Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 8 EL ANGEL DE LA MUERTE
Maya abrió la puerta del edificio y salió a la calle.
No sabía adónde iba. No sabía qué buscaba. Solo sabía que no podía quedarse sentada en ese departamento de mierda viendo cómo su padre se pudría en la cárcel y su madre se moría de a poco.
Caminó por la avenida principal, la única calle del barrio que tenía luz suficiente para no sentir miedo a cada paso. Las farolas parpadeaban, algunas rotas, otras cubiertas de telarañas. Los pocos coches que pasaban aceleraban, como si temieran detenerse. Los transeúntes caminaban con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, el paso rápido.
Maya se sentía observada. No era una sensación paranoica. Era real. Dos hombres en una esquina la miraron, intercambiaron palabras que no pudo escuchar, se rieron. Su instinto le dijo que corriera. Pero no corrió.
Y entonces lo vio.
Un coche negro. No un coche cualquiera. Un Maserati, enorme, oscuro, brillante, completamente fuera de lugar en aquel barrio de casas grises y calles rotas. Estaba aparcado junto al quiosco de chucherías, como una mancha de tinta en un papel ya sucio.
Y apoyado en el capó, con un traje oscuro que cortaba la noche como un cuchillo, había un hombre.
DANTE CARUSO
Alto. Trigueño. La mandíbula cuadrada, las cejas pobladas, la nariz recta. Tenía una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, como si alguien hubiera intentado partirle la cara y no lo hubiera conseguido.
Las manos, grandes, descansaban sobre el capó del coche con una calma felina. Y los ojos... los ojos eran del color de la tormenta. Grises. Profundos. Imposibles de leer.
Dante Carusso.
Maya nunca lo había visto en persona, pero lo reconoció al instante. En su mundo, en el mundo de la alta sociedad, se hablaba de él en susurros.
El mafioso. El asesino. El hombre que salió del infierno con las manos manchadas de sangre. Las revistas de chismes le dedicaban páginas enteras, siempre con fotos borrosas tomadas desde lejos, como si fotografiarlo de cerca fuera peligroso.
Y allí estaba. A veinte metros de ella. En su barrio. En su calle.
No es casualidad, pensó Maya. Está esperando a alguien.
Dante levantó la cabeza y la miró directamente. No había sorpresa en sus ojos. Ni curiosidad. Solo una certeza fría, como si él ya supiera que ella iba a aparecer, como si hubiera estado esperando ese momento durante días.
Maya quiso dar media vuelta. Quiso correr, esconderse, volver al departamento y hacerse la dormida. Pero sus pies no la obedecieron. Se quedaron clavados al suelo, anclados por una mezcla de miedo y de algo que no podía nombrar.
Dante se incorporó lentamente. Era más alto de lo que parecía en las fotos. Mucho más alto.
Y cuando caminó hacia ella, cuando sus pasos resonaron en el asfalto roto con un eco que parecía el latido de un corazón gigante, Maya sintió que el aire se volvía más denso, más pesado, como antes de una tormenta eléctrica.
Se detuvo a un paso de ella.
La miró de arriba abajo. No era una mirada lasciva. Era una tasación. Como quien evalúa una joya antes de comprarla, sopesa su peso, examina sus defectos, calcula su valor.
—Señorita Velini —dijo, y su voz era grave, pausada, el tipo de voz que no necesita gritar para ser escuchada—. Me han dicho que busca usted quinientos mil pesos.
Maya tragó saliva. Su garganta estaba seca, Arenosa, como si hubiera estado masticando vidrio.
—¿Quién es usted?
Dante sonrió. No era una sonrisa bonita. Era afilada, peligrosa, hermosa como el acero recién templado. La sonrisa de un lobo que ha encontrado a su presa.
—Soy el hombre que puede dárselos —dijo—. Pero nada es gratis en esta vida, princesa. Eso usted ya lo está aprendiendo.
El viento del sur levantó una hoja seca del suelo. Un perro ladró a lo lejos. El quiosquero, desde su puesto, los miraba con el ceño fruncido, como si supiera que aquel encuentro no iba a terminar bien.
Maya levantó la barbilla. Su barbilla temblaba, pero no iba a bajar la mirada. No podía. Si bajaba la mirada ahora, si mostraba miedo, si se acobardaba, todo estaría perdido.
—¿Qué quiere a cambio? —preguntó, y su voz salió más firme de lo que esperaba.
Dante Carusso, el hombre más peligroso de la ciudad, la miró a los ojos y dijo la palabra que cambiaría el destino de ambos para siempre.
—Un matrimonio.
Maya parpadeó. Una vez. Dos veces.
—¿Está loco?
—Completamente —respondió Dante, y esta vez su sonrisa se ensanchó—. Pero no tan loco como para dejar que una mujer como usted termine en la calle. Usted pone su apellido, su sangre azul, su lugar en la alta sociedad. Yo pongo el dinero, la protección, y saco a su padre de la cárcel.
El mundo se detuvo. La música del barrio dejó de sonar. Los perros dejaron de ladrar. El quiosquero dejó de mirar.
Solo quedaron ellos dos, frente a frente, en una calle peligrosa, en un barrio de mierda, mientras el reloj marcaba las horas que le quedaban a Alessandro Velini antes de desaparecer en el sistema para siempre.
Maya pensó en su padre esposado. En su madre catatónica. En las amigas que la habían abandonado. En los trescientos cuarenta y siete contactos que no valían nada.
—Tengo veinticuatro horas —susurró.
—Tiene veintitrés —corrigió Dante, mirando su reloj—. El tiempo corre, princesa. ¿Qué va a ser?
Maya cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya no era la misma mujer que había salido de aquel departamento una hora antes.
Ya no era la niña de papá.
Ya no era la princesa de los Velini.
Era otra.
—Trato hecho —dijo.
Y Dante Carusso extendió la mano.
Maya la aceptó.
La mano de él era cálida, firme, y estaba llena de callos.
Las manos de los hombres de verdad, pensó Maya. Las manos de los que no han tenido nada.
Dante apretó suavemente, apenas un segundo, y luego soltó.
—Bienvenida al infierno, señorita Velini —dijo—. Voy a enseñarle cómo se sobrevive en él.