Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.
Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.
Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.
Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.
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Capítulo 12
Algunos días habían pasado, y la mañana de Mónica estuvo ocupada con compromisos impostergables.
Reuniones estratégicas, ajustes en la planificación y decisiones que exigían su firma inmediata la mantuvieron atrapada en su nueva oficina, lo que complicaría un poco su día.
Esa tarde Eliot se quitaría el cabestrillo del brazo, pero el horario de la consulta se acercaba y cada nueva demanda surgía antes de que ella pudiera salir. La ansiedad era visible solo en la forma en que revisaba el reloj una y otra vez.
Fue cuando Álvaro fue a ver al niño, porque lo extrañaba, que notó la tensión de Mónica.
—¿Todo bien, querida?
—Abu —dijo estirando sus bracitos.
—Hola, grandulón —dijo tomando al bebé en sus brazos—. Tu abuelita se muere por conocerte.
—Hola, señor Álvaro. Estamos bien, es que tenía que llevar a Eliot para que le quitaran el cabestrillo, pero no tendré tiempo hoy.
—Yo puedo llevarlo. Quedé de encontrarme con mi esposa y ella quiere conocer al príncipe que encantó a todos.
—No quiero molestar.
—No será ninguna molestia. Me encanta pasar tiempo con nuestro príncipe. Vamos, Eliot —dijo saliendo con el bebé de la oficina, antes de que Mónica pudiera decir nada.
Álvaro fue con el pequeño hasta el estacionamiento, donde su esposa ya lo esperaba, y sonrió en cuanto vio al bebé.
—¿Es él?
—Te presento al futuro CEO de nuestra empresa.
—Hola, Eliot —dijo pasándole la mano por el cabello rubio.
Eliot miró a la mujer con curiosidad, como si intentara reconocerla. Después de un rato, simplemente sonrió y pidió que Leandra lo cargara, y ella más que encantada aceptó al bebé en sus brazos.
Enseguida se dirigieron al hospital. La consulta fue rápida; el médico examinó el brazo con cuidado, probó movimientos y confirmó que la recuperación era excelente.
—Listo, campeón, listo para otra.
Eliot movió el brazo recién liberado, como si descubriera una nueva parte de su propio cuerpo.
—¡Da! —balbuceó, emocionado.
—Así es, ahora puedes usar los dos para conquistar el mundo.
Después de salir del hospital, Leandra tuvo la idea de parar en el centro comercial para comer algo.
En el patio de comidas, el ambiente era de encanto puro. La pareja que siempre soñó con tener un nietito, y ahí estaba Eliot, comiendo un pedazo de pan de queso con sus manitas regordetas. Fue entonces que Álvaro tuvo una idea.
—Un hombre importante necesita un traje a la altura de la ocasión —murmuró—. ¿No crees, amor?
—Yo creo que sí —dijo mirando una sastrería que había cerca.
Caminaron hasta allá, y el sastre abrió una sonrisa al ver al pequeño cliente, que observaba el lugar.
—¿Tenemos aquí a un futuro ejecutivo?
—Mucho más que eso —respondió—. Es mi primer nieto.
—Queremos hacerle su primer traje a medida.
Eliot fue colocado cuidadosamente sobre el mostrador acolchado. La cinta métrica pasó por sus hombros, cintura y piernas. En su inocencia, Eliot encontró todo aquello extremadamente divertido.
—¡No, no! —dijo riendo, mientras Eliot intentaba jalar la cinta. El pequeño soltó una carcajada deliciosa.
—Ya quiere controlar las medidas —comentó—. Tiene espíritu de liderazgo.
El sastre mostró algunos modelos y telas a los adultos. Eligieron una tela azul marino elegante, con forro claro, algo clásico pero lo suficientemente delicado para un niño.
Fue cuando la puerta de la tienda se abrió. José entró, acomodándose los lentes, y se detuvo al reconocer a Álvaro.
—Señor Álvaro.
—José, qué sorpresa —dijo estrechando la mano del hombre.
La conversación fue cordial. Hablaron brevemente sobre la empresa, comentaron sobre la fiesta, hasta que José notó al niño.
—¿Y este pequeño caballero?
—Mi nieto.
—No sabía que Augusto era padre.
—Es una larga y bonita historia.
José se acercó despacio. Eliot lo miró fijamente, curioso. Los dos se observaron durante algunos segundos, como si algo silencioso estuviera siendo reconocido. Entonces, de repente, Eliot abrió una sonrisa enorme.
—¡Ô! —exclamó, estirando los brazos.
José no se resistió. Tomó al niño en brazos, y en cuanto lo sostuvo, sintió algo extraño en el pecho, una familiaridad difícil de explicar.
Eliot agarró el botón del saco de José y soltó una risita encantadora.
—Es simpático.
—Conquista a cualquiera.
José analizó los rasgos del niño con más cuidado.
—Se parece mucho a mi hija.
—¿A Helena?
—No, a mi hija menor. Hace algunos meses que no nos vemos —dijo, y bajó la cabeza por un segundo—. Tiene algo en la mirada... —murmuró—. Me recuerda a ella cuando era pequeña.
Eliot tocó el rostro de José con su manita, curioso.
—¡Ba! —dijo, riendo.
José rio también, completamente rendido.
—Los niños cambian todo —comentó—. Uno cree que tiene tiempo, pero el tiempo pasa.
—¿Qué pasó con tu hija?
—Nos equivocamos mucho con ella, y decidió que era mejor alejarse. La extraño tanto.
—La nostalgia es algo complicado. A veces uno no sabe cómo arreglar lo que quedó atrás.
Eliot aplaudió con sus palmitas, llamando la atención.
—Abu, mamá.
—¿Habla bastante?
—Está aprendiendo a hablar y a caminar sin caerse.
José se quedó algunos segundos en silencio, mirando al niño, recordando momentos de su pasado.
—A veces quisiera poder volver en el tiempo y cambiar muchas cosas.
El ambiente se puso un poco pesado en ese momento. Entonces Eliot hizo lo que mejor sabía hacer: inclinó la cabeza, parpadeó despacio y abrió una sonrisa tan luminosa que parecía calentar cualquier distancia. José rio, emocionado sin entender exactamente por qué.
—Eres realmente especial, chiquito.
Sin saber que sostenía en sus brazos el pedazo del tiempo que tanto extrañaba, y el destino, silencioso, esperando apenas el momento justo para que la realidad cambiara.