Arianna sabe que estabas tomando la Sagrada Familia esta mañana?
—No.
—¿Vas a decírselo?
Miro hacia la entrada.
—Cuando pregunte.
—¿Y lo del disparo?
—Eso tampoco.
—Va a verlo.
—Tengo chaqueta.
Mattheo mira la mancha que empieza a aparecer justo debajo del botón.
—Una excelente estrategia.
—Gracias.
La música comienza.
Todo el mundo se pone de pie.
Dejo de escuchar a mi hermano.
Las puertas de la iglesia se abren y aparece Arianna.
Por un segundo se me olvida que me dispararon.
También se me olvida la Sagrada Familia.
Los muertos.
El contrato.
Los seis meses.
Todo.
Solo la miro.
Vestida de blanco.
Caminando hacia mí porque decidió hacerlo.
No porque su padre la entregara.
No porque Lucio la escogiera.
No porque nadie la obligara.
Porque ella dijo que sí.
Y, de todas las cosas que han ocurrido hoy, esa es la única que consigue ponerme realmente nervioso.
Mierda.
Quizás el disparo era la parte fácil.
Arianna avanza por el pasillo central.
Despacio.
No lleva un vestido exagerado.
No hay una cola interminable ni un velo que le cubra la cara.
Es sencillo.
Blanco.
Se ajusta a su cuerpo antes de caer suavemente hasta el suelo y deja sus hombros descubiertos.
Su cabello castaño cae en ondas por su espalda.
No sé mucho de vestidos como mis hermanos o papá que trabajan en Lusso.
Nada, en realidad.
Pero sé que no puedo dejar de mirarla.
Eso probablemente es suficiente.
—Cierra la boca —murmura Mattheo detrás de mí.
La cierro.
No sabía que estaba abierta.
—Cállate.
—No dije nada.
—Acabas de decirme que cierre la boca.
—Eso fue hace tres segundos.
Ignoro a mi hermano.
Arianna sigue acercándose.
No viene del brazo de nadie.
Eso fue decisión suya.
Cuando Fabiano preguntó ayer quién la acompañaría hasta el altar, ella simplemente respondió que podía caminar sola.
Nadie discutió.
Me gustó.
Ahora entiendo cuánto.
No hay un padre entregándola.
Nadie poniendo su mano en la mía como si estuviera transfiriendo algo que le pertenece.
Solo Arianna caminando hacia mí.
Por elección.
Cuando está suficientemente cerca consigo ver que está sonriendo.
No mucho.
Una sonrisa pequeña que aparece y desaparece porque probablemente está tan nerviosa como yo.
Eso también me gusta.
Demasiado.
Llega hasta el altar y se coloca frente a mí.
Sus ojos azules recorren mi cara.
Después bajan.
Mierda.
La sangre.
Vuelven rápidamente a mis ojos.
Levanta apenas una ceja.
Niego con la cabeza.
Después.
Sus labios se aprietan. Está intentando no sonreír.
Excelente.
Mi futura esposa lleva treinta segundos delante de mí y ya está juzgando mis decisiones.
Esto promete.
—Estás preciosa —murmuro.
Sus mejillas toman un poco de color.
—Gracias.
Después baja la voz todavía más.
—Tú también. —Mira nuevamente mi camisa—. En términos generales.
Tengo que contener la risa.
El sacerdote carraspea.
Ah.
Cierto.
Estamos aquí por algo.
Me giro. Arianna hace lo mismo.
La ceremonia empieza. No es larga. Lo pedimos así.
Ninguno de los dos quería discursos sobre matrimonios destinados a durar toda la vida mientras tenemos un contrato firmado que establece exactamente cuánto debería durar el nuestro.
Habría sido incómodo.
Seis meses.
Ciento ochenta días aproximadamente.
Menos si Arianna decide terminarlo antes.
No sé por qué vuelvo a pensar en eso ahora.
Probablemente porque el sacerdote acaba de mencionar la palabra eternidad.
Miro a Arianna. Ella también me mira.
Sé perfectamente qué está pensando.
Seis meses.
Una sonrisa amenaza con aparecer en mi boca.
Ella también tiene una.
El sacerdote nos observa.
—¿Ocurre algo?
—Nada —respondemos al mismo tiempo.
Mattheo tose detrás de mí.
No necesito mirar para saber que se está riendo.
Continúa.
Habla del respeto.
La confianza.
La libertad de elegir compartir una vida con otra persona.
Eso sí consigue mi atención.
Veo cómo Arianna deja de sonreír también.
Sus dedos están entrelazados frente a ella.
Por un segundo pienso en aquella mañana.
En su padre dentro de la casa de Fabiano.
En ella escondida en el suelo.
En cómo se cubría la cabeza.
Después la miro aquí.
De pie.
Vestida de blanco… A punto de casarse otra vez.
Solo que esta vez nadie está sujetándola.
Nadie decidió por ella.
Me pregunto si también está pensando eso.
El sacerdote pronuncia mi nombre.
Mierda.
No escuché la pregunta.
—¿Perdón?
Arianna baja la cabeza.
Mattheo suelta una carcajada.
El sacerdote consigue mantener una expresión bastante profesional.
—Le preguntaba si acepta a Arianna Falcone como su esposa.
—Ah. —Fabiano se lleva una mano a la cara—. Sí.
—Nino —susurra Arianna.
—¿Qué?
—Creo que debes decir algo más.
—¿Más que un sí?
El sacerdote me ayuda.
—Acepto —dice.
—Eso —devuelvo. Miro a Arianna—. Acepto.
Esta vez sonríe.
Mucho mejor.
Luego llega su turno.
—Arianna Falcone, ¿acepta a Nino Farina como su esposo?
Ella me mira.
Hay un segundo. Uno solo. Pero durante ese segundo ocurre algo extraño.
Sé que va a decir que sí. Simplemente lo sé.
Firmamos veintisiete páginas explicando exactamente qué significa ese sí.
Sé que no está dudando.
Y, aun así, espero.
Arianna respira.
—Acepto.
El aire vuelve a entrarme en los pulmones.
Curioso.
No sabía que lo había retenido.
Remo se acerca con los anillos.
Me entrega el suyo.
—No lo pierdas —murmura.
—Vete a la mierda.
Sonríe y vuelve a su lugar.
Tomo la mano de Arianna.
Es la primera vez que la toco desde que llegamos.
Sus dedos están fríos.
Levanta la mirada hacia mí.
—Estás congelada —susurro.
—Estoy nerviosa.
—¿Por mí?
—Por la posibilidad de que te desplomes antes de terminar.
Miro mi costado.
—Ah.
—Sí. Ah.
Deslizo el anillo por su dedo.
—Voy a intentar mantenerme consciente.
—Muy considerado de tu parte.
Se escucha una risa detrás de nosotros.
Creo que es mi madre.
Arianna toma mi anillo.
Sus manos tiemblan un poco.
No sé si por nervios o por frío. Probablemente ambas.
Cuando consigue colocarlo me mira la mano unos segundos.
Yo también.
Casado.
Extraño.
No siento nada diferente.
Entonces miro a la mujer delante de mí… Quizás ahora siento algo un poco diferente.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos
a disfrutar al bombocito de Farina
🥺🥺🥺 nino tan tierno con tanta espera 💪💪💪Ary muy bien
ya no se contengan desaten todo su amor 💗💗💗💗 porque dense cuenta es amor un amor real del bueno sincero puro hermoso 😌
ella celosa
y el a la única que desea es a ella 😆😆😆😆 toda esta tensión me va a dar un infarto