Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 21: El eco en la sangre
El candelabro de plata proyectaba sombras alargadas y temblorosas sobre los estantes de madera de la biblioteca prohibida del palacio, un sótano oculto tras los archivos oficiales al que solo la línea directa del Emperador tenía acceso. Vivianne repasaba los lomos de cuero gastado con dedos ávidos, ignorando el polvo que flotaba en el aire estancado de la madrugada. El destello carmesí que había visto en su propio reflejo seguía quemándole la mente; necesitaba respuestas que la lógica de la corte no podía darle.
Finalmente, sus manos se detuvieron en un tomo encuadernado en piel oscura, desprovisto de título, cuyas hojas de pergamino amarillento amenazaban con romperse al tacto. Pasó las páginas con cuidado, guiada por un instinto que parecía latir desde sus propias venas, hasta que un pasaje manuscrito en tinta de ceniza capturó su atención por completo.
*«Las Almas Enlazadas por la Sangre»*, rezaba el antiquísimo texto, traduciendo una doctrina olvidada por los eruditos del imperio. *«Cuando dos voluntades quiebran el orden natural, regresando de las fauces de la muerte, o cuando sellan un pacto de sangre de linaje real, sus esencias quedan unidas por un hilo invisible. La sangre de uno buscará el eco de la otra; compartirán el dolor, reflejarán sus instintos y sus almas se conectarán de forma mística, convirtiéndose en un solo latido que desafía al tiempo».*
Vivianne dejó caer el libro sobre la mesa de lectura, con el corazón dándole un vuelco violento. No era una alucinación. Su regresión temporal la había encadenado a Stefan de una manera mucho más profunda y peligrosa de lo que jamás imaginó.
Dos horas más tarde, instalada en la seguridad de sus aposentos privados, Vivianne permanecía sentada frente al tocador, vestida con un camisón de seda blanca que contrastaba con la palidez de su rostro. La inquietud le impedía conciliar el sueño. De pronto, una sutil corriente de aire gélido agitó las cortinas de terciopelo de su balcón principal. El sonido imperceptible de una bota pesada tocando la barandilla de piedra hizo que Vivianne se pusiera de pie de golpe, llevando una mano a la pequeña daga que ocultaba bajo su almohada.
Una silueta alta e imponente emergió de las sombras de la terraza, despojándose de una capa de viaje empapada por el rocío de la noche.
Era Stefan. El Gran Duque había cabalgado desde las fronteras del norte en absoluto secreto, burlando la seguridad de la guardia imperial solo para llegar a ella. Su cabello negro estaba sutilmente desordenado y sus ojos rojos brillaban con una intensidad febril en la penumbra de la habitación.
—Es una audacia imperdonable entrar así a los aposentos de la Regente, duque —susurró Vivianne, forzando a su voz a recuperar el tono autoritario, aunque el pulso se le aceleraba por una razón ajena al peligro.
Stefan no se detuvo ante la reprimenda. Avanzó con pasos largos y decididos, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de ella. Al verla tan pálida, con los ojos de obsidiana cargados de una fatiga inusual, el semblante frío del guerrero se transformó en una expresión de genuina y posesiva preocupación. Levantó una mano desarmada y, desafiando todo protocolo, acunó la mejilla de Vivianne con la palma de su mano, rozando su piel con la aspereza de sus dedos curtidos.
En el instante exacto en que la piel de Stefan tocó la suya, el ardor insoportable que Vivianne sentía en sus venas se extinguió por completo. Una calidez reconfortante, profunda y magnética recorrió su cuerpo, devolviéndole el aliento. Su sangre, que antes quemaba con descontrol, se apaciguó de inmediato ante la proximidad física del Lobo del Norte, buscando su presencia como un bálsamo necesario.
Vivianne contuvo un suspiro, cerrando los ojos por un milisegundo mientras se apoyaba inconscientemente en el calor de su mano, antes de obligarse a mirarlo directamente.
—Estás pálida, Vivianne —dijo Stefan, y su voz barítona sonó como un ronroneo bajo y espeso, cargado de una intimidad que la hizo estremecer—. Sabía que algo no andaba bien. Hace dos noches, mientras me encargaba de Alexander en las mazmorras de mi fortaleza, sentí una punzada violenta en el centro de mi pecho. Un dolor abrasador que no me pertenecía, pero que reconocí de inmediato. Era tu dolor.
Stefan se inclinó un poco más, permitiendo que su aliento cálido rozara la frente de la princesa. Sus dedos se deslizaron suavemente desde su mejilla hasta enredarse en un mechón de su cabello oscuro.
—Mi sangre ardió al mismo tiempo que la tuya —confesó el duque, y un destello de oscura fascinación iluminó sus pupilas rojas—. No importa cuántas leguas nos separen, Vivianne. Sentí tu agitación en mis propias venas. Estamos vinculados de una forma que la política no puede explicar. Nuestras almas ya no están separadas.
Vivianne sintió que la distancia entre sus labios se volvía peligrosamente estrecha. La verdad de los archivos prohibidos se materializaba frente a ella: el hombre más temido del imperio estaba encadenado a su propia existencia, y ese lazo místico comenzaba a transformar su alianza en una obsesión ineludible.
felicidades por tus novelas.