Guillermo Lombardi. Heredero único del consorcio naviero más grande de europa, una noche tras un accidente catastrófico fue salvado por alguien que no logro ver su rostro con claridad.
En su desesperación por encontrarla el destino le hizo una mala jugada que no fue capaz de reconocerla cuando la tuvo enfrente.
Acompañe en está nueva obra. Encontrará Guillermo a la chica que lo salvó esa noche, o terminará casándose con la equivocada.
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Una cena donde todos murmuran
Había escuchado el golpe de su madrastra. No pretendía espiar. Pero las voces elevadas la detuvieron.
Y ahora, desde el otro lado de la madera, entendía con claridad lo que su decisión había provocado.
No era solo una discusión.
Era una fractura.
Dentro del despacho, Claudine bajó el tono, pero no la intensidad.
—Si ella cree que puede desafiarme en mi propia casa, está equivocada.
El señor Montemayor mayor la observó.
—Esto no es contra ti.
Ella sostuvo su mirada.
—Todo en esta casa es en contra mía cuando se trata de perder control.
Esa confesión, aunque involuntaria, revelaba más de lo que pretendía.
No temía perder dinero.
Temía perder dominio.
—Voy a hablar con Salvatierra —dijo ella con determinación.
—No sin consultarme.
—Esto también es mi patrimonio indirectamente.
—No lo es —respondió él con firmeza inesperada.
La tensión alcanzó un punto crítico.
Durante años, Claudine había influido en cada decisión financiera importante. Pero ese “no lo es” marcaba una línea.
—¿Ahora vas a defenderla? —preguntó con incredulidad.
—Voy a evitar que esto se convierta en un escándalo.
—El escándalo ya está en marcha.
La puerta del despacho se abrió suavemente antes de que la discusión pudiera escalar más.
Lucía entró.
No con timidez.
Con serenidad.
Ambos la miraron sorprendidos.
—No es necesario que hablen a puerta cerrada —dijo con voz tranquila—. Estoy aquí.
Claudine la fulminó con la mirada.
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente.
Lucía avanzó unos pasos.
—No busco guerra. Busco lo que es mío.
El padre intentó intervenir, pero ella levantó una mano suavemente.
—He vivido años sin reclamar nada. Sin cuestionar decisiones. Sin exigir explicaciones. Solo he sido una sombra en esta casa, me enviaste al extranjero para estar lejos de aquí. Le diste mi lugar a Isabella. Cuando sabes que yo soy la única Montemayor en esta familia, por derecho
Miró a su padre.
—Pero eso terminó.
Claudine dio un paso al frente.
—No sabes las consecuencias de lo que haces.
Lucía sostuvo su mirada sin titubeos.
—Sí las sé.
Esa certeza fue más provocadora que cualquier grito.
—Si esto continúa —dijo Claudine con voz contenida—, cambiará todo.
Lucía asintió levemente.
—Eso espero.
El silencio que siguió fue absoluto.
Porque en esa frase había una declaración definitiva.
No estaba pidiendo permiso.
No estaba negociando afecto.
Estaba marcando territorio.
Claudine sintió algo que rara vez experimentaba.
No furia.
No control.
Sino una pérdida inminente.
Lucía ya no era la figura silenciosa al fondo del pasillo.
Era una mujer reclamando su espacio.
Y en el despacho que siempre simbolizó autoridad absoluta, por primera vez en años, el poder no estaba concentrado en un solo lado del escritorio.
Estaba dividido.
Y la división apenas comenzaba.
En cambio en la residencia principal de los Lombardi, el silencio tenía un peso distinto.
No era el silencio elegante de una casa acostumbrada al protocolo.
Era el silencio de una ausencia que comenzaba a convertirse en miedo.
En el ala oeste de la propiedad, el despacho familiar permanecía iluminado incluso de madrugada. Los padres de Guillermo no dormían más de dos horas seguidas desde que su hijo dejó de responder llamadas, de asistir a juntas, de firmar documentos urgentes.
El apellido pesaba.
La incertidumbre pesaba más.
El señor Lombardi caminaba de un extremo al otro del despacho, repasando mentalmente cada conversación reciente, cada gesto, cada posible señal que hubiera ignorado.
Su esposa, impecable incluso en la angustia, mantenía el teléfono en la mano como si fuera un salvavidas.
