Todo comienza con un joven que vive y trabaja en el campo junto a sus padres y hermanos. Acostumbrado a los animales, la naturaleza y las largas jornadas de trabajo, nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a una hermosa mujer de la ciudad. Ella está acostumbrada a las comodidades, la tecnología y una vida completamente diferente. Sin embargo, el destino los une y, poco a poco, nace entre ellos un amor inesperado. Para estar a su lado, ella tendrá que aprender los difíciles labores del campo, enfrentarse a nuevos desafíos y descubrir que el verdadero amor puede encontrarse donde menos lo imagina.
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Capítulo 8 — Creo que estoy enamorado
Narra Elkin
Habían pasado seis meses desde aquella primera conversación con Lisseth.
Seis meses en los que nuestras conversaciones se volvieron parte de mis días. Hablábamos por WhatsApp, hacíamos videollamadas cuando teníamos tiempo y, aunque cada uno seguía con su vida, siempre encontrábamos un ratico para saber cómo estaba el otro.
Pero había algo que yo todavía no tenía claro.
No sabía si estaba enamorado.
A veces me preguntaba eso cuando estaba solo.
—¿Será que sí me estoy enamorando de ella?
Y después trataba de dejar de pensar en el tema.
Lo curioso era que, aunque estuviera ocupado trabajando en la finca, cada cierto tiempo Lisseth aparecía en mi cabeza.
Estaba arreglando una cerca y pensaba en ella.
Estaba alimentando los animales y recordaba alguna bobada que me había contado.
Incluso cuando estaba descansando, me daban ganas de mirar el celular para ver si me había escrito.
Ese día estaba sentado afuera de la casa, descansando después de ayudarle a mi papá con unas cosas. Tenía el celular en la mano, pero ni siquiera estaba viendo nada. Simplemente estaba pensando.
De pronto escuché la voz de mi cuñado.
—¿Y usted qué tiene, pues?
Levanté la mirada.
—¿Yo?
—Sí, usted. Lleva un rato ahí mirando para la nada con esa cara.
Me reí un poquito.
—No sé, hermano.
Efraín se sentó a mi lado.
—A ver, cuénteme. ¿Qué pasó?
Me quedé callado unos segundos.
No sabía por dónde empezar.
—Creo que estoy embobado.
Efraín soltó una carcajada.
—¡Ah, bueno! ¿Y eso?
—Pues... hay una muchacha.
—¡Ajá! Yo sabía que algo era.
—No empiece a molestar, hombre.
—No, no. Cuénteme. ¿Quién es?
Respiré profundo.
—Se llama Lisseth.
—¿Lisseth?
—Sí. Es de Medellín.
Efraín levantó las cejas.
—¿Y cómo la conoció?
—Por TikTok.
—¿Por TikTok?
—Sí, pues. Ella encontró mi perfil. Después me mandó solicitud y me escribió.
—¿Y usted le respondió?
—Claro.
—¿Y desde cuándo hablan?
—Hace como seis meses.
—¿Seis meses?
Asentí.
—Sí. Al principio hablábamos poquito, pero después nos fuimos conociendo más.
Efraín sonrió.
—¿Y qué tal es?
Miré el celular y sonreí sin darme cuenta.
—Es muy chévere. Es alegre, habla bastante... y tiene una forma de ser que me gusta mucho.
—¿Y es bonita?
Me reí.
—Sí, también.
—¡Ah, no! Entonces sí está grave la cosa.
—No sea así, pues.
—¿Y ella sabe que usted está tragado?
—No sé si tragado, pero creo que se da cuenta de que me gusta hablar con ella.
Efraín me miró con atención.
—¿Y usted qué siente cuando habla con ella?
Me quedé pensando.
—Pues... me siento bien. Puedo contarle cosas de mi día y ella me cuenta las de ella. A veces hablamos por horas y ni siento el tiempo.
—Eso suena a que le gusta bastante.
—Creo que sí.
—¿Y por qué no se lo dice?
—Porque no sé si estoy enamorado.
Efraín se quedó callado un momento.
—Mijo, uno tampoco tiene que saber todo de una. A veces uno se da cuenta con el tiempo.
Asentí.
—Eso mismo pienso.
Miré otra vez mi celular. Tenía un mensaje de Lisseth.
Lisseth: ¿Qué haces? ❤️
Sonreí.
Efraín alcanzó a ver mi cara.
—Vea pues... apenas le escribió y ya se puso contento.
—Cállese, hombre.
—Yo no dije nada.
Le respondí:
Yo: Aquí descansando un ratico. ¿Y vos qué hacés?
Efraín se levantó.
—Bueno, lo dejo con su Lisseth.
—¡No es mi Lisseth!
—Todavía.
Lo miré mientras se alejaba.
—¡Efraín!
Él solamente se rio.
Yo negué con la cabeza, pero terminé sonriendo.
Tal vez mi cuñado tenía razón.
Quizás no estaba simplemente embobado.
Quizás Lisseth ya se había convertido en alguien demasiado importante para mí.
Pero todavía no sabía exactamente qué nombre ponerle a lo que sentía.
Por ahora solo sabía una cosa: cada día tenía más ganas de hablar con ella.