—No es propio de él desaparecer así —murmuró por enésima vez.
—No —respondió su marido con voz baja—. Y eso es lo que más me preocupa.
Habían movilizado discretamente recursos privados.
Investigadores.
Contactos en seguridad.
Revisión de movimientos bancarios.
Nada anormal.
Nada alarmante.
Nada.
—¿Y si…? —ella no terminó la frase.
No quería pronunciar la palabra accidente otra vez.
El señor Lombardi cerró los ojos.
—No especules.
Pero en su interior, la especulación era constante.
Mientras tanto, en la mansión Montemayor, la tensión tenía otro matiz.
Allí no se hablaba de miedo por un hijo perdido.
Se hablaba de impacto social.
De percepción.
De cómo la desaparición de Guillermo alteraba alianzas futuras.
Claudine había decidido que lo peor que podían hacer era aislarse. Por el contrario, organizó una cena selecta con invitados estratégicos: empresarios, dos matrimonios influyentes y una representante de una fundación cultural.
La narrativa era clara: la casa seguía firme.
Nada se tambaleaba.
Lucía fue informada de la cena como quien recibe un aviso administrativo.
—Te presentarás a las ocho —indicó su madrastra—. Y, por favor, evita comentarios innecesarios.
Lucía sostuvo la mirada con serenidad.
—Siempre los evito.
Isabella, por su parte, parecía particularmente concentrada esa tarde. fortalecido su posición, pero la desaparición de Guillermo dejaba una sombra incómoda.
No por estrategia.
Por algo más difícil de admitir.
Sin embargo, esa noche no había espacio para vulnerabilidades.
El salón principal fue preparado con meticulosidad impecable.
Velas bajas.
Copas alineadas.
Un menú cuidadosamente seleccionado.
Los invitados llegaron con sonrisas diplomáticas y preguntas disfrazadas de cortesía.
—¿Alguna novedad sobre el joven Lombardi? —preguntó uno de los empresarios, apenas después de saludar.
—Confiamos en que se encuentre bien —respondió el señor Montemayor con tono medido—. Son asuntos personales.
Pero la tensión flotaba.
Lucía descendió las escaleras con un vestido sencillo, elegante sin exceso. No buscaba competir.
Nunca lo hacía.
Al entrar al salón, sintió las miradas recorrerla brevemente antes de volver a centrarse en Isabella, que conversaba con soltura cerca del piano.
Isabella brillaba.
No por ostentación, sino por presencia.
Sabía dónde colocarse.
Cuándo intervenir.
Cuándo reír.
Lucía tomó una copa de agua y permaneció ligeramente apartada, escuchando.
Uno de los invitados comentó en voz baja:
—Debe ser difícil para la señorita Isabella, considerando su cercanía con Guillermo.
Isabella inclinó la cabeza con expresión adecuada.
—Todos estamos preocupados —respondió con suavidad.
La frase fue impecable.
Pero su mirada se deslizó brevemente hacia Lucía.
Y allí hubo algo más.
La cena avanzó con conversación cuidadosamente distribuida.
Negocios.
Fundaciones.
Arte.
Y siempre, el nombre que nadie podía ignorar.
Que pensará y hará Isabella porque sus planes se le están escapando de sus manos 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Guillermo termina de una vez en decirle a Lucia que le gustas que estás babeando 🤤🤤🤤 por ella.
Lucia a medida que vas leyendo cada documento te das cuenta que la fortuna que dejo tu madre es mayor de lo que tu imaginabas.
Que paso Isabella tu orgullo está herido porque Guillermo Lombardi termino lo que nunca empezó bien y ahora lo quieres comprometer sutilmente ojalá que se de cuenta y no te siga el juego.
Claudine zorra vieja le estás preparando según tu idea el vestido, las joyas y que es lo que tiene que hacer Isabella para que quede Guillermo comprometido socialmente y no pueda salirse sin armar un escándalo.
Que mentira le dirán a Armand Valois 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓
Todos los planes que tenían las víboras se les fue por el caño de casar a sus hijas con magnates para seguir aparentando en sociedad.
Guillermo que harás con esa verdad de que fue Lucia quien te salvó esa noche y no Isabella 🤔🤔🤔❓❓❓❓